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Tras bambalinas en el Circo del Sol

Cada noche Corteo abre sus cortinas de aire barroco, pintadas a mano, de 17 metros de ancho por 12 de alto, para contar la historia de un payaso que sueña su funeral en tono festivo. Estuvimos en el Circo del Sol antes de que las luces se encendieran, para conocer de cerca cómo es esta historia tras bambalinas.

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Por Beatriz Arango
29 de abril de 2015
Tras bambalinas en el Circo del Sol

Tras bambalinas en el Circo del Sol

El golpe seco de los saltos sobre la tabla de madera rompe el silencio. Una y otra vez. Stephan Beauregard se levanta del bloque, dispuesto a manera de sube y baja, sobre la colchoneta de color rojizo. Los pies van juntos y las manos se elevan con movimientos de hélice, estéticos y coordinados. Stephan, de pantaloneta negra, sin camisa y con botines, salta, y mientras cae, en cuestión de dos segundos, su compañero, ubicado al otro extremo, toma impulso. Los golpes de los pies en la tabla y de la tabla sobre el colchón señalan que todo se ejecuta según lo previsto. Que caen justo en esa esquina imposible, que parecen olvidar mientras están en el aire.

Al verlos acosan la pregunta y el asombro: ¿Lo lograrán? Y sí. Cada dos segundos la cuestión recibe su respuesta afirmativa, con un golpe seco: ¡Lo lograron! La palabra imposible se diluye en cada acto.

¡Next!, grita Stephan, de piel muy blanca y que lleva el pelo recogido hacia atrás en una larga trenza. La palabra es la señal de que el próximo salto de su compañero incluye un giro en el aire hacia atrás para caer, exactamente, en el mismo punto. La escena, que se antoja natural y cotidiana bajo la carpa del Circo del Sol, ocurre sobre el escenario principal, apenas iluminado por unas luces blanquecinas.

Al lado, un entrenador observa atento cada movimiento, para corregir detalles o anotar que el número será ejecutado con perfección en tres horas.

 

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Cada día de espectáculo, se necesitan entre 12 y 16 horas de planchado para preparar el vestuario.

 

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El montaje dura 8 días y todo viaja en 80 tráilers.

 

El escenario circular y giratorio, de 31,6 metros de largo, con una pista de 12 metros de largo, fue diseñado por Jean Rabasse, está dividido en dos. En el centro del círculo hay un laberinto que reproduce las proporciones y el tamaño del suelo de la catedral de Chartres, en Francia. La continuidad y el infinito se expresan allí.

Son las 4:45 de la tarde y los 60 artistas merodean por ahí en el microcosmos del Grand Chapiteau o la carpa grande. Cumplen su jornada laboral, por lo que el verbo merodear resulta injusto para describir sus ejecuciones.

La ciudad móvil de Cirque du Soleil, ese conjunto blanco que rompe el paisaje con su serena alegría, fue instalada desde marzo en el parqueadero de Salitre Mágico, e incluye el Grand Chapiteau, una carpa grande de entrada, otra de artistas, taquillas, cocina, escuela, oficinas y almacenes.

La habitan 130 personas, de 24 nacionalidades, 60 de ellas son artistas, que a esta hora visten sudaderas, camisetas sin mangas, prendas propias de los gimnasios, con chancletas de playa. Y ese es el ambiente que se aprecia tras bambalinas: un gimnasio, donde nacen las increíbles historias corporales del Circo del Sol. Equipos para trotar, colchonetas para saltar, pisos para estirar, aros y barras para girar… Todos están en movimiento.

 

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Corteo se estrenó en Montreal en 2005. Ha visitado 60 ciudades de 17 países. Ha sido visto por 8 millones de personas.

 

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La lona de la carpa y sus 11 túneles pesan aproximadamente 11,790 kilos.

 

Los que terminaron de ensayar se ponen una bata negra felpuda, con el logo del Cirque bordado en vibrante amarillo y rojo sobre la espalda, y se van al camerino, a vestirse y maquillarse. Casi siempre hablan en francés e inglés, que de alguna manera son los idiomas oficiales del Circo, aunque también se oyen voces en portugués, ruso y español.

