«Dejé el botox hace mucho tiempo» Paola Turbay

Paola habla por primera vez de su apellido Turbay, de por qué no la dejaron ganar en Miss Universo y de los cortejos del Tino Asprilla desde Parma. Sigue siendo una bomba.
«Dejé el botox hace mucho tiempo» Paola Turbay

Tan pronto la veo con su vestidito rojo de pliegues y una falda escasa muy transparente, me mira y avanza no sólo con sus altos tacones crema, sino también con sus ojos, con sus labios, con sus manos, con todo su cuerpo, con el eco de sus palabras. La veo y la oigo y se me pega en la cara un pedazo de página de Scott Fitzgerald, donde parece que la describiera: «Una chica debe ser la delicadeza en persona. Si resplandece como un millón de dólares, puede hablar de Rusia, de ping-pong o de la Sociedad de Naciones, y quedar estupendamente». Así habla Paola mientras juega con la cámara.

Las historias de Mafe Uricoechea, los chistes de Adriana Casas o las colombinas de Lina de Brigard no sé si se fueron definitivamente «a la caneca». Así se llamaba el inventario de cosas para el olvido del libro de la promoción del 88 del Gimnasio Femenino; pero lo que sí está claro es que «El show de Paola Turbay», como quedó impreso en aquella lista, 26 años después sigue dando de qué hablar. Eso sí, ya sin el horrendo copete Alf de colegiala.

La sesión fotográfica comenzó muy temprano. A las siete de la mañana un secador frente a un espejo se obsesiona con varios mechones de pelo. Los trajes cuelgan en el vestier por orden de estatura, pero al revés, primero los largos y después los cortos. El fotógrafo, con la paciencia de un relojero, cuadra la luz. El videógrafo ensaya unos vuelos con su cámara mientras alguien de producción siembra, con su iPod, cumbia electrónica en un miniparlante Bose. En medio de paredes muy altas y blancas, todo está listo para que ella se vista de luces y salga a hacer su faena de mujer matadora.

Quedamos de vernos al final de la tarde para hablar con calma y tomarnos un trago en su casa.

Mientras busco la dirección, me hace eco la advertencia de Paola: «El edificio más chichi, el más pequeñito, ese es el mío. No el más grande». Ahora entro en su otro plató, el familiar, ya sin luces ni fotógrafo. Nos recibe con su rol de madre, la Paola que me presenta a su hija, Sofía, con unas amigas, la que le pregunta dónde le dejó la chaqueta prestada; la Paola que me muestra orgullosa las reformas modernas en su viejo apartamento; la que le cierra la puerta del cuarto a su hijo, Emilio, para que no se despierte con la visita; la que ofrece sin éxito té y croissant; la que nos muestra su retrato de bebé, como se ven iguales todos los bebés en blanco y negro, que heredó de su abuela; la que manda servir dos whiskys en las rocas y le hace caso a su marido, Alejandro Estrada, quien desde lejos, a mis espaldas, le gesticula para que hale la cadenita y prenda la luz de la lámpara sobre la mesa, en medio de una terraza cubierta que adquiere más color y vida a medida que el cielo se muere en su negrura.

 

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Antes le preguntaban a cualquier Turbay si era Turbay de los del presidente Turbay. Ahora preguntan "¿usted es Turbay de los de la reina?”. Ese era el chiste de mi tío Julio César.»

Vestido: Leah

 

Primer Whisky

Este sitio está genial. ¡Salud! (chocan los vasos en las rocas) Pero,  ¿tú nunca me has entrevistado?

No. Nunca. ¿No has tenido ese placer? (Enfatiza lo que dice abriendo mucho sus ojos verdes aguapanela, como ella misma los describe).

¿Tiene doble nombre? No, toda la vida dijeron que era Diana Paola, pero no. Only Paola.

¿Hace cuánto dejó de decir su edad? Nunca, yo estoy súper orgullosa de mi edad. Mmmm... Es que se me olvida. Son 43 años. Ni siquiera me acuerdo, te lo juro. A mí la edad no me importa, uno es lo que aparenta, hay ancianas de 43 y culicagadas también de 43.

