«Uno a cada relación tiene que llegar virgen» Laura García

De las entrañas del teatro vuelve para impactar a los televidentes con su interpretación de la mamá de Helenita Vargas en La ronca de oro. Mujer de mil actos.
«Uno a cada relación tiene que llegar virgen» Laura García

Estoy de nuevo mirándola, esta vez lejos de los años setenta y ochenta, lejos de las tablas de teatros emblemáticos como el TPB y el Teatro Libre de Bogotá, cuando ella condenaba a su público a recordarla con su voz gruesa, su cuerpo torneado y su furia o su remanso interpretando obras de grandes dramaturgos, en las tablas. Lleva puesta una camisa abigarrada de machitas de colores con un top beige debajo.

Tiene la boca y los pómulos que tenía su mamá, Olga, una pintura de mujer, la hija de don Manuel Marulanda, senador de la República  y el primer embajador del café que hubo en Europa. De ella conserva un portarretrato sobre la mesa, junto a un libro del pintor Ignacio Gómez Jaramillo, frente a la chimenea de gas que siempre mantiene encendida. Laura ya lleva 38 años de su vida en la actuación. Ya su hijo tiene 32 años. Ya tiene la tranquilidad de alguien que ha agotado sus fanatismos. Ya habla de sus amores pasados.

Ya se ríe de su propia historia, incluidas sus furias. Tiene junto a su cama una bicicleta estática y en su mesita de noche un best seller saludable, Clean, del médico Alejandro Junger, con un vaso de agua y tres palabras que sobresalen en su portada: remover, restaurar, rejuvenecer. De nuevo estoy frente a este trueno de mujer y la razón es muy sencilla: volvió a pisar fuerte en la actuación con su papel de Ana Julia, la mamá de La ronca de oro, en la serie de Caracol que disparó el rating. Del drama a la comedia nos paseó por su vida... escena tras escena.

 

Para personificar a la mamá de La ronca de oro, ¿ensayó frente al espejo? Yo no practico tanto frente al espejo. Uno tiene que saber lo que el cuerpo está haciendo sin necesidad de mirarse.  

¿Cuántos años lleva actuando?  Caramba, desde el año 76. Todos los años.  

Mucho kilometraje actuando. Sí, hay kilometraje ahí. Pero cada vez que llega un papel, duele igual que el primer hijo que nace.  

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Laura en los ochentas, muy sensual durante la obra Entretelones dirigda por Julio Luzardo, en el Teatro Libre de Bogotá

 

¿El oficio no facilita las cosas? Puede ir hasta en contra, porque si uno no tiene cuidado y se deja estancar y empieza a usar las mismas herramientas que sabe que le funcionan con el público, está uno perdido. Con cada personaje hay que entrar totalmente virgen.   

Dígame tres personajes de todos los que ha hecho que la condenan a recordarlos por su construcción. La señorita Amelia Evans, de La balada del café triste. La fiscal, Eugenia, de Correo de inocentes, y Ana Julia en La ronca de oro. Tres mujeres extremas que no gustan mucho de los hombres porque son muy independientes. Ellas no le comen cuento al tema de la pareja.   

Hablando de mujeres extremas, al verla a usted interpretando a la mamá de Helenita, me dio miedo. (Se ríe) Ese era el propósito. No, mentiras, no. De entrada a mí el personaje me gustó mucho porque no sabía nada de él. No tenía ni idea cómo era esa señora. Lo único que vi fue fotos de ella. Yo estuve en Cali durante diez días y hablé con la familia, me atendieron muy bien, me mostraron muchas fotos, me contaron anécdotas.   

¿Cuánto duró la investigación? Diez días en Cali, más otros diez días que estuve averiguando sobre la vida de Helenita. Quise saber cómo era, qué hizo, por qué cantó eso, por qué se voló de la casa, por qué se casó una y otra vez, por qué la excomulgaron de la iglesia. Fue una etapa de investigación sensorial. Fui con el propósito de escuchar cómo hablaba la gente. No queríamos un acento caricaturesco de Cali, ¡qué pereza!, sino una cosa más sutil.    