Las figuras son menudas. Tienen los músculos muy marcados. Espalda ancha, cintura fina, piernas torneadas a la altura de los muslos. Si se miran de lejos, son como pequeños triángulos invertidos en movimiento. Sus cuerpos, el espacio y su vestuario transportan la imaginación en este instante a una competencia de gimnasia olímpica.

Nadie trabaja solo. El juego y el trabajo son colectivos en la carpa. También la seguridad.

Dos chicas giran y cruzan sus cuerpos suspendidos de dos aros. ¡Great! ¡Awesome! Grita una compañera desde el otro lado del salón.

Su trabajo consiste en calentar el cuerpo, ejercitar los números de la obra hasta llegar a la perfección que pulveriza el término imposible y juega con las posibilidades de la gravedad, una y otra vez; disponer el vestuario de sus personajes, maquillarse (sí, maquillarse) para que a partir de las 8:00 p.m. todo esté a punto cuando se abra el telón transparente y comience el show: el sueño de Mauro, expresado en Corteo. ¿Mauro? Sí. El payaso y protagonista de la obra que sueña que murió y recrea su funeral o cortejo a manera de carnaval. Hay tragedia y comedia. Amores y engaños. Fiestas y encuentros. Envidias y halagos. La muerte que se pretende leer como la vida, desde la vida, con humor y gracia.  

Hay un tablero blanco y al lado un reloj electrónico que marca las 5:38. Al fondo, un taller de costura, donde la jefe de vestuario y tres modistas contratadas en Bogotá, están pendientes de los arreglos y ajustes a alguno de los 260 vestidos que componen la narrativa estilística de la obra, o de pintar unos zapatos vinotinto de tacón mediano que ya piden brillo y color.

En la pizarra está escrita en inglés la información de los personajes que ese día le corresponde interpretar a cada artista.

La ucraniana Inna Teslenko es el ángel que desciende en un voluminoso traje azul al comienzo de la pieza de circo y teatro, guía a Mauro y vela sus sueños, una de las chicas que lanzan por el aire en el segmento llamado Paraíso, y la única mujer que hace parte del espectáculo de aros Cyr Wheel. O en Google y Youtube es la chica de rasgos infantiles y figura petite, que viste una trusa con los colores de su país mientras compite en torneos mundiales de gimnasia.

Inna debe mirar cada día qué rol le corresponde para saber qué maquillaje y vestuario elegir y recordar el orden de sus apariciones. Antes de las 6:00 p.m. concluye sus ensayos y se dirige al espejo. Trae su kit personal de MAC Cosmetics, marca que provee los productos de maquillaje para todas las obras del Circo. Pone una servilleta de papel y sobre ella un espejo redondo de aumento. Al lado, abre una pequeña toalla con un bolsillo. Contiene copitos de algodón y 12 brochas en las que se lee MAC y Corteo. La base cubre su piel blanca y la sube unos dos tonos. Aplica sombra muy blanca en todo el párpado y luego una de color rosa fuerte. Marca las cejas. En los lagrimales, sombra rosa clara iridiscente.

A diferencia de otras obras, esa no se concentra tanto en el maquillaje, puesto que se desarrolla en el siglo 18 y la sutileza es su sello. Las caracterizaciones respetan tanto la época, que los artistas, por contrato, no se pueden cortar el pelo mientras hagan parte del reparto.

Inna deja su cuarteto de sombras y busca un envase pequeño que contiene delineador en gel. Toma una brocha fina y empieza a trazar líneas muy fuertes en la base de las pestañas, inferiores y superiores. La mirada de sus ojos verde aceituna adquiere impacto. Máscara de pestañas, rubor rosa, delineador de labios, lápiz labial y lista. Inna sale a buscar su nombre en el tablero. El ángel azul empezó a tomar forma en su cara.

El circo empieza a vivir su metamorfosis interna. Ya no hay tiempo para la lúdica. En una hora se abre la carpa de la fantasía. ¡Señoras y señores, bienvenidos a Cirque du Soleil!

Fotos: Juan José Horta.

Por Beatriz Arango

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