«Muchos me quisieron acabar, pero logré salir adelante» Sara Corrales

Esta provocación es ahora la tentación de los mexicanos. Su sueño es quedarse y ser una diva del cine.
«Muchos me quisieron acabar, pero logré salir adelante» Sara Corrales

Podría ser la devoradora de hombres que algunos se imaginan. Un premeditado movimiento suyo seguro podría causar un desastre. Pero no lo va a hacer, o no lo va a hacer fuera de un escenario, o solo lo haría si fuera totalmente necesario. Porque definitivamente, a pesar de que muchos lo crean, no es una mujer fatal, aunque podría serlo si se le diera la gana.  

Llegó a México hace un año. Aunque dice que no quemó las naves, parece como si lo hubiera hecho. En Colombia terminó con su pareja, con la que llevaba dos años y medio, dejó una carrera que iba para arriba y se despidió de la adoración de su vida: su mamá. Salió del país por una propuesta de Telemundo para hacer uno de los papeles principales de la serie El señor de los Cielos. Matilde, su personaje, tuvo tanto «pegue» que los libretistas le dieron una participación mucho mayor que la que estaba presupuestada al principio. Untado el dedo, untada la mano. Sara vio la oportunidad de quedarse y aceptó un cambio radical de vida. 

«No tengo hijos, ni esposo, ni perro, nada que me ate. Siempre quise vivir en otro país y estaba estudiando el mercado mexicano hace mucho tiempo. Cuando se presentó esta oportunidad, la recibí como una señal, y yo soy experta en aprovechar las oportunidades».

La serie se convirtió en una de las de mayor rating en 2013 en Estados Unidos y en varios países latinoamericanos. ¡Y eso que todavía no se estrena en México! Cuando suceda, seguramente se le abrirán muchas puertas. 

Sara se levanta todos los días a las cinco de la mañana. Desayuna, termina de alistar las tres comidas del día, y una hora después está en el gimnasio. A las nueve, casi siempre, ya está grabando. En la tarde, al terminar, se da unos minutos para ella. Pocos. Duerme ocho horas y el ciclo se vuelve a repetir. Día tras día. No es la vida glamurosa y rumbera que uno se imagina de una diva en ciernes. A la vida de diva le gana una ambición mucho más grande, una poderosísima urgencia de comerse el mundo. «Yo me puse unos objetivos en Colombia que ya cumplí. Le tengo pánico a estancarme. Necesitaba airearme, conocer nuevas opciones, nuevos mercados, nuevas empresas. A mí los retos me dan fuerza».

 

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«¿Pero fue difícil dejar Colombia?», pregunto. A lo que responde: «A mí no me dolió el cambio, yo llegué feliz, yo soy todo terreno. No tengo apegos. Y acá soy como una niña chiquita sorprendiéndose».

Hace un frío insoportable en la ciudad de México, mucho más frío que el día más frío de Bogotá. Un frío que hace suponer que Sara estará envuelta dentro de una chaqueta de invierno durante toda la entrevista. Se levanta, se sienta, gesticula, va a servir agua, cambia la música, cambia de silla, recibe a alguien que le trae unos muebles. Después de 15 minutos de hiperactividad y de responder algunas preguntas, se quita la chaqueta, deja ver algo de piel, algo mínimo, suficiente para entender por qué todos quieren con Sara. «Puede que muchos quieran con Sara –dice entre risas–  pero Sara quiere con pocos».   

De la fama al anonimato Su apartamento queda en la colonia Roma, uno de los barrios más bonitos de Ciudad de México. 

Un lugar bohemio, lleno de cafés y restaurantes, poblado por extranjeros y la fauna hipster del DF. Es un apartamento de 70 metros, muy sencillo, en el que lo único que se escapa de una decoración simple, casi aburridora, es un mensaje en el espejo del baño escrito entre corazones  rosados y azules y dirigido a su novio. Tan cursi que no vale la pena reproducirlo. 

Vive feliz a unas cuadras del parque España, donde confiesa haberse enamorado a primera vista de su novio colombiano mientras los dos entrenaban crossfit, y a pocas cuadras de la avenida Reforma, la calle más importante de la ciudad, donde todos los domingos va a bailar en la calle. Sí, a bailar. ¡Y en la calle! Reggaetón, salsa, lo que le pongan, en unas actividades gratuitas que ofrece la ciudad, a las que va gente de cualquier clase social y de cualquier edad. «Voy y me la bailo. Yo no tomo un trago, no trasnocho. Esa es mi rumba».

Ser una extraña. Esa parece ser de las cosas que más disfruta Sara de su autoexilio. «Me da tranquilidad salir a la calle sin que la gente se voltee a hablar y a cuchichear.

»Recuperar eso ha sido increíble. La fama trae cosas hermosas, como que la gente se te acerque y te quiera. ¡Ah!, qué bonito es sentir el amor de la gente, pero poder hacer esto también libera mucho». 

Se refiere a pasar inadvertida, aunque es difícil lograrlo, por más trapos que se ponga encima. Sara es una estatua, su cuerpo es tan firme como sus ambiciones, y lo trabaja y lo consiente de una forma obsesiva. Detrás de unas gafas de graduación esconde unos ojos verdes que parecen inverosímiles para el color de la piel. Pero si uno está frente a ella, la mirada terminará siempre en la boca, exactamente en su labio inferior. Parece que toda su sensualidad estuviera concentrada allí. «Gozo que la gente quede impactada conmigo. Yo vivo súper orgullosa de mi cuerpo. Llevo una vida sana, duermo ocho horas, como sano, me cuido la piel. Y todo eso me hace sentir llena de vida y energía. Sí, me siento súper sexi».

