"El cáncer no es una carrera de velocidad sino de resistencia": Lorena Meritano

Para entender a la actriz argentina es necesario conocer el cáncer que enfrentó sin bajar la guardia.

Por: Carlos Torres Tangarife  

Fotos: David Schwarz

 

Se enfermó de depresión y lo iba a hacer. Empezó a explorar las maneras. No es que su existencia estuviera perdiendo sentido. No: vivir ya no tenía sentido. Era una certeza limpia, clara, sin matices que la descafeinaran. Una fuerza arrasadora. Su interior tenía la textura de lo árido. Su exterior estaba mutilado, se encontraba sin trabajo ni pareja, sus ahorros resecaban los ojos. Su madre, maestra jubilada, estaba al frente de los recibos mensuales… Cuando tu cuerpo arrastra una aflicción muy honda, el ímpetu del espíritu actúa como acicate. Pero aquí, el espíritu ya estaba contagiado.

 

Volteó a mirar a Fidel y marcó en el teléfono el 0, luego el 3 seguido de 4, 5, 2, 2, 4, 7, 1 y 4. Cada coma entre los números apretó el nudo en su garganta, como quien ajusta de más una corbata. Habría podido buscar el contacto de su mamá en la agenda del celular, sin embargo, prefirió anotarlo tecla por tecla. “Mami, ¿podés venir?”, fue lo único que pudo decir antes de soltarse a llorar. Su mamá estaba a quinientos kilómetros de Buenos Aires, en la ciudad de Concordia, cerca de Uruguay. A pocos metros la contemplaba el perro Fidel. Sus movimientos, sus ladridos, el andar de su cola, oxigenaron el apartamento de Lorena Meritano. Al colgar el teléfono sintió un alivio mínimo, aunque poderoso.   

 

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Aunque hoy está libre de la enfermedad, sigue en pie de lucha, sometiéndose a controles periódicos, al tiempo que lleva un mensaje alentador, sobre todo, para las personas que están en riesgo.   

 

 

Su mamá llegó temprano al día siguiente. En realidad, el espíritu no estaba del todo contagiado. Es un riesgo, para las personas que sufren de cáncer, comprometer su sistema inmunológico. La médica Adriana Bermúdez le recomendó con urgencia un psicólogo. Lorena sabía lo que pasaba. Nunca se mintió, siempre ha sido de las que llaman las cosas por su nombre. Era lo mínimo para intentar levantarse. “Es inolvidable ese momento, yo amo tanto la vida, que me aferro a ella. Es normal que te gane el cansancio en este tipo de procesos. El cáncer no es una carrera de velocidad sino de resistencia”, dice la argentina. Sin aspavientos reconoce que la enfermedad es crónica porque debe someterse cada tres meses a chequeos. “Recién llevo tres años curada. Se supone que superar los cinco años es señal de que voy bien. Los chequeos son la espada de Damocles en el cuello, porque te afloran los miedos”.

 

Hoy su cuerpo está limpio. Su recuperación comenzó tras ocho cirugías y 16 quimioterapias. Sus hábitos cambiaron desde que enfrentó con determinación este reto. “Al enfermarme, incluí en mis lecturas investigaciones sobre la alimentación. Somos lo que comemos. El primer libro que leí se llama Estudio de China, del científico nutricionista Colin Campbell. Enseguida entendí que es necesario alcalinizar el cuerpo con baños de sal marina y una dieta alejada de harinas y lácteos. Yo cenaba queso a diario. Eliminé la leche y sus derivados”.

 

TEMA PORTADA 1

 

Lorena es alta y espigada. Su presencia, unida a su dicción impecable, es imponente como su testimonio. Es una sobreviviente que inspira de entrada. Quien mida menos de 1,80 de estatura la tiene que observar empinando el mentón. Fuera de las pantallas, parece más una modelo de pasarela que una mujer de telenovelas y series. Es fácil entrar en confianza. Se sincera con espontaneidad, se reserva poco. Ya está acostumbrada a referirse en público a su dolor y a su recuperación. Vive por una intención que sobrepasa su individualidad: “Quiero contar la experiencia, no la del cáncer, sino la de la vida. Arranqué en República Dominicana. En noviembre fui a Valledupar y la idea del 2018 es escribir un libro y publicarlo, compartir mi historia en distintos lugares de Colombia”.