¿Cómo es Laura la investigadora? Cuando estoy en investigación no hablo, yo dejo que la gente se exprese, que me cuente cosas. La veo moverse,  veo cómo camina y cómo se viste. De ahí saco mis propias conclusiones. Esa labor de detective me encanta. El año pasado estuve en la misa de aniversario de la muerte de Helenita. Fue una casualidad que yo estuviera en esa misa. Y lo que traté de ver es cómo se portaban esas señoras. Algunas amigas de Helenita y otras familiares. Me di cuenta, por ejemplo, de que en clima caliente, y más en esa época, las mujeres usaban mucho el abanico. Entonces dije: «Se lo voy a meter al personaje». Yo no sé si doña Susana Marulanda de Vargas (Ana Julia en la serie) lo usaba o no, pero lo voy a utilizar porque el abanico es maravilloso, suave y melancólico o agitado y nervioso, depende cómo esté el personaje por dentro.  

¿En que se inspiró para hacer tan bien las rabietas del personaje? En una pelea que yo tuve una vez con una persona y le di una cachetada y me puse histérica. Así como se puso la señora cuando Helenita le dijo: «Pues yo me voy a ir a cantar mi música como sea y nadie me va a detener».   

Eso es parte de su memoria emotiva. La emocionalidad de los personajes es la misma del actor. Tenemos un fichero en el que encontramos experiencias de amor, odio, venganza, deseo, fanatismo, mentira, verdad y asesinato. Asesinato no porque haya matado a nadie, pero sí a una mosca.

Tabloski... no Stanislavski   

¿Dónde estudió actuación? Yo estudié en Bogotá. Después tuve una beca para estudiar en Inglaterra y Estados Unidos. Pero como dice Santiago García, el gran maestro mío fue Tabloski. No Stanislavski sino Tabloski. (Suelta una carcajada).  

Para los que no la vieron en esa época fulgurante del TPB en los setenta, ¿de qué se perdieron de Laura García? De una actriz joven que estaba comenzando, que gozaba todos los papeles, que no le importaba no dormir mientras estuviera actuando, que hacía dos o tres papeles al día y no le importaba. Que hacía unas giras interminables de tres meses por toda Colombia. Yo conocí Colombia gracias al TPB. Y lo haría otra vez. Lo que pasa es que las circunstancias han cambiado.  

¿Por qué el teatro dejó de funcionar como antes? Ahí lo que pasó es que entró el teatro de lentejuelas, si se puede decir, y mucho público identifica el teatro con eso. Eso me parece grave porque es el indicio de una sociedad que no quiere confrontarse, que no quiere aprender, que no quiere vivir experiencias fuertes e importantes. Yo no digo que la diversión no enseñe. Estoy hablando  de la diversión tonta, de la diversión de lentejuelas.  

¿Cómo ve el teatro hoy? El panorama es incierto como ha sido siempre el panorama del teatro, pero no creo que vaya a dejar de existir. Porque estás viendo al actor ahí de frente y lo estás viendo sudar y lo estás viendo sufrir y lo estás viendo llorar al frente, a dos metros, eso es una experiencia inolvidable. El teatro seguirá el curso que tenga que seguir y las generaciones que vengan harán el teatro que tengan que hacer y ojalá no dejen de montar nunca los buenos autores, porque los buenos autores, como Tolstoi y Dostoievski,  nunca se van a morir.  

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Laura en los setentas, actuando en el TPB bajo la dirección de Jorge Alí Triana, en la obra Ricardo III de William Shakespeare.

 

¿Qué le está faltando a la actuación? Más bien sobran los celulares. Eso es lo que le está sobrando a los actores modernos. Si estás con tu cabeza concentrada en otra cosa, estás chateando con tu novio o con tu novia, es imposible que una escena te salga más allá de lo común y corriente.  

¿Cuál fue su primera obra? Una en el Teatro El Local. Mi papel era como de una secretaria, no recuerdo el nombre del personaje ni nada. Pero recuerdo mucho el Teatro El Local porque lo pinté todo. Estaba tan aficionada al teatro, tan feliz de estar ahí, que lo pinté todo de rojo.  

