«Las mujeres de marruecos no tienen la ansiedad cosmética de Occidente» Margarita Rosa

La acompañamos a este fascinante país árabe, desde donde presentará El Desafío 2014: Las mil y una noches, y nos perdimos con ella entre los laberínticos mercados y paisajes de colores alucinantes. ¡Una cultura del otro mundo!
«Las mujeres de marruecos no tienen la ansiedad cosmética del Occidente»

El sabor a tierra es inevitable. El sol está alto y no hay ni una sola nube en el cielo, como siempre. Las pocas que se ven, parecen pintadas por un niño como parte del paisaje que dibuja en el jardín infantil. La luz entra sin filtros, directa, y hace que los rosados se vean más rosados, los verdes más verdes, los blancos más blancos, y que los ojos de las mujeres que caminan por las calles de Fez brillen más a esa hora de la tarde. Margarita Rosa de Francisco las observa caminar, bajo sus caftanes y sus velos, con colores y texturas que no les da miedo contrastar: verdes con anaranjados, animal print con fucsia, estampados con estampados. No parecieran tener una vida difícil caminando en grupos de tres por entre las tiendas o doblando las esquinas algunos pasos más atrás de sus maridos. «Se ven serenas», piensa, y las siente tan seguras que podrían pasar por altaneras. No lo son. Solo creen en sí mismas. Se reconocen como tesoros que deben ser protegidos, que no deben ser mostrados en la calle como un objeto común, y que urgen de alguien que camine frente a ellas, sorteando los peligros con los que se pueden enfrentar. Se saben importantes y por eso no parecen tener «esa ansiedad  cosmética de la mujer de Occidente», piensa Margarita Rosa de Francisco. Esa necesidad de estar comparándose con la de al lado; la que está más delgada o más gorda, la que tiene más senos o menos cola, más o menos arrugas. Ellas lo entienden desde niñas: son bellas así, como son.

 

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Las mujeres son las encargadas de preparar, manualmente,a partir de una semilla, el aceite de argán, conocido en el mundo por sus propiedades milagrosas.

 

Y, entonces, por entre las calles laberínticas de la ciudad, empieza a sonar una música que parece venir de detrás de una muralla. Margarita Rosa de Francisco camina, sorteando recovecos, acercándose a lo que oye, y la visión la impresiona: un grupo de niñas vestidas de muchos colores bailan al ritmo del grupo musical que las acompaña. La música es fuerte, cuesta hablar, y Margarita Rosa de Francisco quiere bailar. Ella que entra en el círculo y las niñas que enloquecen de emoción. Bailan más fuerte ellas y baila más fuerte Margarita Rosa, ante los ojos atónitos del grupo de producción que la acompaña: las caderas que se mueven, el pelo crespo de ella que se le viene a la cara, los velos de las niñas que ondean con el viento. Las sonrisas de todas, amplias, sinceras, que se elevan con los velos, y la imagen que se congela, ahí, en el movimiento, como uno de los momentos más maravillosos que le tocó vivir.


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«Pensé que sería lindo tener imágenes bailando con esas niñas y me puse a bailar con ellas. Ellas se enloquecieron y yo también. Si congelara una imagen de un momento maravilloso, sería esa.»

 

Cabras como pájaros

Margarita y sus acompañantes salen entonces de Fez buscando llegar a Marrakech, donde está instalado todo el resto del equipo de producción del Desafío 2014: Las mil y una noches. La caravana de camionetas cuatro por cuatro se apodera de las carreteras marroquíes, amplias, limpias y ordenadas, a comparación de lo caóticas que resultan algunas de sus ciudades. La tierra del desierto va siempre con ellos, brincando entre los giros de las llantas y colándose, entrometida, incluso entre los bordes de las ventanas cerradas. El paisaje muta de colores. Del amarillo pálido del desierto pasa de pronto a los tonos verdes y ocres de las llanuras. Unas con pequeños árboles aislados; otras menos frondosas donde pastan las cabras. Y, de repente, casi que puesto en medio de la carretera, aparece unos de esos árboles de otro mundo: un árbol de cabras. Ellas, montadas cómodamente sobre sus ramas, comiendo sus frutos, parecen no enterarse aún de su naturaleza cuadrúpeda.

Una vez superado el impacto de esa primera visión, es posible levantar la cabeza y mirar al fondo, donde acaba la llanura y se levanta un pueblo sobre la montaña. Es un pueblo de viviendas rectangulares y uniformes, color rosa pálido, que escalan la pendiente, y que hacen pensar en la imagen de un José, con María embarazada,  tocando puerta por puerta como mendigo. Y allá, mucho más lejos, como sosteniendo el universo, está el Atlas.  Aquella cordillera blanca, imponente, que escapa en su esplendor al lente de las cámaras aficionadas y que parece no afectarse por las temperaturas extremas del desierto a sus pies.

Tiempo de oración

Una vez en Marrakech, la Plaza Yamaa el Fna los recibe con un canto grave, gutural, que parece salir de la nada, de un hueco en el aire, de la tierra misma. Es el llamado que detiene la ciudad y recluye a hombres y mujeres en las mezquitas para rendirle culto al Dios del Corán. Los hombres a un lado y las mujeres al otro. Ellas no pueden ser vistas en su naturaleza por hombres que no hagan parte de su familia. No está bien. No se acostumbra. Es por la religión. No tienen que ir a las mezquitas, sin embargo, para orar. Las mujeres pueden hacerlo en sus casas y los hombres en cualquier parte, mientras tengan agua a la mano para lavarse, para que su Dios acepte la oración: las manos, tres veces; las narices, tres veces; la boca, tres veces; el pelo, una vez; las orejas, una vez; las manos, hasta el codo, tres veces y los pies, hasta los tobillos, tres veces. Se detiene el que trabaja en el mercado, vendiendo pashminas y lámparas; se detiene el carpintero, que deja sus maderas al azar; se detiene el joyero con el anillo a medio terminar; se detienen los hombres marroquíes que aceptaron trabajar para el Desafío 2014. Todos oran.

