
¿Se queda sin trono Sandra Ávila, la reina del Pacífico?
La belleza se quedó entre rejas. Al salir de la cárcel de Nayarit, Sandra Ávila Beltrán no lucía altiva ni coqueteaba con su cabello frente a las cámaras que registraban su regreso a la libertad, como lo hizo en septiembre de 2007, cuando fue capturada en un lujoso restaurante en México. Ahora, intentaba esconder su rostro ajado entre la cabellera entrecana y su cuerpo envuelto en ropa deportiva no lograba disimular el sobrepeso. No sonrió.
Salió a la libertad hace dos semanas tras siete años de recorrido por varias cárceles, incluso estadounidenses, a donde fue enviada acusada de manejar las finanzas del Cartel de Sinaloa, de ser el enlace entre esa organización y traficantes colombianos y de organizar una operación para ingresar 30 toneladas de cocaína a Estados Unidos.
Al parecer, el brillo de llamada Reina del Pacífico se perdió en ese lapso. No se veía tan poderosa como la habían descrito las autoridades mexicanas y, sobre todo, la DEA que la había perseguido durante varios años por ostentar semejante título y llevar a cuestas esas acusaciones.
Y así como la belleza de Sandra parece haberse desvanecido en la cárcel, las pruebas que la inculpaban también se fueron esfumando, hasta quedar solo una acusación en pie: asistencia económica a un narcotraficante, cargo que aceptó ante una corte de Miami.
Lo cierto es que la noticia de su liberación no acaparó la atención de los medios de comunicación, como si lo hizo el reporte de su captura, con pronunciamiento del presidente de México de por medio, en el que se daba cuenta de un durísimo golpe al mencionado cartel.
La leyenda
Todo alrededor de la vida de esta mujer parece convertirse en mito. Desde su juventud rodeada de narcos, armas, muertos y poder; sus tres esposos, dos de ellos muertos a puñaladas y a traición; el poder que ostentó y los centenares de toneladas de cocaína que ingresó a Estados Unidos en compañía de su última pareja, el narco colombiano Juan Diego Espinosa; sus lujosas cenas a domicilio y las supuestas cirugías estéticas en prisión; los dos libros y los tres narcocorridos que inspiró. Todo, al parecer existió, pero no siempre hay pruebas que lo confirmen.
Creció, ella misma lo confirmó en un libro autobiográfico escrito por el periodista Julio Scherer, titulado La Reina del Pacífico, es hora de contar, rodeada de jefes del narcotráfico. Admite haber conocido a Joaquín El Chapo Guzmán, Ismael el Mayo Zambada, Amado Carrillo Fuentes, el Señor de los Cielos o los hermanos Arellano Félix.
Pero niega los vínculos familiares con dos jefes naturales del narcotráfico mexicano, Miguel Ángel Félix Gallardo, llamado el Jefe de Jefes, y Rafael Caro Quintero, fundadores ambos del cartel de Guadalajara y dos de los hombres más poderosos entre los años 70 y 80. También negó sus nexos de sangre con el clan de los hermanos Arellano Félix, que crearon y lideraron el temido cartel de Tijuana. Estas relaciones filiales fueron documentadas por las autoridades hace décadas.
Los siete años de cárcel hicieron estragos en la apariencia de Sandra Ávila, que hoy tiene 55 años.
Dos libros, una serie de televisión y tres corridos inspiró La Reina del Pacífico.
EN CIFRAS:
**Cuando la detuvieron, el Gobierno de Felipe Calderón empezó una guerra contra el narcotráfico que dejaría más de 80.000 muertos y 20.000 desaparecidos.
**30 toneladas mensuales de cocaína ingresaban Sandra Ávila y El Tigre a Estados Unidos.
Sandra ha dicho que esos narcotraficantes hicieron parte del círculo en el que creció, pero que eso no la hace a ella una narcotraficante más. “El gobierno me relaciona con los capos, como si fuera uno de ellos. Pero yo los conocí cuando eran personas comunes y corrientes”, dijo en el libro.
Lo que han encontrado las investigaciones periodísticas es que ella creció llena de lujos y ostentación. En un informe publicado por la BBC de Londres y en el que citan a compañeros que cursaron con ella varios semestres de comunicación social en la universidad Autónoma de Guadalajara, se revela que, a sus 18 años, llegaba a clase en lujosísimos carros, cargada de ostentosas joyas y permanecía silenciosa, solitaria y en actitud desconfiada.
No se sabe si obtuvo el título de periodista que buscaba, pero lo que viene después en su vida no podía ser diferente a lo que vivió en su infancia: se casó dos veces con hombres que pasaron de trabajar con las autoridades antidrogas de México, a ser narcotraficantes. El primero fue José Luis Fuentes,
Comandante de la Policía Judicial, a quien ella describió como un hombre noble, pero muy violento. Murió, según contó en el libro de Scherer, porque le estorbaba a alguien. “Tenía muchas relaciones con comandantes, con militares, con gente de gobierno. En ese ambiente supongo que daba protecciones y hacía arreglos”.
El segundo fue Rodolfo López, agente de la Fiscalía y miembro del Instituto Nacional de Combate a las Drogas. Con él convivió cinco años durante los cuales montaron una empresa de tráilers para transportar la droga. Mientras estaba en el hospital de Hermosillo, en Sonora, donde era tratado por una infección, un comando armado de tres encapuchados lo asesinó a puñaladas.