Desde entonces todo lo que ha hecho  es actuar. ¿Tiene su propia definición de lo que ha hecho? Sí. He vivido una vida más feliz porque he vivido en una ficción permanente y maravillosa, que me ha nutrido y me ha mostrado el mundo y las pasiones humanas como son.  

¿Qué momentos la marcaron como artista?  Son dos, como de esa epifanía artística, en mi infancia. Un día que me fui a los ocho años al Teatro Santa Fe a ver una película de 11 de la mañana a 8 de la noche. Yo no me paré de la silla y no almorcé, ni siquiera me paré a ir al baño. Cuando de pronto oigo a alguien que abre la cortina porque me imagino que eso era una cortina, y dice: «¡Laura García!» ¡Ay: mi mamá! ¡Estuve todo el día viendo la misma película!  

¿Qué película? Una de la serie de películas que se llamaban Sissi Emperatriz. A mí eso me fascinaba, la belleza de los vestidos, la luz, los ojos prodigiosos de esa mujer llamada Romy Schneider.  

¿Y el otro momento? Una vez con mi abuela, Abigail Infante, en Santa Marta, estábamos en el coro, cantando para un matrimonio. Eso fue como a los doce años, y mi abuela se había puesto de acuerdo con las amigas para que, en cierto momento del coro, ellas se quedaran calladas a ver si yo seguía cantando. Efectivamente, se quedaron calladas y yo seguí cantando. Y cuando se acabó  la misa le digo yo a mi abuela: «Abuela, ¿qué pasó? ¿Por qué me dejó cantando sola?» Y su respuesta fue: «Quería probarte».  

«Hice de todo»  

¿La vida que tiene es la que se imaginaba? Yo me imaginaba que quería ser actriz. Yo me imaginaba que quería enamorarme. Yo me imaginaba que quería tener hijos. Yo me imaginaba que quería subir a las montañas. Pero no me imaginaba que todo eso fuera tan difícil. Nadie nos enseñó, nunca. Nos decían que el amor era para toda la vida, hasta que la muerte nos separara. Pero claramente me di cuenta de que eso era hasta que el amor le alcanzara a uno.  

Pero hizo de  todo. Hice de todo. Lo único que no he hecho en mi vida es echarme en parapente y tirarme en paracaídas de un avión.   

Siempre ha sido un misterio el papá de su hijo. Una historia corta de amor. Sí, eso fue intenso y corto pero importante. Tuvimos un hijo, eso es bonito.  

¿Por dónde anda hoy? El señor P vive en Turbaco, Bolívar. Tiene una hacienda preciosa que es como un jardín botánico. Le gusta mucho vivir allá en medio de los mameyes y las cigarras. Él hace política. Es un hombre de izquierda. Cuando está con la gente no la deja hablar porque siempre está echando línea. Es un tipo inteligente y divertido, muy capaz. A veces él viene a Bogotá y es bonito cuando nos juntamos los tres, porque es como una familia que de todas maneras está ahí.   

¿Quién sigue después? Germán Jaramillo. Esa relación duró más tiempo porque también construimos una carrera juntos. Fue tal vez el matrimonio más largo. Doce años. Nos ayudamos mucho, peleábamos mucho también, pero fue una relación nutricia, como diría mi querido amigo español José Luis Gómez.  

Y después del político y el actor, ¿hubo más? Sí, el publicista, el señor L. También fue maravillosa. Llegó en un momento importante a mi vida. También hicimos cosas muy bellas.  

¿Faltó alguno? No. Esos fueron los importantes. Los otros fueron más fugaces.  

¿Hoy quisiera encontrar otro? Sí. ¿Por qué no? Y ¡ajá! como dirían en la costa.  

Describa a Laura García Marulanda joven. Inquieta, saltona, rebelde, rabiosa y muy tierna. Creo que era ingenua y sigo siendo ingenua. A veces me sorprendo con unas cosas que ya no me deberían sorprender.   

