«Helenita Vargas cantaba con los ovarios» Alí Humar

*/Así dijo su gran amigo, al explicar por qué ella era única./*
«Helenita Vargas cantaba con los ovarios» Alí Humar

La de Helenita es una historia de amor. Desde que tuvo uso de razón, esta mujer se enamoró perdidamente de la música y de la idea de ser cantante. Después conoció el amor carnal, el humano, el egoísta, el de un hombre que la llenó de infelicidad y de un dolor que solo había conocido en las letras de las rancheras y boleros que empezó a desgarrar aun antes de saber leer. Y sería ese amor desenfrenado por la música el que la salvó del infierno que vivía al lado de un hombre que creía era el  amor de su vida y la llevó, al fin, a cumplir su sueño de ser cantante. Por el camino también conocería otras versiones del amor, humano también, pero este sí desinteresado, incondicional: el de su hija y el de su segundo esposo, que sería su cómplice, su adoración.

Así fue la vida, hasta ahora desconocida, de Sofía Helena Vargas Marulanda, una lucha constante por defender su derecho a amar, a ser ella, a cantar. Porque la Helenita que conoció el público fue la mujer arrolladora, teatral y apasionada que interpretaba la música popular como una arrabalera de verdad, así ella hubiera nacido y crecido en cuna de oro. La Helenita que se subía al escenario se mostraba vanidosa y perfeccionista, con una cabellera coqueta, vestida de lentejuelas, tacones altos, cejas delineadas, boca y uñas muy rojas y siempre bien pintadas. La Helenita pública era amiga de expresidentes, políticos y empresarios, pero adoraba, por sobre todo, al pueblo, el que esperaba horas en una plaza para verla y aplaudirla.

Pero antes de llegar a los escenarios y consagrarse como la reina de las rancheras, Helenita tuvo que enfrentarse a una sociedad pacata y conservadora que no aceptaba que una mujer de «alta sociedad» cantara música popular, bebiera aguardiente y se casara a escondidas con el papá de su mejor amiga, que le doblaba la edad, para luego separarse e irse con otro hombre.

Apartes de esa vida azarosa sirvieron de base para crear la serie La Ronca de oro que emite el Canal Caracol y que fue producida por CMO. Basada en hechos reales, el producto final tiene una gran dosis de ficción, según el director, Klych López. Detrás de las imágenes que cada noche ven los televidentes hubo una investigación periodística (a cargo de Ximena Ospina) y documental, que contó con el apoyo de la familia. De hecho, la idea surgió de Pilar Ibarra, la hija única de Helenita, y de los amigos de la artista.

El resultado es una serie que, según Pilar, captó la esencia y la personalidad de su mamá, su amor por la música, sus pasiones y la entrega a su público. Pilar aclara que la vida de Helenita no fue tan trágica como lo muestra la serie, aunque sí tuvo que soportar la oposición dentro de su familia, sobre todo de un par de hermanos y de su mamá, a la idea de ser cantante, y los maltratos en su primer matrimonio. Los productores, entre tanto, admiten que los rasgos de los personajes fueron exacerbados para ofrecerle más dramatismo al televidente. Tanto los productores como Pilar aseveran que la serie no pretende ser una biografía ni un documental.

 

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En mayo de 1984 Helenita tuvo su primera participación en una novela. Fue en Pero sigo siendo el rey. Una década después aparecería en Tabú y más adelante en La Caponera.

 

Hizo lo que quiso

Lo cierto es que la vida de esta mujer, nacida en Cali en 1934, en un hogar que la colmó de comodidades, sí estuvo marcada por el deseo de hacer su voluntad sin importar las reglas que imponía la sociedad de aquel momento. Su mamá, doña Susana Marulanda, conservadora y muy religiosa, impuso una disciplina de hierro en su casa, ubicada en el barrio Santa Rosa, y aunque gustaba del tango, no veía bien que la sexta de sus hijos, con apenas cinco añitos, cantara rancheras bajo un kiosko de la finca junto a un trabajador que tocaba la guitarra.

Pero la personalidad de Helenita estaba muy clara desde aquella edad. Siempre supo que quería cantar y por eso su experiencia con las matemáticas, los libros y la academia fue más bien accidentada. Cumpliendo con la costumbre de la época, fue a parar al internado del colegio María Auxiliadora de las hermanas salesianas en Bogotá. Incluso allí, cuando subía a cantar en cuanto evento había, ya se había puesto el nombre de Rosita Linares. Con varios años perdidos y aprovechando la fatídica noticia de la muerte de su hermano más querido, Alberto, la pequeña artista regresó a Cali sin haber terminado cuarto de bachillerato.

Ya corría 1948 cuando sus padres decidieron matricularla en el Conservatorio y en el Instituto Popular de Cultura, pero de allí la echaron a los pocos días porque Helenita se negaba a leer partituras, según recuerda su hermana más cercana, Alicia, quien decidió quedarse en el internado vistiendo hábitos por más de 50 años. «Ella la música la leía a oído».

 

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Para su interpretación de Helenita, la actriz Majida Issa echó mano de los siete años que vivió en México y de un par de veces que cantó en teatro.

 

Por esa época Helenita se dio a conocer en la alta sociedad caleña. Siempre que podía, cargaba la guitarra y cantaba en las reuniones, incluso alcanzó a dar un par de serenatas a sus amigos, pero fue tal vez su participación en el Concurso Nacional de Belleza, en 1951, lo que la hizo aún más popular. Ya había recibido la bendición de su gran ídolo, Agustín Lara, en el Hotel Alférez, así que concursar por ser la Señorita Cali solo le sirvió, como ella misma lo contó después, para darse cuenta de que el público la quería.