Traiciones y más traiciones. “El mundo del narco está lleno de eso”, reconocería ella en el libro. Y de eso sí da cuenta Sandra. Más allá del mundo de lujo en el que vivió; más allá de la fama de mujer fatal que sedujo con sus curvas y belleza a policías, narcos, políticos; más allá de la supuesta inteligencia con la que supo manejar el negocio y del poder que obtuvo, a tal punto, que las autoridades mexicanas no lograron sostener las acusaciones que le endilgaron; más allá de todo esto, lo cierto es que Sandra Ávila es el fiel reflejo de una realidad que los mexicanos han tenido que encarar: el narcotráfico permeó las autoridades, la política y se convirtió en un estilo de vida.
Ella lo llamó “la sociedad narca”. Ese fue el mundo que conoció y que describió con crudeza para dejar en evidencia que la lucha que los gobiernos han emprendido contra el narcotráfico puede ser estéril. La corrupción llega a los más altos niveles, no se hace inteligencia, se abusa de la militarización y no se investiga el sistema financiero. Así, los muertos que quedan y los recursos que se gastan se van a un botadero.
La ruta de Colombia
El verdadero esplendor en el negocio, al parecer, lo vivió al lado de su última pareja, el colombiano Juan Diego Espinosa, con quien sostuvo una relación de varios años, y con quien lograron, según las autoridades, ingresar cientos de toneladas de droga a Estados Unidos.
Se conocieron en la fiesta de cumpleaños de una hermana de ella. Juan Diego, sobrino del reconocido líder del cartel del Norte del Valle, Diego León Montoya, alias Don Diego, fue el encargado por esa empresa criminal de estrechar los vínculos entre las dos organizaciones. A finales de los 90, Espinosa era un próspero traficante de bajo perfil que enviaba droga en barcos atuneros.
Pero, según informes de inteligencia, cuando se relacionó con Sandra Ávila, alcanzó su mayor efectividad. El Tigre, su alias en el mundo de la droga, reconoció en una entrevista al canal Telemundo, que llegó a movilizar al mes unos 30 millones de dólares en cocaína, hacia Estados Unidos.
“Sabe conducir auto muy bien, sabe montar a caballo muy bien, sabe disparar cualquier arma muy bien”, dijo en televisión dejando en claro que ella lo cautivó. Hablaba con admiración, a pesar de reconocer que mientras estuvieron prófugos de la justicia, rompieron su relación sentimental.
Se supo también, por informes de las autoridades, que Sandra era quien reclutaba un ejército de mujeres colombianas, a través de una empresa de masajes y bronceado, encargadas de introducir a Colombia y otros países vecinos maletas repletas de dólares para pagar a los proveedores.
Ante una corte de Miami, Sandra Ávila reconoció el delito de asistencia económica a un narcotraficante.
Al parecer, formaban una pareja perfecta. Por lo menos para el negocio.
Y esa fue la imagen que fabricó el mito a tal punto de ganarse el mote de la Reina del Pacífico: una mujer linda, seductora, una dura en un mundo de meros machos. Así la pintó Arturo Pérez Reverte en su libro La Reina del sur, que además inspiró una serie de televisión con el mismo nombre. Y así le cantaron en uno de los corridos más famosos, titulado Fiesta en la Sierra, de los Tucanes de Tijuana.
La canción que describe la celebración de cumpleaños de un gran capo a la que estaban invitados personajes del gobierno, fugitivos y los jefes de todas las plazas. Todos llegaban en helicópteros privados y avionetas a un rancho rodeado de francotiradores y gente armada:
“… la fiesta estaba en su punto y la banda retumbaba / ya no esperaban a nadie / todos en la fiesta estaban cuando se escuchó un zumbido / y un boludo aterrizaba / el señor les dio la orden de que nadie disparara / se baja una bella dama con cuerno y camuflagiada / de inmediato el festejado supo de quien se trataba / era la famosa reina del Pacífico / esa grande del negocio una dama muy pesada…
Los Tigres del Norte le hicieron dos canciones, una referida al libro de Pérez Reverte, y otra en la que se cantan con gran admiración hacia ella y que titularon La reina de reinas:
Viva la reina de reinas / ante la ley no se inclina / camina con pies de gato / la cuerda floja domina / entre más bella la rosa / más peligrosa la espina / a Sandra Ávila Beltrán la aprehendieron con su amante / le dijeron que los gringos la acusan de traficante / también de lavar dinero de personas importantes…
Esa imagen fue la que proyectó el día que ingresó a la cárcel, cuando sonreía y jugaba con su cabello mientras era trasladada a la prisión y cuando, muy altiva y coqueta, contestó el interrogatorio de la policía y dijo que era ama de casa y comerciante de ropa y finca raíz. Sarcástica y casi que triunfante, así vivió en varias cárceles mexicanas a donde hacía ingresar comida gourmet y cirujanos que le hicieron retoques estéticos.
Hoy, en libertad, Sandra Ávila ya no ostenta la belleza y la altivez con la que fue capturada. Ya no tiene a su joven y exitoso amante, ya que Juan Diego tiene planes de volver con su primera esposa y sus hijas adolescentes apenas recobre la libertad. Y su gran socio, Joaquín el Chapo Guzmán está preso, mientras casi todos sus primos, los del clan Arellano Félix están muertos o en la cárcel. Al parecer, la reina se quedó sin trono.
1 millón y medio de dólares pagó Sandra Ávila por el rescate de su hijo secuestrado. Luego denunció al comandante antisecuestros de Guadalajara. “Fue él quien mandó al policía a espiar a nuestra casa. Los policías protegen a los delincuentes o actúan como ellos”, dijo después.
Fotos: AFP y EFE