¿Cómo qué? Tiendo a pensar que todo el mundo es bueno, hasta que me tropiezo. Sin embargo, no quiero adquirir esa mirada astuta y descreída de los viejos. Eso me sabe a mierda. Si sigo muchos años, quiero llegar con un alma blanda y creer todavía que se pueden entablar relaciones amorosas y amistosas. Yo sigo creyendo en eso.  

La muerte llama dos veces  

¿Hija única? Única mujer entre tres hermanos. Soy la segunda.  

¿Viven? Solo vive el mayor, Pablo.  

¿Y los menores? Murieron muy jóvenes. Ambos a los 29 años. Un año uno y al siguiente año el otro.   

¿Accidentes? Uno en un accidente. Caminando sobre un piso que tenía un poquito de agua, se resbaló y se mató. Era Juan Ramón, el que me seguía a mí. Era el más amigo mío, iba a todas mis obras. Era ingeniero eléctrico y  matemático. Era muy simpático.  

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Laura en los noventas, interpretando a Clitemnestra en La Orestiada de Esquilo. La obra fue dirigida por Ricardo Camacho en el Teatro Lobre de Bogotá.

 

¿Y qué le pasó al menor? Fue una cosa más fuerte. A Alejandro lo mataron aquí en Bogotá. Eran mis amigos y en un momento dado eran casi mis hijos. Yo los cambiaba de cama cuando se dormían, porque mis papás no estaban. Yo los peinaba, a veces los ayudaba a vestir para ir al colegio. Para mí fue un golpe muy duro. Dos golpes seguidos. Esa fue mi primera confrontación directa y franca con la muerte. Fue muy violento.  

Laura, descríbame a Laura García señora, la de hoy. La que no quiere perder el contacto con el amor, con la inocencia, con la ingenuidad, con la caridad, con la comprensión y con la generosidad. A pesar de muertes, desamores y traiciones, a pesar de cantidades de cosas, yo trato de que mi corazón permanezca intacto.   

El corazón de una niña bogotana, de papá samario y mamá bogotana, con dos señores abuelos, uno muy antioqueño y otro muy cartagenero. Sí. Mi abuelo materno se llamaba Manuel Marulanda (abre mucho los ojos mientras pronuncia este nombre). Fue senador de la República y era liberalísimo. Fue el primer embajador del café que hubo en Europa. También fue amigo de Eduardo Santos y trabajó mucho en su gobierno. Ni a él ni a mi abuela los conocí.  Ya habían muerto cuando nací. De mi abuelo materno sé que era muy bravo, durante las comidas no dejaba hablar a las hijas. Con la mirada las fulminaba. Era un tipo muy culto.   

¿Y el paterno? El paterno era Pablo García Franco, de Cartagena. Trabajó en la United Fruit Company y era secretario de la «iunait», como le decían a las bananeras. Mi abuela, Abigail Infante, me contaba muchos relatos de antes y después de la huelga. Ella decía que en esa época les llegaban las sábanas planchadas todos los días a la puerta de la casa. Y la botella de leche, como en Norteamérica. Después mi abuelo se construyó con ella una casa maravillosa, enorme,  como de diez cuartos, frente al mar, que fue la casa de mi adolescencia y parte de mi infancia en Santa Marta. Había mucha música porque mi abuela Abigail era música.  

¿Su sangre de artista viene de su abuela? Ella me introdujo en todo ese mundo de la actuación, de la mamadera de gallo, del baile, del garbo y del ritmo y los sonidos. Ella actuaba, cantaba, tocaba piano. Hacía cantidades de cosas y toda la plata era para la curia de Santa Marta. Cuando se quemó el Templo de San Francisco, recuerdo que gracias a la ayuda de mi abuela y de sus amigas de un grupo de teatro que se llamaba Los Cascabeles, pudo ser reconstruido, porque se quemó todo. En Santa Marta no había bomberos y cuando llegaron los de Barranquilla, ya el templo estaba hecho cenizas.  