Imaginamos, entonces, al productor, en el afán de sus primeros días, decir con desespero: «¡Qué hacen estos!», sin entender. Y seguir gritando «Vamos, Vamos, Vamos, tenemos que seguir», ante unos marroquíes de expresiones confundidas. Las palabra «vamos» sería la primera que los marroquíes empezarían a repetir, por ser la más recurrente en los lugares de grabación. Para entenderse con los colombianos, más con su cultura que con su lenguaje, habría que esperar un poco más de tiempo.


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«Puedo decir que ya no tengo deudas conmigo misma. Podría parar ya, si tuviera que obligarme a hacerlo, y no me quedaría con nada en el tintero.»

 

Un acto de fe

Los de la producción ya llevan casi dos meses instalados en Marruecos y solo pueden repetir un par de palabras en árabe. «Assalamu alaikum», que significa «que Dios te acompañe», la expresión que utilizan para saludar, y «Sucram» que significa «gracias». Tuvieron que entregar su alma, en un acto de fe, al desfile de traductores que contrataron, y tuvieron que confiar en ellos a pesar de que traducían conversaciones que aparentemente duraban horas –y que, por la forma como hablaban, parecían amenazas de muerte–, en dos o tres frases concretas: «Dice que hay que girar a la derecha» o «Dice que las lámparas que usted busca se consiguen en La Medina». Por algo dicen que el árabe es el idioma más difícil del mundo.

La idea de realizar el Desafío 2014 en Marruecos surgió mientras estaban en la fase final del Desafío 2013, en Senegal. De los leones africanos tenían la opción de pasar a los camellos y a las culebras del desierto. Se aventuraron a mirar. Tenían que superar el exotismo de Senegal, la magia de lo primitivo, la amenaza latente de los animales salvajes. Y Marruecos, con su mundo, el peso de su historia y lo encantador de su literatura parecía ser el lugar preciso.

Y entonces caminaron, un año atrás, con el calor pegándoles en el cuello mirando lo que el país tenía para ofrecer. Buscando a Scheherezade, por si la encontraban, para pedirle alguna historia; no que les preservara la vida pero sí que se las cambiara. Para que ellos, después, pudieran cambiar las vidas de los valientes que se atrevieran a montarse en un avión hacia Marruecos, ateniéndose a las condiciones de un concurso que ya conocían bien.

Estuvieron por los lugares que Margarita Rosa de Francisco visitaría después para hacer las fotos que serían la imagen del nuevo Desafío y donde ella misma tendría experiencias, como aquella de las bailarinas, que la marcarían para siempre. Conocieron Marrakech en todo su esplendor. Pasaron de grandes avenidas con esquinas de palmeras espaciadas y camellos acostados, perezosos, como quien espera su turno para trabajar, a calles más pequeñas y menos tranquilas. Sintieron el ruido de los carros que parecían pasar los unos por encima de los otros, y de las bicicletas polvorientas que amenazaban con atropellarlos ante cualquier descuido. Mientras la tierra venía invisible de algún desierto cercano y se les pegaba a la piel, las calles se iban volviendo más angostas y oscuras. Las paredes estrechas y los tapetes colgados para la venta impedían que la luz llegara plena. Esta tenía que obligarse a entrar en ángulos oblicuos, contentándose con iluminar apenas la esquina de una puerta o filtrándose por las estructuras para reflejarse en rombos o en arabescos sobre las superficies.

«¿Español? English? Bonjour, monsieur» era lo que se les escuchaba decir –gritar casi– a los vendedores que salían de sus tiendas ante la menor muestra de interés. Había de todo. Pashminas, lámparas, vasos de cristal, teteras, tapetes, más pashminas, manillas, caftanes, velos, cojines, más teteras. Y, entonces, empezaba el regateo, en intentos de francés, en intentos de español, en amenazas de inglés, con señales. Como fuera. Que cuánto cobra, que tantos dírhams, que eso es mucho, que cuánto quiere pagar, que pago tanto, que es muy poquito, que mire la calidad, y así. Hasta que llegaban a un acuerdo y los dos salían contentos: quien compraba y quien vendía. El uno, seguro de haber hecho el mejor negocio de su vida; el otro, con rebaja y todo, habiéndose ganado tres veces el precio de su mercancía.


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«Me han llamado mucho la atención los caftanes, los bordados, los colores. Ellas, a pesar de ser muy conservadoras, son muy lanzadas cuando combinan sus colores.»

 

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En las plazas de la ciudades hay mujeres expertas en el arte de hacer tatuajes de henna. Turistas y locales las buscan para decorar sus manos.

 

Aroma milenario

El olor a especies no se va del aire. A eso huelen los herbolarios, a eso huelen las calles, a eso huelen cada uno de los hombres y mujeres. A eso huele cada uno de los niños que corren entre las culebras que se levantan al son de la flauta y los puestos de naranjas que venden jugo a los turistas en la plaza Yamaa el Fna. El sol se oculta en tonos anaranjados, como un eclipse, y el sabor a tierra sigue ahí, desafiante, preparado para entorpecer a los participantes del Desafío 2014, para asegurarse de recordarles, por encima de las duras pruebas y de los días de hambre, que están en otro mundo; al lado opuesto del suyo.

Fotos: Caracol TV / Mauro González