 

Desde abril del 2014, momento en que apareció la pelota en la mama, conoció un presente para el que nadie está preparado.   “Estoy viva para poner el cuerpo, porque duele muchísimo atravesar esto, duelen las mutilaciones, duele el tratamiento. Se renace de adentro hacia afuera”.

 

 

Controles oncológicos y ginecológicos

 

Hay dolores físicos imposibles de describir. En un autoexamen descubrió un bulto en el seno derecho. Al notarlo supo por dónde iba la cosa. Se asustó ante la posible gravedad de la palabra tumor. Era una aparición demoledora. Hacía un mes un médico la había auscultado sin encontrar señales sospechosas. Con la misma rapidez con que lo había descubierto, asumió el reto de los exámenes periódicos. 

 

Por supuesto que la opción de quitar la teta no estaba en el camino. El plan era recuperarse, iniciar la quimioterapia, apretar los dientes en las lecturas de los análisis… Lorena era fuerte y realista, y la enfermedad amenazaba con tornarse implacable. Reaccionó a la resistencia de la paciente. Primero mutiló uno y doce meses después el otro. “Tuve que hacer algo por mí, sacar valor para ponerle el cuerpo a ocho cirugías. Hay gente que no quiere aceptar las quimioterapias y para mí es respetable, yo tuve que ir a poner este brazo, al final fue en las manos, porque ya mis venas se escondían. La droga me mataba lo malo y lo bueno. Me faltaba el cabello, se me complicaba respirar, no me andaba el corazón, fallaban los riñones. La esperanza se esfumó; la fe es intocable, intangible, no se aprende, y es la que te ayuda a resistir los dolores, los abandonos, las mutilaciones y la pérdida de peso”.

 

TEMA PORTADA 2

 

En la búsqueda de sanar las causas del cáncer, perdió sus ovarios. Entre el 2014 y el 2015 se acostumbró a domesticar los calambres, a ver cómo las uñas de las manos y los pies se tornaban oscuras, producto de la quimio, las señales en su cuerpo, el peso por debajo de los niveles esperados.

 

 

Adiós a la patología

 

Los resultados en marzo del 2015 eran contundentes: Lorena estaba libre. Había valido la pena el sacrificio dejado en la camilla, mientras sueros de colores entraban por sus vías. Valiente, cubrió su lucha a través de Instagram. La buena noticia la publicó con un entusiasmo que jamás había vivido, feliz, sin cantar victoria. 

 

En enero del 2016 reaparecieron las bolas. Sucedió en Bogotá. Lorena, otra vez, se alertó. Fue en la semana que se separó de su última pareja. El diagnóstico, tras incontables sacrificios en clínicas, casi que la ubicaba al principio de este reto. La escena que ilustra este episodio es un avión de vuelta a Buenos Aires, con masas nuevas en el pecho, mamá con riesgo de derrame cerebral, a 500 km de la capital,  y despechada porque su relación se había terminado. Era esperar horas para que el especialista dijera el escalofriante “hay que punzar”. 

 

A los meses de este nuevo comienzo, Lorena sufrió de depresión. Lo iba a hacer y empezó a explorar las maneras.  No es que su existencia estuviera perdiendo sentido. No: vivir ya no tenía sentido. Volteó a mirar a Fidel y marcó en el teléfono el 0, luego el 3 seguido de 4, 5, 2, 2, 4, 7, 1 y 4. Finalmente su mamá convaleciente la ayudó a salir adelante. En esta oportunidad, las pruebas arrojaron que el tumor era benigno. “Mis hermanos, mis cuñadas y mis sobrinos son mi red de contención. Nosotros no somos pegotes, nos juntamos a menudo para ver el partido de River, nadie invade a nadie, cada quien en su rollo, si nos necesitamos, damos apoyo de manera incondicional”.