¿Sus papás qué hacían? Mi papá, Pablo García Infante, era médico. Era samario, hijo único, muy consentido. Había salido del Gimnasio Moderno. Y mi mamá, Olga Marulanda, no pudo estudiar porque mi abuelo no la dejó. Quería estudiar filosofía y letras. A ella le tocó trabajar porque con el divorcio quedó en una circunstancia delicada con cuatro hijos.  

¿Qué recuerda de la separación de sus papás? Para mí fue muy duro cuando él se fue. A los diez años quedé como descolocada, totalmente descentrada. Una de mis profesoras de teatro en Nueva York, que se llama Susan Batson, me dijo: «Tienes una rabia interna. ¡Úsala!». Yo creo que de allí me sale la rabia, la fuerza y la energía que le imprimo a mis personajes. Yo creo que viene de ahí, porque me acuerdo hasta de la luz de la noche en que mi papá se acercó a mi cama para decirme que se iba. Entonces me dediqué a estudiar, me encantaba el colegio, mala en conducta, pero buena estudiante. Y me dediqué a ser la mejor deportista. Yo jugaba básquet, voleibol y estaba en atletismo. Hacía salto alto, salto largo...  

¿Qué aprendió de su papá? Alguna vez me dijo: «Usted en la vida se va a encontrar con todo tipo de personas, de distinta condición social, económica y con todas tiene que tener capacidad de comunicarse y de entablar una relación». Esa fue la enseñanza más importante de mi papá.  

¿Y de su mamá? Mi mamá me enseñó la moral y la ética, dos cosas que se han perdido mucho. Me decía, por ejemplo, «Este fulanito así como hizo la fortuna, así no se puede. A costa de las otras personas, eso no puede ser así». También me dijo una cosa muy bonita, que en ese momento no sé si entendí, me dijo: «Uno a cada relación tiene que llegar virgen».  

¿Quién tuvo más amores, su mamá o usted? Eso fue enseñadito por ella. Mi mamá tuvo mucho novio en medio de mi papá y su último marido. Era una mujer muy bella y muy interesante. Tenía su corte de admiradores.

Una casa en una isla  

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¿Hoy cómo ve su vida? Últimamente ya no pienso. Quiero que suceda la vida. En el colegio que estudié, en el Helvetia, que era totalmente cartesiano, nos enseñaron a pensar y a que todo tenía que ser organizado y ordenado. Y yo, de hace unos cinco años para acá, cuando salí del Teatro Libre y estaba en la calle como cualquier actor, me dije: «No voy a organizar nada, que venga lo que  sea, y toco madera». Y esta determinación ha sido una revelación  fantástica, porque empezaron a llegar unos proyectos lindísimos.  

Como por ejemplo… Por ejemplo, dije quiero hacer cine así no tenga a mis espaldas una extensa carrera cinematográfica. Entonces, súbitamente después de un mes de haber pensado eso, me encontré con Juan Fisher en un sitio donde estábamos bailando, y me dijo: «Yo voy a hacer una película y quiero que usted esté en esa película. El personaje suyo es el de un travesti». Yo dije: «¿Cómo? ¿Una mujer haciendo de hombre que hace de mujer? ¡Estás loco!». Y al final nos fue súper bien, ahí me gané el premio ese en el Festival de Cine Latino en Nueva York y el Festival de Cine de Beijing en China. ¿Ves? Son cosas que uno no planifica, que están ahí, dando vueltas alrededor de uno.   

Como La ronca de oro. Como La Ronca. Y ahora me dicen: «¿Qué va a pasar después?». Y yo: «No sé, dejemos que el universo funcione».  

¿Y cómo funciona la vida del actor? Es tremendamente inestable. Yo lo he vivido. Y eso también hace que uno tenga el cuero duro. He vivido mucho tiempo de la docencia, tuve un programa de literatura en Señal Colombia; también viví de eso. También viví de grabar audiolibros. Hice comerciales, vendí fruta. Tuve un restaurante.  

¿Cómo son hoy sus finanzas? No soy una persona de grandes medios ni mucho menos, pero estoy capitalizando lo poco que tenía. Trabajamos juntos con mi hijo y la cosa va bien. Ahí vamos, organizándonos. Estoy construyendo una casa en una isla del caribe. Y ya casi está.  