¿Su mamá nunca quiso ser actriz, como usted? ¿Mi mamá? No, sufre de pena, no sería capaz, lo máximo que hizo fue tocar el cuatro, pero no. Mi papá sí hubiera podido ser, él es artista, también toca piano, canta, hace de todo, es un «showman», un personaje, lo tienes que conocer.

¿La vena artística le viene de su papá? Sí. Y de mi mamá, la cordura.

Una parte fea suya. A veces puedo ser muy efervescente a la hora de la ira. Cuando exploto, exploto y los ojos se me ponen azules y me transformo y la gente que me conoce dice: «¡Cuidado!».

¿Cuándo se dio cuenta de que era bonita? Pues a mí me decían que era bonita, menos mis papás. En la calle me paraban porque era morenita ojiazul. Por ahí a los cinco años me cambiaron los ojos, se volvieron más verdosos, pero antes eran azul intenso.

¿A qué edad la paraban por la calle? Chiquita y, sobre todo, en donde vivíamos nosotros, en Houston, Texas, porque les parecía muy exótica. Cuando llegué a Colombia, me decían que era bonita pero yo nunca, nunca me sentí bonita porque, creciendo en Estados Unidos, las bonitas eran las monas ojiazules, no las morenitas ojiclaras.

¿En Estados Unidos cuánto estuvo? Mis primeros once años. Yo nací allá, soy un paquete chileno.

¿Dónde nació? En Houston. Mis papás se casaron y se fueron a Houston a especializarse. Y en esas nací yo. Dentro de sus planes no estaba quedarse en Estados Unidos, no más especializarse y devolverse, pero cuando uno sale es difícil saber dónde va a terminar. Mi papá es matemático y lo invitaron a ser profesor de investigación en otras ciudades. Mi mamá también se fue quedando. Después de once años, cayeron en cuenta de que ese no era el objetivo inicial y decidieron devolverse. Justamente es lo mismo que hice yo ahora con mis hijos y mi esposo. Después de trece años entre Miami y Los Ángeles, nos devolvimos porque es importante que la familia esté en Colombia, que tenga raíces.

¿Qué quería ser cuando grande? ¡Artista de Broadway! A mí los musicales me encantaban. Yo llegaba todos los días de mi vida a ver Man of La Mancha, que es una película de Peter O’Toole y Sophia Loren. Me la sabía de memoria. Toda la vida bailé, fui gimnasta, toqué piano, canté en el coro. Siempre fui muy musical y artista. Me soñaba... ¿sabes con qué? Con ser artista buscándome la vida en Nueva York. La idea era irme, pero en ese entonces mis papás tuvieron una relación complicada y, como yo soy la mayor, única mujer, entonces me sentía culpable de dejar a mamá sola.

¿Sus papás se separaron? Sí, finalmente se separaron, casi que no (resopla y se ríe), me tocó separarlos. Pero estaba de por medio la responsabilidad de ser la hija mayor y yo no podía dejar a mi mamá. Mi papá era supremamente estricto, me cuidaba mucho y, pues, no había posibilidad de que yo me pudiera ir. Estamos hablando de otra época, finales de los ochenta. Hoy en día la gente empaca y se va. De pronto me faltaron cojones para irme. De pronto mi vida sería distinta, no sé si sería mejor o peor. Lo cierto es que me quedé en Colombia y arranqué a estudiar Psicología.

 

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Paola junto a Jairo Dueñas, director Revista Cromos

«Yo en Los Ángeles me volví relajada de zapato plano. Aquí me pongo tacones cuando siento que tengo que cumplir con las expectativas, porque la gente tiene el imaginario de que Paola es divina, perfecta y alta.»

Vestido: Leal Daccarett

 

 

¿Cómo fue su infancia en Estados Unidos? Era crecer en los setenta,  la época de la marihuana, entonces, claro, teníamos fama de marimberos. Y éramos los únicos colombianos, los únicos latinos viviendo en barrios de estadounidenses. El tercer lugar donde vivimos fue Iowa, en la capital, Des Moines, en la mitad de los Estados Unidos, o sea el corazón del gringo auténtico, y nosotros éramos los únicos colombianos y latinos. Había niños a los que no los dejaban meterse conmigo.

