"Ni pródiga ni prodigio, solo hija" Alejandra Azcárate
Confieso que a lo largo de mi vida he pasado por distintas etapas en la relación con mi mamá. De niña fui absolutamente dulce y dependiente de ella. Íbamos juntas a todo, me costaba separarme hasta para ir al colegio y en más de una ocasión, mi salida de la casa en las mañanas fue motivo de llanto.
En las obras de teatro y los shows de baile ella siempre estuvo en primera fila apoyándome, a pesar de haberme visto al fondo de los escenarios en mis usuales papeles de árbol. Crecí en una atmósfera de mujeres adultas, encabezada por mi abuela. En medio de la música y las buenas charlas, maduré biche. Mis recuerdos de aquella época están llenos de alegría, risas y amor.
Ir juntas al banco, a la peluquería, al supermercado o a la oficina era un plan divertido porque nos complementábamos y disfrutábamos cualquier minuto. Yo, con mis preguntas impertinentes, la hice sonrojar más de una vez y ella con su sabiduría jamás evadió una respuesta por incómoda que fuera.
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En la adolescencia todo se transformó. No sé establecer en qué momento empecé a sentir que mi mamá era una enemiga. Me negaba permisos para ir a ciertas fiestas y como buena púber indomable, empecé a mentirle. Mis respuestas se volvieron insolentes y agresivas, su simple tono de voz me chocaba, no resistía que me hiciera el menor comentario, la veía como una mujer retrógrada con la que no existía la menor posibilidad de hablar, no encontraba ningún punto en común con ella, su visión de la vida me parecía absurda y no solo la confronté de mala manera sino que con ahínco me encargué de hacerle la vida imposible: escapándome con mi novio, fumando a escondidas, perdiendo materias e ignorándola.
Veía que a veces lloraba e intentaba acercarse a mí, pero eso en lugar de conmoverme, me enervaba. Acepto con culpa: fui insoportable.
Tiempo después me fui a vivir al exterior y nuestro contacto dio la vuelta . Al enfrentarme al mundo sin su presencia, sentí su verdadera ausencia y por instinto retomé las riendas de una relación que yo misma había agrietado.
Hablábamos muy seguido por teléfono, le comentaba todo lo que me sucedía en la universidad, volvimos a compartir conceptos, regresó la risa a nuestras charlas y no hubo un solo día que no la extrañara. Una vez graduada regresé a Colombia y a partir de ese momento hasta hoy, somos inseparables. No tomo una sola decisión trascendental sin consultarle, viajamos juntas, vamos a cine, a teatro, a comer, nos encerramos a leer, desayunamos los domingos y nos desatrasamos de lo sucedido durante la semana, mi primera llamada del día y la última de la noche es para ella, nos lo contamos todo sin el menor filtro y nos criticamos sin subjetividad. No he sido de 5 en conducta pero hoy puedo afirmar con total certeza que me siento orgullosa de ser una muy buena hija. Fui una detestable "arborescente" pero hoy lo veo como una pataleta momentánea, propia de la inmadurez que ella con sabiduría supo enfrentar.
Las mamás tienen una capacidad infinita de tolerancia y el don para olvidar a través del amor. Son seres hechos de otro material. Una madre guía, comprende, soporta, advierte, comparte y entrega. Si pudiera devolver el tiempo y existiera la opción de escoger, elegiría la misma que la vida me otorgó. No sé cuánto nos quede juntas, pero de lo que sí estoy segura es que mientras tenga vida y esté a mi alcance, mi mamá jamás dejará de sonreír.
Su bienestar es el cimiento del mío y nuestro amor profundo es indestructible. Hoy conservo la dulce dependencia de la niñez, la rebelde esencia de la adolescencia y la madura consciencia que me ha permitido valorarla, respetarla y amarla con el alma cada segundo. Mamá solo hay una, pero la mía vale por mil.
Foto: María Elisa Duque