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UNA NOCHE EN EL FESTIVAL INTERNACIONAL DE MÚSICA DE CARTAGENA

Asistimos a un encuentro musical de españoles y mexicanos, en el que el maestro Jordi Savall interpretó canciones hispánicas y criollas.

Por Redacción Cromos
11 de enero de 2016
UNA NOCHE EN EL FESTIVAL INTERNACIONAL DE MÚSICA DE CARTAGENA

UNA NOCHE EN EL FESTIVAL INTERNACIONAL DE MÚSICA DE CARTAGENA

Fotografía por: DAVID M. SCHWARZ

Por: Carolina Makelele

Un sinfín de guitarras. Entrada la noche cartagenera, Jordi Savall se preocupó. La presentación no llevaba cinco minutos de retraso y el español, intuyendo la impaciencia del elegante público, se disculpó un rato. Más vale esperar entretenido que con el escenario en silencio. Todo lo que dijo fue cierto: habló del sinfín de guitarras que lo secundaban, la mayoría en el regazo de sus compañeros. Se detuvo en la más pequeña, a la que llamó mosquito por el sonido copioso y agudo que produce al contacto con los dedos. Pero antes de la improvisada magistral, se excusó explicando que estaban retrasados por la afinación de una de las guitarras, una de 1500, lejana como la idea que se aprestaba a desarrollar en el Convento Cerro de la Popa. Al finalizar, Jordi se sentó en una silla negra, intuyendo quizás que el público estaba más relajado de lo previsto.  Se puso cómodo y sus colegas empezaron las folías antiguas y criollas. Ya le iba a tocar el turno a él en una viola da gamba.  

Del pasado más remoto y a un pasado que se acerca a nuestro presente, a punta de instrumentos de cuerdas y percusiones. La música tiene el poder de borrar lo que estaba sucediendo. La presunta impaciencia del público era expectativa silenciosa. Expectativa silenciosa y conexión con Savall, una de las estrellas invitadas al festival. Un arpa para iniciar el encuentro de dos momentos históricos. 

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Comenzaron con piezas puramente europeas. Todavía los españoles no se habían tomado América. Algo se traían los cantantes que aguardaban su turno. Algo grande y original. Ambos esperaban a que llegara el barco que cambiaría el destino de la civilización que desconocía las guitarras. Y el idioma que habrían de heredar y las influencias que marcarían su Cielito Lindo y su María Chuchena, cantada por ellos mismos, los mexicanos Ada Coronel y Zenen Zeferino. Lo antiguo dio lugar a lo criollo. En un instante, la presentación de Savall se americanizó. Todos, españoles y mexicanos, formaron una sola comunidad. Por las cuerdas de los instrumentos, el concierto a ratos sonó parecido a música llanera colombiana. Pero no, eran folias criollas, que explicadas en un texto por Savall, son “músicas que se desarrollaron a partir del “descubrimiento” y la conquista del Nuevo Mundo, que conservan esa mezcla extraordinaria de elementos hispánicos y criollos, influenciados por las tradiciones indígenas y africanas”.    

El elegante público se vio reflejado en un espiral de ritmos arcaicos y del ahora. Fácil reconocerse a través de un visitante español, pero lo es mucho más con la pareja de mexicanos que, con velocidad de epifanía, aparecían para cantar “Soledad, todos tienen sus amores y a mí que me muerda un perro”, y María Chuchena que “estaba a la sombra de un ciruelo, que con sus manos se ponía mariposas en el pelo”.

Por casi dos horas, en el segundo día del festival, el ámbito colonial de la Popa se llenó de canciones populares. Hubo una bailarina  de cabellos largos y ondulados, cuyo baile zapateado, fue un instrumento más, junto al sinfín de guitarras, delante de Savall, quien la miraba cómplice, por la rica herencia que por estos días, hasta el domingo, vino a interpretar a Cartagena de Indias. 

Foto: David Schwarz.

Por Redacción Cromos

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