Un recuerdo jarto con los gringos. Había un día internacional y todo el mundo tenía que llevar comida de algún lugar del mundo. Entonces yo le dije a mi mamá que me hiciera un flan de caramelo. Todo el mundo con su comida india, italiana, de todas partes, y llego yo con mis nueve años,  mi flan y una banderita de Colombia. Y todo el mundo probaba el pollo frito del otro, el arroz de allá y nadie probaba mi flan. Y se me acerca una niña, que se llamaba Heather, la hija de la profesora de matemáticas,  y me dice: «¿Sabes por qué nadie quiere probar tu postre? Porque dicen que si es de Colombia, está hecho con marihuana». Yo ni sabía qué era la marihuana. Al día siguiente,  pasa un vecino en bicicleta  gritándonos «¡Marihuaneros, marihuaneros!». Y mi mamá cogió la manguera y ¡pshhh!, le disparó agua a presión, ella que era tan puestecita en su lugar. Yo quedé en shock. Fue un momento de desahogo por  la acumulación de cosas, por ser discriminados.

¿Cuántos hermanos tiene? Tres menores, todos hombres. Juan Gabriel, que es músico. Es el que me sigue. Después de diez años, tengo dos más, que son Nicolás y Felipe. Yo soy la mayor y la única mujer. Soy la segunda madre de mis hermanos. Mi mamá dice: «Por favor, diles que hagan tal y tal cosa». Hicieron su Edipo conmigo.

Hija de un papá matemático, Gabriel Turbay, y una mamá fonoaudióloga, Helena Gómez. ¿Cuál influyó más en usted? Yo toda la vida pensé que mi mamá, pero cada vez que les hablo a mis hijos oigo a mi papá. Además, oigo todas aquellas cosas que algún día le juré que nunca les iba a decir a mis hijos. Las cosas del controlador, porque yo soy controladora por naturaleza. Pendejadas como cuando Sofía pide permiso hasta la una y se está hasta la una y media y yo le digo: «Después de la una, una niña decente no tiene nada que hacer en la calle».

Descríbame a su mamá. Nunca tuvo vida como esas mamás que tienen vida social y se van por la tarde… No, para ella era su familia y su trabajo. Punto. Y yo soy muy así. Mi papá es de los que se levanta a las dos de la mañana a trabajar porque se le ocurrió resolver un teorema que, no sé hace cuantos años, viene resolviendo. Él en Estados Unidos es considerado cerebro fugado, trabaja en lo mismo que trabaja John Nash, Premio Nobel: en ecuaciones que la gente no entiende y son la base de la economía. 

¿Qué edad tiene? Tiene 65.

¿Dónde está? En Bogotá. Trabaja en investigación, solo investigación.

¿Y  su mamá? Está en Miami. Ella es terapeuta de lenguaje, tiene un doctorado en educación especial. Toda la vida tuvo colegios para niños con problemas de aprendizaje. Se fue a Estados Unidos cuando yo me fui y, en un viaje de esos, en 2001, le quité el pasaporte, no la dejé devolverse. Pensamos los hijos que era lo más sano para esa relación y allá se quedó. Ellos ya se iban a separar, entonces les ayudamos en el proceso porque lo habían dicho mil veces y no terminaban cumpliendo. Le quité el pasaporte para facilitarle la decisión. Es lo mejor que les pudo pasar. Era enfermizo el amor que se tenían, era muy conflictivo.

 

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«Una de mis fortalezas es la piel. Cualquier persona que me toca, le parece que mi piel es muy suave y que es distinta, y me gusta.»

Vestido: Leal Daccarett

 

 

La culpa la tuvo Pablo

¿Por qué hay la sensación de que quiere desligarse un poco de su pasado de reina, que el tema le aburre? Pues es que no puede ser el único tema que uno tiene. No hay una sola entrevista que me hayan hecho en los últimos 22 años, más de la mitad de mi vida, que no arranque con el reinado.

Le gusta más que hoy hablen de la Paola actriz. A mí me gusta que hablen de lo que quieran. No vayas a pensar que me molesta hablar de mi etapa de reina... Si quieren yo sigo hablando (suelta una risa corta y diplomática).