 

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Sara es hija única y, según ella, es un milagro de María Auxiliadora. Su mamá dice que tuvo cinco embarazos fallidos antes de tenerla a ella. La rudeza de la actriz contrasta con la fragilidad de su madre, que se la pasa la mitad del tiempo en Colombia y la otra mitad en México, al lado de su hija. Se pasea por el apartamento, siempre pendiente de ella. «Yo la protegí desde que mis papás se separaron. Mi personalidad ruda se desarrolló a partir de ahí. Mi mamá es mi adoración y mi punto vulnerable». 

Sí, la rudeza de Sara pareciera tener puntos débiles. Porque Sara llora. Casi siempre de rabia, pero llora. La última vez fue por el incumplimiento de unos técnicos que  le debían arreglar la señal de Internet. Cuando alguna pregunta la pone nerviosa lo expresa con un sonido gutural, infantil, pero inmediatamente se recompone y retoma el poder que le otorga su casi impenetrable sensualidad. Pero no es invulnerable, y al recordar algunos episodios y golpes que le ha dado la vida, no puede atajar las lágrimas, y esas no son de rabia. Por ejemplo:

¿En que se han equivocado los medios acerca de usted? ?Nadie tiene ni idea de lo que pasa acá ni acá –señala el pecho y la cabeza–. A través de los años he podido demostrar quién soy de verdad. Ya pasó y aprendí. Todos tenemos caídas. Yo tengo la frente en alto. Muchos me quisieron acabar, medios y personas, pero logré salir adelante. Me siento mucho más ganadora en este momento. En algún momento pensaron que era una femme fatale.

¿Y no le gusta tener esa imagen? ?Pudo ser una herramienta que en algún momento funcionó. Pero en mi vida diaria vivo de jeans y zapato plano. Sí, que rico que les guste esa Sara, pero yo digo: vengan y les presento otra Sara que es mucho más interesante.  

Durante toda la entrevista sigue moviéndose por todo el apartamento. No puede parar. Verla caminar es un placer. Cuando se sienta, no puede quedarse en una sola posición y entonces mira a los ojos, me agarra el brazo para enfatizar lo que está diciendo, se palmotea ella misma en las piernas.   

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Sobre la mesa de centro hay un libro abierto que conozco perfectamente. Se trata de El mono desnudo, un famoso best seller de finales de los sesenta escrito por el zoólogo Desmond Morris y que estudia las características animales que hacen peculiar a la especie humana. Llegó a ese libro porque su novio lo usa constantemente de referencia. Se emociona al hablar sobre las ideas contenidas en el libro, sobre sexo, sobre maternidad, sobre lactancia. Lo que en algún momento pensé –un lapso de no más de 15 minutos– que podía ser una trampa, no lo era. Lo ha leído, lo entendió y lo puede citar perfectamente. Sara no es una intelectual, pero no es una tonta. 

Más que farándula A pesar de que le encanta bailar –lo ha hecho con obsesión desde que era una niña–, sus fines de semana parecen ser un accesorio de los demás días de la semana. Cena, va a cine, va a teatro, trabaja y hace deporte. Si sale, no le gustan los lugares de moda y, aunque hace parte de la farándula, parece que ese mundo no le interesa. Va a algún evento cuando tiene que ir, y ya. «¿Parche?, no, yo soy muy “cusumbosola” –dice con desparpajo–. Pero cuando salgo soy cochinita, prefiero los lugares más "bajomundo"».   

¿Cómo se le cae a Sara Corrales? –Si me quieren deslumbrar con lo que poseen, ya perdieron. Tienen que entrarme con mucho tacto, con respeto. Amo un man brillante. Yo lo tengo que admirar, no puedo con un hombre que tengo que mirar para abajo. Y no estoy hablando de plata. Tiene que ser inteligente, tiene que tener ganas de sacarla del estadio, de comerse el mundo igual que yo. Un man estancado, sin sueños, no. Y no creas, no me caen manes todo el tiempo, bájate de esa nube.

Sara lleva seis meses con su novio, un ejecutivo colombiano que no tiene nada que ver con el medio. Y está enamorada, confiesa. Pocos mexicanos parecen haber sido tan audaces como para caerle. «El mexicano es mucho más penoso que el colombiano». En su novio parece haber encontrado esa química que necesita para convertir a la mujer ruda en –según sus propias palabras– «un dulce que derrama caramelo». «Lo primero que busco en un tipo es que sea auténtico, me gusta un man mucho más real, que sea divertido, adoro la posibilidad de acostarme en un parque público a comer fruta picada. Un man que me dé tranquilidad. Yo me entrego tanto que se me acaba el planeta masculino cuando estoy en una relación».   

¿Pero quiere casarse y tener hijos? –¡Pero claro! Creo que será lo más importante de mi vida cuando llegue el momento.   

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Sara está enfocada en lo que quiere, y en el momento eso significa triunfar en México. «Quiero hacer cine acá. Todos los directores de casting que me interesan ya tienen mi perfil», asegura. Su ambiciones no son puntuales pero su determinación es absoluta. No se irá sin triunfar.  

¿Piensa volver? –Colombia es el país que amo. Allá está mi familia. Sé que es una carrera que me puede llevar a vivir a muchos lados y si en algún momento encuentro un proyecto que me interese, volveré. Me jala muchísimo mi familia, aunque mi mamá venga y se quede uno o dos meses.   

Sara no es el tipo de mujeres que huye. Es de las mujeres que buscan. Y eso precisamente es lo que está haciendo en México.   

¿Todavía responde cuando le preguntan su edad? –Sí, pero no lo cuentes –ríe–. Todavía estoy en el segundo piso.  

 

 

Fotografia: Hernan Puentes Agradecimientos: Management Fernan Martinez Communications