“No creen en nosotras cuando le hemos dedicado tanto a esta carrera” Ingrid Vidal
Cuando empecé a jugar a los siete años, me tocaba jugar solo con niños. Había gente que me decía que las niñas no servíamos para este deporte porque era muy rudo y eso me generó una rebeldía que me hacía practicar más y con más rabia. Yo decía: ‘nosotras también podemos, la naturaleza nos dotó de condiciones para jugarlo’. Mi abuelito fue mi gran apoyo. Luego ya había más niñas jugando y eso me alegraba. Como a los 13 años vi que el fútbol no era solo un hobbie. Entré a un club que se llamaba Fútbol Palmira, de hombres. Mis papás pensaron que era para divertirme, pero yo me volaba del colegio para jugar en la calle y entonces me daban unas trillas tremendas porque llegaba con los zapatos rotos, fue una época dura. Entonces yo me quitaba los zapatos y creía que no se daban cuenta, pero me veían toda sucia. Son experiencias que hacen parte de la carrera.
Todo se puso más serio cuando fui a un departamental, hice parte de la Selección Valle y había que traer una medalla. Ahí me di cuenta de que quería seguir jugando fútbol. Después entré a la Sub 17, la Sub 20 y ahora estamos aquí, en el Mundial de Canadá.
Claro que es una presión estar en estos torneos, yo tengo ansias, muchas ganas, nunca siento miedo ni temor. Sé que nosotras también podemos. Ya quedamos campeonas en el primer Suramericano Sub 17 al que fuimos. ¡A esa edad fue nuestro primer título! Eso te ayuda a superar retos. La ventaja de este grupo es que nos conocemos hace rato, somos muy unidas y el amor por el país nos mueve mucho.
Mi mayor orgullo ha sido meter el gol que nos permitió clasificar a los primeros Juegos Olímpicos —Londres 2012—, a este Mundial y a los Juegos Panamericanos. Fue en la Copa América en la que quedamos cuartas, en un partido contra Argentina. Íbamos 0-0 y nosotras estábamos muy cansadas; en el minuto 80, Dios me puso ahí para hacer el gol. En ese momento no lo vi importante, pero hoy me doy cuenta de que ese instante marcó mi vida. Ese día me quité la camiseta, no me importó que me sacaran amarilla.
Ser mujer futbolista en Colombia es feliz y triste a la vez. Le hemos dedicado mucho a esta carrera y muchas personas no creen en nosotras. Estamos abriendo un camino, cuando muchos países ya tienen liga profesional femenina. Necesitamos creer que sí es posible y trabajar.
Yo fui a estudiar a Kansas con una beca, pero me retiré porque me tocaba decidir si ir a los Olímpicos o quedarme, además tenía otros problemas familiares, así que me regresé para Colombia; jugué Copa América, ahora estoy concentrada en el Mundial. Después de esto quiero ir a jugar a un lugar que me haga feliz, donde tenga oportunidades de ayudar a mi familia.
Todavía me gusta jugar contra hombres, porque me acuerdo de lo que me decían y le meto más garra. Me juego la vida.
Fotos: David Schwarz