En mayo de 1992, en Miss Universo casi es la mujer más hermosa. ¿Qué queda de eso? ¡El título de segundona! ¿Qué queda? La felicidad, Colombia en una época era de fútbol y de reinas. Uno hacía vibrar al país con esa emoción. Es gratificante saber que el país entero se paralizaba viendo Miss Universo, Miss Colombia y el Mundial de Fútbol. Era época de apagón y la luz llegó cuando yo quedé entre las siete, justo en el momento en que me llamaban a mí.

Y ganó Namibia. Ganó Namibia.

¿Por qué cree que no ganó? Porque no era conveniente. Yo no llegué a contar eso porque no iba a llegar como una mala perdedora, pero esa noche el presidente de Miss Universo les dijo a mis papás: «Miren, si esto hubiera sido un año antes, la reina era Paola, pero este año infortunadamente no puede ser». Después, cuando vinieron a Colombia con la Miss Universo, y hablaron con doña Tera, le dijeron: «Mire, con el dolor en el alma no pudimos permitir que fuera Paola, porque no podíamos llevar a una Miss Universo ante todo el mundo a que la bombardearan con preguntas de Pablo Escobar y del narcotráfico. O arreglan la situación del país o no va a haber una Miss Colombia que sea Miss Universo». Ese era el año que Pablo Escobar daba que hablar en su cárcel de La Catedral.

Su hija Sofía tiene 17 años. ¿La dejaría ir a un reinado? Si ella quisiera, sí, pero no creo que quiera. En su momento le pareció interesante que su mamá hubiera sido reina, pero igual ella, por su personalidad, es para estar detrás de cámaras como productora o directora.

Después de actuar en Los Ángeles y venir a actuar aquí. ¿Se vuelve pequeño el escenario? Es distinto... Es mejor allá.

Es más visible. No solo por eso. En términos de actores hay unos maravillosos, pero los canales aquí siguen pegados de escoger gente famosa y no casarse de pronto con el actor de escuela. Acá apuestan más a la celebridad, entonces dentro de un elenco encuentra uno grandes actores, pero también encuentra gente que no tiene tantas herramientas. Eso no permite que el nivel sea óptimo. En Los Ángeles hasta el extra es profesional.

El gran consejo, como para poner en un altar, ¿de quién vino? Para mí el más importante es uno de Stella Adler, que era una profesora estadounidense de interpretación. Ella decía: «Its not about the word, its about the life». Básicamente, la frase pone a la vida por encima de las palabras, porque hay gente que se pega de la letra, que memoriza letra y desembucha letra, y no hace más.

¿De dónde sale el arrebato de irse a Estados Unidos? Alejandro montó por el 99 una compañía de producción de contenido de Internet, y una compañía de Nueva York, que estaba en la bolsa de Nueva York, la compró y él quedó como director operativo, y montaron una superempresa en Miami. Me fui para allá por él. Pensé en aprovechar el momento, esta ruptura. Me desaparezco y nace Emilio.

Igual la veíamos por aquí. Yo seguía trabajando en Colombia, iba y venía. Hice después la comedia Noticias calientes. Ahí fue cuando empecé a estudiar realmente teatro, y entré a hacer un programa en The Acting Studio, en Florida. Alcancé a estudiar, no sé, como dos años y medio. Luego vine a hacer Luciana... Pensé que estratégicamente sería bueno hacer una producción en Colombia que saliera en Telemundo o Univisión, porque también yo iba a representar a cierto público latino. Fue entonces cuando ya empecé a explorar en Los Ángeles, porque era el boom de latinas. Hice una cita y me salieron diez mil, y tenía a todas las agencias diciéndome: «Ya, queremos trabajar contigo». Pero querían que estuviera en Los Ángeles.

¿Con quién firma finalmente? Firmé con una agencia que se llama William Morris, con oficinas en Miami y Los Ángeles, entonces era muy fácil para ellos manejarme desde Miami. Yo era la cuota latina de William Morris.

 

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«Yo no le invierto un segundo de mi vida a la infelicidad, si no estoy contenta donde estoy, me voy.»