¿Se va para allá del todo? No, es para ir de vez en cuando. La voy a alquilar también y la voy a compartir con mis amigos y con mi familia. No le voy a decir dónde queda.  

¿A cuánto en avión? Como a dos horas en avión.  

¿Y qué idioma se habla? No, porque si digo ya sabe. Francés, inglés, creol, ya vas a ver.  

¿Hasta cuándo actriz? Hasta que la muerte nos separe.  

Su único hijo, José Antonio, ¿alguna vez quiso actuar? En un momento dado, sí. Pienso que tal vez no tuvo un llamado tan fuerte porque si lo hubiera tenido, se habría vuelto actor. Finalmente se volvió financiero.  

¿Qué edad tiene? Tiene 32 años. Ya él me regaña a mí. Ya los papeles se invirtieron. Cuando salimos de la casa que yo vendí, me dijo: «Tú ya mandaste durante muchos años, ahora voy a mandar yo». Al principio me sorprendí un poco y luego, con la cantidad de energía que uno gasta mandando y organizando, me dije: «Perfecto, ya mandé, yo ya fui mamá y papá al mismo tiempo, yo ya no quiero seguir en ese rol».  

¿Cuánto hace que su hijo manda? Desde hace un año, cuando vendí mi casa en Rosales. Después nos metimos a comprar otros dos apartamentos, que los estamos vendiendo. En un momento dado él sintió una responsabilidad como hijo conmigo de qué iba a pasar más adelante durante mi edad avanzada. Y pues yo lo dejé actuar y lo dejé organizar y lo dejé maniobrar las finanzas. Y bueno, obtuvimos buenos resultados. Realmente yo no me iba a poner a pensar en esas cosas.  

¿En cuántos apartamentos ha vivido?  En los dos últimos años como en cuatro apartamentos. (Risas.) Eso tiene su ventaja, porque me he desprendido de muchas cosas del pasado que estaban por allá guardadas. Un día regalé una cama que yo tenía ahí de mi matrimonio anterior, a una señora que llevaba un año durmiendo en el piso. Eso no se me olvida jamás. ¿Qué hacía yo con esa cama guardada? Mudarse es bueno.   

Para Laura ¿qué es el dinero? El vil metal. Como decía el maestro Shakespeare: «El estiércol del diablo». Es lo que hace que la gente se mate, es lo que hace despertar la codicia, la envidia, los celos. Entonces, a don dinero hay que tenerlo en su sitio.  

¿De joven qué le daba miedo? Solo las cucarachas. A mí no me importaba estar sola, no me importaba dormir en la oscuridad. No, no me daba miedo nada, solamente las cucarachas.  

¿Y hoy a qué le teme? Súbitamente me empezó a dar miedo el avión. Es muy extraño, me empezó hace como un año. Siento angustia, siento temor, a veces hasta hiperventilo un poquito. Me toca conversar mucho para no darme cuenta de que estoy volando. También le tengo miedo y hartera a volverme un mueble para la familia que mueve de aquí a allá, eso me parece terrible. Claro que si llego a eso ya no me voy a dar cuenta, entonces no importa, el problema es para los demás. (Se ríe con sorna.)  

¿Sueña actuando? Sí, pero tengo pesadillas también, que se me olvida la letra, o que entro al escenario a hacer una obra y no era esa la obra sino era otra.  

Laura, un consejo para la gente que quiere actuar. El consejo de Stanislavski: «Nunca te ames a ti mismo en el arte, sino al arte en ti mismo». No hacerlo por complacer su ego, ni por verse bonito… El ego a un artista lo puede matar, lo puede consumir. Una actriz que necesite siempre estarse viendo bella no es una artista integral.  

¿Le hacen falta los aplausos del teatro? A mí lo que me hace falta es la dinámica del teatro: el ensayo, la prueba, el acierto, el error. Eso me gusta. La parte artesanal de la actuación. 

 

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Fotos: David Schwarz/Archivo