En su camino a ser estrella, Helenita se tropezó con su primer amor, Hernán Ibarra, un importante político y abogado brillante que trabajó al lado de Jorge Eliécer Gaitán. Algunos dicen que la niña, de apenas 17 años, se enamoró de este hombre a pesar de que la doblaba en edad; otros sostienen que optó por volarse con él buscando zafarse de las imposiciones de su mamá. Lo cierto es que el 28 de diciembre de 1951, en la Iglesia San Fernando y con papeles que el abogado falsificó para que ella cumpliera el requisito de los 21 años, se casaron a escondidas.

 

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Ana María Estupiñán, una actriz de 21 años, fue la elegida para interpretar a Helenita en la primera etapa de su vida. Sin ser cantante, se preparó en técnica vocal con su padre, que sí estudió música.

 

Así empezaron los seis años más duros de Helenita. El escándalo fue comidilla de toda la ciudad. Su familia la censuró y, desde la misma luna de miel, descubrió que su marido era maltratador y mujeriego. Después de varios abortos involuntarios, se armó de valor para devolverse a la casa de sus padres estando embarazada. El ambiente no fue el mejor, pero solo la felicidad por la grabación de su primer disco en Medellín y el nacimiento de Pilar, la llenaron de valor para soportar la avalancha de críticas y la descalificación de su mamá.

Su vida empezó a cambiar: ese primer acetato, bajo el Sello Vergara, con las canciones Prisma de ilusión y Espejito compañero, tuvo éxito y por esos días conoció al amor de su vida, Gonzalo Zafra, un médico apuesto, de familia muy prestante, pero con una marca que Helenita también tenía: era separado. Por eso decidieron huir hacia Bogotá, convencidos de que allí podrían vivir su amor, lejos de la censura de la sociedad caleña. A los pocos años regresaron y se insertaron en la vida de la ciudad.

La historia de amor fue casi de novela. Compartían su gusto por la música; él se inclinaba por la salsa y el jazz, ella por el tango y el bolero; los dos eran bohemios. No solo se amaron, sino que él se convirtió en el compañero ideal para que Helenita siguiera su sueño de ser cantante. En 1968 Sonolux, a la caza de nuevos talentos, la buscó para grabar. El sencillo Estoy enamorada le hizo ganar al año siguiente su primer disco de oro y el mote que la distinguiría por siempre: La ronca de oro.

A partir de ese momento fue imparable. «A ella le gustaba el tango, pero sus productores descubrieron su conexión con la música ranchera y arrabalera y su fuerza en el escenario y la enrutaron por ahí. Helenita fue construyendo su estilo», recuerda Luis Guillermo Restrepo, uno de sus grandes amigos.

El éxito y la fama solo se vieron empañados por la muerte de su padre y por la censura que aún había en parte de la sociedad caleña porque Helenita y Gonzalo nunca se casaron.

Las siguientes tres décadas serían su época dorada. A pesar de las críticas por su estilo, por no tener una gran voz y por los constantes rumores de sostener amoríos con todo tipo de personajes públicos, desde expresidentes, políticos, hasta sus mánagers, Helenita fue la reina indestronable de la ranchera. El público la amó sin reservas y ella se pavoneó feliz por el mundo con sus lentejuelas y su cabellera coqueta llevando la música popular a su más alta expresión.

 

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 Más de quince discos de oro recibió Helenita en 40 años de carrera artística. A la derecha, don Hernán Restrepo, gran impulsor de La ronca de oro.

 

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Con su gran amor, Gonzalo Zafra, su segundo esposo y su cómplice en la música.

 

Y los mariachis callaron

«Helenita cantaba con los ovarios», dijo en cierto momento Alí Humar, otro de sus entrañables amigos, para tratar de explicar por qué ella era única. Solo así se entiende que con esa teatralidad exagerada conmoviera por igual a hombres y mujeres, a jóvenes y viejos, a ricos y pobres. Era tal su pasión por cantar, que solo la cirrosis y un trasplante de hígado la alejaron de los escenarios durante dos años. No dejó de grabar ni de ganar discos de oro –cosechó más de 15 en 40 años de vida artística– ni siquiera después de la muerte de su esposo.

De hecho, pocos días después de la devastadora noticia, lanzó una nueva producción titulada Qué pena que te vas. «Durante la grabación del disco, Helenita lloraba constantemente, especialmente cuando cantaba Volverás a mí, de Jorge Villamil. En un principio el disco iba a llamarse Liberada, pero se cambió porque Qué pena que te vas era la canción preferida de Chalito y le había pedido a Kike Fernández, el director musical, que le metiera un sonido de saxofón, su instrumento favorito y que él hubiera querido aprender a tocar», contó Ximena Ospina, periodista investigadora de CMO.

Al poco tiempo y como si la vida se encargara de cerrar ciclos, Alicia, la hermana entrañable, la misma con la que compartió el internado en Bogotá y que decidió quedarse de monja, volvió a vivir con ella a Cali. «Viví con ella 18 años, se preocupaba mucho por mí. Yo pasé muy contenta con ella, somos muy distintas pero nos entendíamos en todo. Yo la cuidé en su enfermedad», recuerda con nostalgia. Helenita dijo que cantaría hasta sus últimos días y lo cumplió. Ya muy enferma, un grupo de amigos decidió grabar un disco en Cali en su honor titulado Entre amigos, y ella, molesta, les reclamó no haberla invitado. Con sus últimas fuerzas, fue al estudio y grabó dos de sus canciones favoritas: Mi huella y el tango Golondrinas. «Hizo una sola interpretación de cada canción y fue tal el alma que le puso que todos lloramos», recuerda Luis Guillermo Restrepo.

A los pocos meses de esa grabación, el 7 de febrero de 2011, murió cumpliendo la frase premonitoria que algún día sentenció: «Quiero que mi epitafio sea “y los mariachis callaron”».