Vestido: La Cotoure Maison

 

Segundo whisky

¿Le gustan los espejos? No me importan. ¿Sabes cuántas veces me peino? ¿Cuántas veces estoy pensando cómo me veo? Antier le decía a Alejandro: «¿Sabes cuántas veces me miro al espejo en el día?». Creo que dos veces, por la mañana y por la noche, cuando me lavo los dientes.

¿Cuándo comenzó todo a conspirar para que fuera una actriz? El caso es que llega el 2007 y mi agencia, William Morris, dice: «Bueno, este año vamos a hacer el crossover de dos latinas, fulana de tal y Paola Turbay». No me acuerdo quién era la otra, y me empiezan a mandar todos los libretos de los programas y yo, cual inexperta, decía: «Este me gusta, este no, este sí, este no».  Y ellos eran aterrados y decían: «Deberías ir a todos». Hoy en día ya no hago eso, ya uno tiene otras estrategias. Llego a Los Ángeles, me bajo del avión, y al día siguiente tengo mi audición de Cane.   Me veía muy joven para el personaje, pero me vio Nina Tassler, que es una de las presidentes de CBS, y dijo: «Esta es, no importa, cambien la historia, digan que ella quedó preñada a los dieciseis  años, pero esta es».

Ahí ya decide irse Los Ángeles. Con Cane, porque además era el show más grande de la temporada. O sea, mi cara estaba en Times Square, gigante, en todos los buses, yo no me lo esperaba. El protagonista era Jimmy Smits y sí, también yo, pero pues no pensé que fuera a ser tan importante. Era la locura.

Con cabeza fría, ¿por qué cree que logró ese papel? A mi modo de ver, tener un papel es tan sencillo como que uno entra al cuarto de audición donde están los productores, directores, guionistas, y ellos tienen un imaginario en la cabeza. Si uno entra y sincroniza y es compatible con ese imaginario, no importa si la audición es buena o mala, te ven y dicen: «Este es el personaje»,  es así de sencillo. Mira, en mis peores audiciones me he ganado el papel de una. Lo tengo clarísimo.

¿Cuántas audiciones ha hecho? Yo creo que he hecho doscientas audiciones, no tengo idea, tendría que mirar a ver cuántas. En temporada de pilotos puedo presentar cuarenta audiciones en mes y medio. Hay días que puedo presentar tres audiciones. La otra vez, por la mañana era una prostituta, al medio día era un ama de casa y por la tarde era una detective.

¿Cuánto kilometraje lleva como actriz? Yo tengo años de experiencia, aunque como actriz solo diez. La gente sabe que yo llevo toda una vida frente a las cámaras y que sé manejar lo que sea. Yo soluciono problemas de sonido, de luz, de vestuario. En Los Ángeles arman unos rollos porque pasó tal cosa, yo lo soluciono en un segundo, y son aterrados porque uno acá en Colombia aprende con las uñas.

 

¡Adiós bótox!

¿Lo más sexi de Paola? Una de mis fortalezas es la piel. A cualquier persona que me toca, le parece que mi piel es muy suave y que es distinta, y me gusta, me parece que la piel respira y que tiene un aire muy seductor.

¿Le gustan el bótox y la champaña? La champaña me encanta. Bótox no me pongo hace mucho tiempo, pero pienso que bien manejado se ve bien.

¿Por qué dejó el bótox? Por mis personajes, porque para mí es importante tener expresión, no me importa verme bonita sino en personaje.

En febrero  pasó la temporada de pilotos. ¿Cómo le fue? Nunca me había ido tan mal. Yo creo que es porque me corté el pelo, claro que no vayas a decir eso (se ríe), me lo aclaré, y ellos quieren ver es a la latina pelioscura. Igual tampoco quería que me saliera nada. Si me sale algo ahora, se me enreda la vida. A mí me tiene que salir algo en año y medio, cuando cumpla el proceso de colombianizar a mis hijos. Fui simplemente para que vean que sigo, porque si no lo ven a uno, lo sacan de la lista.

Tacón alto, ¿para qué? Y bajo, ¿cuándo? Yo en Los Ángeles me volví relajada, de zapato plano. Aquí me he dado cuenta de que me pongo tacones cuando siento que tengo que cumplir con las expectativas (risotada), porque la gente tiene el imaginario de que Paola es divina, perfecta y alta.