 

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“Todos tenemos un cáncer en la vida, puede ser un divorcio, una separación. Mi charla trata sobre cómo llegó este reto, que yo asumo como maestro”.

 

Sin bajar la guardia

 

En dos años largos, Lorena sabe lo que es inflar al máximo los pulmones y cerrar los ojos con seguro. Su tranquilidad va de tres meses en tres meses. Vino a Colombia a reencontrarse con amigos, a castings y a dar fe en persona de su recuperación. Estuvo en un centro de salud de Valledupar. “Las charlas son un relato único, asisten familias de sobrevivientes, me llama poderosamente la atención que vaya gente que no lo padece; de alguna manera todos tenemos un cáncer, puede ser un divorcio, una dolencia, una separación. La charla es sobre el cáncer en mi existencia, el cáncer como maestro. Das y recibís energía, mi idea es generar consciencia alrededor de la importancia de la salud y la detección temprana, quiero llevar luz a quien la quiera recibir”. 

 

En las charlas, Lorena supo que hay un 1% de mujeres a cuyas parejas machistas les impiden ir a chequeo médico. 

 

En una conferencia, el público supo que Lorena tiene razón al decir que las mujeres son más que un par de tetas y de ovarios. 

 

En un evento, Lorena se encontró con mujeres que estaban en su tercera remisión. Una joven se le acercó a decirle “me sacaron los senos y los ovarios como a vos, y me acaban de decir que tengo la cabeza con metástasis”. 

 

Ser bracamutado significa tener una predisposición genética para desarrollar tumores. Lorena se quitó los ovarios para evitar sorpresas. 

 

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Aprender a conciliar el sueño 

"Mi papá se murió de cáncer. En su última noche, yo lo estaba mirando y se fue quedando dormido. De ahí yo desarrollé una fantasía: si yo cerraba los ojos, quizás también me moriría. Durante las quimios no dormí, me tuvieron que dar pastillas, a las que desafortunadamente me volví adicta. Si no las ingería, sencillamente me desvelaba. Este año dije "yo no tomo más un medicamento para el sueño", así arrancó mi transformación. Hoy me tomo tres gotitas de cannabis en la noche y duermo como un bebé. Ya no tengo el miedo de morirme".

 

El día que se le ocurrió vivir en Bogotá, dos décadas atrás, Lorena estaba radicada en el campo de su provincia, retirada y casada. Su mánager la contactó para trabajar en la serie Ecomoda. No lo pensó dos veces para aceptar la oferta, a pesar de la situación política del país. “Acepté encantada. Para mí era buenísimo regresar a la actuación. Vivía en Entrerríos, estaba casada con el único marido que tuve, había estado embarazada de un bebé que no nació”.

 

Entonces Colombia sanó su pérdida y actualmente la vida la ubica en un lugar que ella misma se ha ganado entre dolores y bríos. Por las producciones La lectora, El auténtico Rodrigo Leal, Merlina, Casa de reinas, tenemos a Lorena cerca. Alterna la actuación con el activismo a favor del cuidado de la salud de la mujer. Ya se puede permitir luchar por los que necesitan un mensaje de aliento. Hace tres años lo viene haciendo, solo que ahora tiene la entereza de viajar, dar la cara en vivo, abrazar y llorar, buscando la palabra indicada, si es necesario. A muchos profesionales, sobre todo a ella misma, les debe el espacio que ahora ocupa. “Cambié mi alimentación, seguí con el reiki, tengo la psicóloga, hago terapia con ángeles, cultivo mi fe, la homeopatía me ayuda. Sanar es perdonar, dar la vuelta a la página de los abandonos. En la medida que yo expongo mi historia, recibo amor, que es el mejor medicamento para el alma”, concluye.

 

*Al cierre de esta edición, Lorena esperaba los resultados del último control del año. 

 

Producción: María Angélica Camacho.

Maquillaje: Alex Ramos. 

Asistente de fotografía: Daniel Álvarez. 

Vestuario: chaqueta dorada: Johanna Rubiano / vestido de flores: Daniella Battle / saco de perlas: Johanna Rubiano / vestido blanco: Julio.