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"Yo estoy más allá del bien y del mal", María Isabel Urrutia

La pesista vallecaucana se convirtió en la inspiración de toda una generación de deportistas en Colombia.

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Por Redacción Cromos
10 de noviembre de 2016
"Yo estoy más allá del bien y del mal", María Isabel Urrutia

 

Hay ojos que definen su color de acuerdo al estado de ánimo. El día en que María Isabel Urrutia ganó la primera medalla de oro olímpico para Colombia, los suyos cambiaron de miel a gris. Sucedió en el instante en que miró al techo y tomó una bocanada de aire. Imposible saber cómo se le inflaron los pulmones, pero sus ojos pudimos verlos.

 

 

 

La mirada se puso gris en la antesala de la inmortalidad. En la metamorfosis estaban resumidas horas de entrenamiento, casi una década de participaciones en campeonatos mundiales y algo más que le vino en la sangre. “Soy ojirara por Pedro Juan, a él, mi papá, le heredé estos ojos”, dice sonriente. A los 34 años, en el arranque levantó 110 kilogramos y en el envión, previo a la transformación de sus ojos, completó los 245 kilogramos con los que partió en dos la historia del deporte nacional. 

 

 


Hoy María Isabel pierde la cuenta de las preseas que se ha colgado, aunque en su memoria la de Sídney brilla sin centellear. Su legado se puede medir en oros, platas y bronces. Cuando era joven podía levantar lo que se propusiera. “Mi medalla de oro es la más barata de la historia. No le costó nada al Estado, la conseguí con las uñas”, dice en una de esas frases que le quedó de la década pasada, cuando criticaba con vehemencia la falta de apoyo estatal a los deportistas. Tenía a cuestas la rabia de haber podido hacer las cosas con más certezas que incertidumbres. 

 

 


Fue la primera levantadora de pesas colombiana de talla mundial. Por mucho tiempo fue la única de oro. Hoy el que quiera conocerla puede ir a la Unidad Deportiva Salitre. De lunes a viernes, en la sala de pesas, enseña a niños y jóvenes de la Liga de Bogotá. Sentada a un lado, contra una pared, los ve entrenar. Sus ojos grises hacen un paneo. Es permanente el golpe de las pesas contra el piso, el palpitar de sus músculos que brotan como hongos de sus cuerpos, las muecas de dolor al manipular la barra. “Uno puede levantar el doble de su peso y hasta más”, explica la vallecaucana. Son 35 atletas que sueñan con ser campeones mundiales y medallistas olímpicos. Sueñan con ser inmortales, como Urrutia. 

 

 


Cuando se le pregunta en qué anda, responde que su objetivo es la formación de jóvenes. Así como ella tuvo al búlgaro Gancho Karouchkov, ellos tienen a María Isabel. A sus 51 años es madre de crianza de Carmen Isabel y de Estiven Villar, un pesista en ciernes a quien decidió apoyar. “Es muy hiperactivo, estudia, entrena todas las semanas y le queda cuerda para seguir haciendo cosas”.

 

 

Estiven es bajo de estatura y su cara de niño se contradice con su cuerpo tonificado, con el que fue campeón nacional juvenil sub 15 en la categoría de 50 kilogramos. Estiven entrena en la Liga de Bogotá. Del grupo es el que más le habla a María Isabel. Más que su entrenadora, es su madrina. “Un día lo descubrí en un gimnasio de Cartagena, le pregunté a la mamá si me dejaba formarlo en Bogotá y aquí está”, explica. 

 

 


 “Yo ya estoy más allá del bien y del mal. Lo único que quiero es que más colombianos ingresen en la élite de las pesas”. El entrenamiento finaliza. Las pesas descansan. Se empiezan a escuchar voces. Quizás es el silencio el responsable de la fuerza. Esa que define a María Isabel, con la que dibujó su inmortalidad y de la que sus alumnos intentan contagiarse. 

 

 

 

Foto: Daniel Álvarez. 

Por Redacción Cromos

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