Su gran orgullo como actriz. Mi gran logro fue Cane porque yo sabía que, si aquí en Colombia me daban los papeles por lo que represento, en Estados Unidos nadie sabía quién era yo. Ganarme el papel del programa más importante de una temporada era como decir «sí tengo los meritos».  Solo desde ese momento empecé a decir que era actriz.

¿Y True Blood? Me habían llamado para otra temporada y no había podido por otro personaje que estaba haciendo. Y pensé que iba a ser mi última oportunidad en ese show, aclamado por la crítica. Allan Ball, el creador, está encima de todo, escribió American Beauty. Yo dije: «Hasta aquí fue, no me va a volver a salir esta oportunidad». Y a las dos temporadas me volvieron a llamar para otro personaje de tres episodios, y les gustó tanto que me metieron a todos los episodios de la temporada. Era una bruja en la época de la inquisición. También cuenta mucho el trabajo de Royal Pains. En la segunda temporada eran dos episodios, pero con la primera escena reescribieron la siguiente para poder dejar las puertas abiertas y ya llevo tres temporadas con ellos.

¿Hay algo que le guste hoy más que actuar? No. (Los labios se le curvan hacia abajo).

¿Y por qué esa cara triste? Porque no me imagino haciendo otra cosa, porque ahorita he tenido un paréntesis en la vida. Yo tengo que entender el momento en el que estoy y tengo que buscar la paz, aunque ha sido difícil para mí, no creas. Yo me enfrentaba al mejor año de mi vida. Alejandro me decía: «¿Cómo te vas a devolver ahora?». Y yo decía: «Si no voy, voy a ser fracasada como mamá toda la vida, y yo no voy a poder vivir con esa culpa». Alejandra Azcárate me decía: «Pero es que tú ya sabes a lo que te vas a enfrentar, la gente va a decir que no fuiste capaz en Los Ángeles». Me vale cinco lo que digan. Vivir en paz es no tener deudas, y hubiera quedado con esa deuda como mamá si no les doy raíces colombianas a mis hijos.

Después de este paréntesis con el fin de colombianizar a sus hijos, ¿hasta donde quiere llegar como actriz? Yo sí quisiera hacer Broadway. Quisiera hacer un musical, hasta pensé en traer uno a Colombia. Hay cosas que tengo que hacer mientras estoy acá. Pero cuando pase esta temporada en Colombia, creo que seguimos a Nueva York o a Los Ángeles. Puede que haga el musical cuando vuelva a estar mucho más cerca, puede que lo haga, pero no he descartado la posibilidad de hacer algo acá. Todavía me queda año y medio.

¿Le hubiera gustado comenzar más temprano en la actuación? Aunque me hubiera encantado actuar desde que salí del colegio, yo siento que si hubiera empezado en esa época, tendría un gran vacío familiar. Siento que de pronto me habría esclavizado con el trabajo y no habría dejado un espacio para los míos. Tampoco habría conocido a Alejandro, estaría de pronto con un Álex o quién sabe con quién. (Suelta una carcajada).

¿Cuánto lleva casada? Voy a cumplir veinte años este 2014.

¿Cómo resume su temporada esos veinte años? Súper, una vez Alejandro me dijo: «No te veo muy feliz», y le dije: «No te preocupes, el día que yo no esté feliz, no voy a estar aquí». Yo no le invierto un segundo de mi vida a la infelicidad, si no estoy contenta donde estoy, me voy.

¿Habría podido vivir soltera y sin hijos? Yo puedo hacer lo que sea, pero no, yo creo que era importante en mi vida, porque para mí el concepto de familia es muy importante, es el polo a tierra.

 

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«En Los Ángeles hay días que puedo presentar tres audiciones. La otra vez,  por la mañana era una prostituta, al medio día era un ama de casa y por la tarde era una detective.»

Vestido: Leal Daccarett

 

 

Tercer whisky

Hablemos de otros lazos familiares. ¿El expresidente Julio César Turbay Ayala tenía que ver con usted o era puro cuento?                                                                                                                                                                                                  No, no, era hermano de mi abuelo, y la familia era muy unida. Cuando yo volví, él era Presidente de la República, y yo era la que le echaba los chistes que inventaban sobre él. Lo mantenía actualizado.

