No temas a los rusos: los dolores de cabeza de un agente doble
Quería leer a Le Carré y encontré en notas de internet que su Espía que surgió del frío (1963) figura en la mayoría de tops de novelas negras o policiales, incluso por encima de su Topo (1974), su Casa Rusia (1989) y su Sastre de Panamá (1996), más renombradas y recientes.
Alec Leamas, el protagonista, es un agente doble del servicio secreto británico en la Alemania de la Guerra Fría. Un grave incidente en el puesto fronterizo que parte a ese pueblo en dos países le cuesta el regreso a Londres. El hecho se suma a una cadena de circunstancias en las que Leamas pierde a miembros de una red occidental que no terminó de cuajar. Paul, Viereck, Landser, todos nombres con los que podría llamarse un nuevo tipo de acero (menos Paul), están en su conciencia. Los muertos en la conciencia de un agente tienen el mismo valor que una gaseosa sin gas recién comprada. Mucho pero no tanto.
Las bombas de la Segunda Guerra Mundial todavía suenan en una Europa atravesada por la OTAN y el Pacto de Varsovia. Cualquiera que trabaje en inteligencia militar de ambos bandos viene de empuñar un arma entre 1939 y 1945. Algunos traen consigo esquirlas de batallas. Mundt es un militar alemán del combo soviético que desprecia a los judíos. Leamas no es judío y odia a Mundt. Aunque no tuvieran dientes, se matarían a mordiscos. Para los intereses de Londres, Mundt es un escollo en la cortina de hierro. En las primeras páginas desfigura la carrera de Leamas:
“Se dice que un perro vive tanto tiempo como sus dientes: metafóricamente, a Leamas le habían arrancado los dientes y era Mundt quien se los había arrancado”.
El narrador se refiere a lo sucedido en el puesto fronterizo. Como había dicho, el acierto de los alemanes del este provoca la devuelta de Leamas a la isla. ¿Qué se pone a hacer un espía cuando sus superiores le bajan el pulgar? Sobre la vida después de un duro golpe es esta novela que escribió Le Carré a los treinta y dos años, en un siglo en el que la ficción de espionaje era un cotejo de ajedrez de los poderes hegemónicos.
"El mérito de la novela no fue su autenticidad, sino su verosimilitud. Resultó que ese mal sueño lo compartía mucha gente en el mundo, dado que planteaba la misma pregunta que nos hacemos cincuenta años después: ¿Hasta dónde podemos llegar en la legítima defensa de nuestros valores occidentales, sin abandonarlos en el camino?", escribe Le Carré en el prólogo de la edición que conmemoró los cincuenta años de su publicación.
¿Un agente doble cansado?
Más que cansado, Leamas está enojado con su servicio secreto. De la experiencia alemana guarda amargos recuerdos. Una misión no tiene claroscuros. Se cumple o se cumple. El agente se limita a acompañar el duelo con whisky, cigarrillos y un hambre que no la sufre, pero que el lector alcanza a experimentar. De la reivindicación de un agente abandonado también se trata El espía, por más que sea el deprimido Leamas el que reme contra la corriente. Una reflexión sobre el precio de su resarcimiento cierra "esta película" construída con diálogos y descripciones cortas.
Leamas sostiene que “todas las operaciones son ofensivas. Tiene derivaciones; entran en giros repentinos. Uno piensa haber pescado un pez, y se encuentra que ha atrapado otro”. Más que de asesinatos inesperados, El espía que volvió del frío es una historia con curvas que juega con la atención del lector que se imagina sobre una carretera recta. El final es apenas una ida de luz en plena ducha caliente, comparado con la descripción del mundo post segunda guerra que con verosimilitud de historiador dibuja Le Carré. De principio a fin.
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