¿Y qué cara hacía el expresidente? Es que cualquier persona inteligente se ríe de las bobadas que dicen sobre ella. Créeme que su autoestima nunca se afectó.

Uno que le gustara mucho. Hay uno verde que no se lo puedo echar.

Uno publicable en CROMOS. Que Julio César Turbay estaba empacando la maleta porque se iba para Rusia, y llama al embajador y le pregunta: «¿Cómo está el clima?», y el embajador le dice: «No, doctor, estamos a cero grados», y Julio César responde: «Ah, buenísimo, ni muy caliente, ni muy frío».

¿Qué tanto le ha servido el apellido Turbay? Me sirve más el Paola. Es más, mi tío Julio César decía: «Antes le preguntaban a cualquier Turbay si era Turbay de los del presidente Turbay. Ahora preguntan: “¿usted es Turbay de los de la reina?”». Ese era el chiste de él.

No hay nadie que no reconozca la voz de Paola, una voz latosa muy particular. ¿Eso fue herencia de los Turbay? Mi mamá, siendo fonoaudióloga, jamás me hizo terapia;  en casa de herrero, azadón de palo. En Estados Unidos las voces son muy nasales y a nadie le parece curiosa mi voz. Nada, yo simplemente no la iba a cambiar. Hay una persona imitándome hace 22 años, o sea algo bueno tiene que tener esa voz. Lo curioso es que hay directores en Los Ángeles que dicen que la voz mía es lo más sexi que han oído en su vida. Uno va madurando, la voz va cambiando y además ahora soy más afónica. Lo mío es un rollo.

¿Lo mío es un rollo? ¿Cómo así? Yo mando todo el estrés a la nuca, y resulta que una cuerda vocal mía tiene un pliegue y, al tensarse la nuca, se tensa el pliegue, y por eso duré tres meses sin voz en Bogotá. A mí me ha pegado durísimo el regreso a Bogotá, no a Colombia sino a Bogotá, porque si viviera en Medellín sería otro cuento. Bogotá es una ciudad difícil y me cuesta mucho trabajo digerir sus problemas, la falta de civismo, la falta de sentido de pertenencia. O sea, yo me vine a Colombia para darles a mis hijos sentido de pertenencia, y veo aquí la ausencia de sentido de pertenencia y a mí eso me da durísimo.

¿Le cuesta salir de su casa? Me ha costado muchísimo el regreso, por eso fue que hice esto (abre sus brazos como abarcando todos los espacios de su casa), para no tener que salir nunca.Tengo huerta, tengo tomate, lechuga, arvejas, habichuela, hierbas, tengo jardines colgantes, tengo todo, yo no necesito salir sino al Nogal aquí al lado a hacer ejercicio, no más, no necesito nada. Yo me retiro y voy a ser campesina. La gente se descresta con los tecnólogos cuando los genios son los que saben trabajar la tierra.

Después de todo lo andado, ¿cuál cree que es su don? Creo que es el de la comprensión, el del entendimiento, el de discernir. Yo trato de entender el porqué de las cosas, eso me permite no juzgar, para empezar, y me permite mayor claridad sobre las situaciones. A mí nada me genera agresividad, no hay nadie que yo odie, nada que yo repela.

 

El «Tino» llama dos veces

¿Cómo fue esa relación teléfonica con el «Tino» Asprilla?, ¿dónde lo conoció?                                                                                                                                                                                                               El «Tino» es divino. Yo lo conocí en la Feria de Tuluá, en ese momento él todavía no era internacional.

¿Y usted qué era en ese momento? Yo era Miss Colombia, regia, querida, habladora con el que fuera. Cuando se fue para Europa, empezó a llamarme dizque porque se sentía más cercano a Colombia, y me decía: «Ah, es que vos no entendés, estoy caminando por la calle y te estoy llamando desde mi celular». Cuando aquí  a Colombia no había llegado el celular. Y llamaba y mis hermanitos, imagínate, de ocho y nueve años, diciéndoles a sus amigos que habían hablado con el «Tino» Asprilla. Cuando él dijo que no iba a jugar con la selección Colombia, llamó a mi casa y habló una hora con mi papá, y me decía: «Vea, Colombia le debe a su papá que yo vaya a jugar con la Selección, yo no iba a jugar pero su papá fue el que me convenció». Fue muy chistosa esa relación telefónica.

¿Muy seductor el «Tino»? Es divino, me decía: «Yo ya sé que vos botaste a ese mono marica, ¿por qué no querés ser novia mía?». Le dije: «Tino, usted tiene esposa, usted tiene hijos». Y me dice: «No, yo tengo a la esposa, y la tengo con choferes y muchachas y niñeras y todo pero yo estoy separado, yo soy soltero». Es un personaje.

¿Qué más le decía por el celular? Era la época de sus escándalos, y un día me dice: «Ah, ¿vos por qué hablás tanto conmigo?». Y yo, conversadora a morir, le decía: «Pues, porque usted me llama, Tino». Y él me decía: «Ah, apuesto a que vos tenés un laptop ahí, donde estás apuntando todo». Y yo le respondía: «Vea, fresco, de verdad, lo que hablamos queda aquí entre nosotros y es más, ni siquiera tengo laptop». Entonces llegó a Colombia y me llama y me dice: «Te traje tu laptop, aquí te lo tengo, en el Tequendama te lo dejo». Y yo  le dije: «Yo no voy a pasar por eso».

¿Y no pasó? Nunca lo hice y no me volvió a llamar (sonríe), pero bueno, ahí nos hemos encontrado. Todavía me echa flores.

¿Un capricho constante en su vida? Hay que preguntarle a Alejandro. Tal vez el orden. Alejandro dice que a mí me encanta organizar clósets. Aunque, mira, con los cuarenta uno llega a la edad del «importaculismo», ya uno se empieza a relajar.

¿Algo que la Paola de hoy vea diferente de la Paola juvenil? Yo creo que es un consejo que me dio don Bernardo Saiz, que era un señor de sociedad, un lord. Cuando yo me iba a casar me dijo: «Mire, mijita, yo le voy a dar a usted el secreto del éxito en el matrimonio: no le dé demasiada trascendencia a las cosas en la vida». Creo que yo era muy trascendental.

¿Su joya favorita? Mi joya favorita es mi anillo de matrimonio. Es un diamante que me volvieron a hacer, porque el original se me embolató una vez que tuvimos que salir corriendo de Miami por el huracán Katrina. Eso fue como en 2006. El caso es que un año o dos años después, Alejandro me volvió a pedir la mano y me dio un anillo más grandecito que es este (lo mira y sonríe), y realmente es mi única joya. La actriz Mae West dijo: «Los espectadores me piden más porque nunca les di demasiado, siempre los he dejado con ganas».

¿Usted qué dice? ¿Siempre los he dejado con ganas? ¡No, yo no! Yo los he dejado hastiados (la risa del final).

*** Los ojos de Paola comienzan a salirse de la autopista imaginaria de nuestra conversación. Se desvían por encima de mi hombro derecho. No volteo, pero intuyo que es su marido nervioso, oficiando de coro griego por algo pendiente que se avecina. Ya han pasado más de dos horas y su esposa nada que termina de hablar. Entran en escena los hijos a prender unos candeleros y a acomodar unos floreros. Finalmente, aparece él y, en tono de buen paisa, con matices de impaciencia, dispara: «Me imagino que todo esto no va en dos páginas».

Inmediatamente frena en seco, sonríe y me invita a otro whisky. Paola lo mira, con sus ojos a punto de volverse azules, mientras él le devuelve la mirada con una razón: «Ya van a llegar los invitados a comer y no sé si quieras arreglarte». Volteo a verla y Paola no tiene nada que arreglarse, nada. Viste unas botas militares de tacón plano, unos leggings negros, un buzo blanco, una chaqueta de cuero verde oliva y una sonrisa de tres whiskys.

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Fotos: Juan Arellano

Asistente de fotografía: Andrés Rodríguez

Styling y maquillaje: Franklin Ramos

Producción: Mónica Moreno