“Todos somos lo mismo. Todos vinimos a esta tierra a lidiar con el sufrimiento”: Alejandra Borrero

Después de 40 papeles en televisión y construir su propia casa de artes escénicas, hoy solo quiere dejar de correr.
Alejandra Borrero

Por: Camila Builes / @CamilaLaBuiles    

Fotos: David Schwarz

 

Corrí tanto.

 

He corrido tanto en esta vida que estoy cansada, por eso quiero comenzar a caminar más despacio. No voy a dejar de caminar. Voy a caminar de otra manera. Cuando tenía 20 años no me cabía el alma en el cuerpo, era un ser que quería experimentar, vivir, vibrar. Lo quería todo. Todo lo he tenido. Estoy cansada.

 

¿Quién es Alejandra Borrero? Soy una mujer, una mujer colombiana, y eso habla mucho de mí. Una mujer que ha sufrido de violencia, como todas las mujeres colombianas, como casi todas las mujeres del mundo. ¿Quién soy yo? Soy un ser de amor, eso siempre lo he sabido: tengo el corazón como un potrero, inmenso. Soy un ser que ama mucho. Amo todo, amo duro. Soy muy sensible y eso es maravilloso cuando estoy en la escena, pero a veces es muy doloroso cuando estoy por fuera de ella. Soy una persona optimista que cree que la vida vale la pena y siempre me ha valido la pena, no importa en el momento en el que haya estado. A veces, lo único que uno tiene que hacer es cambiar la actitud de vida, pero a veces el dolor es tan grande que uno no puede seguir. Todos vinimos a esta tierra a lidiar con el sufrimiento.

 

Soy una mujer privilegiada. He cumplido todos los sueños de mi vida. Con todas las inseguridades, con todas las incertidumbres, con toda la falta de autoestima logré tener una casa de teatro. ¿Quién soy yo? Soy una mujer mayor, soy una persona que ha cambiado mucho, que no es la misma de antes y no quiere ser la misma en el futuro.

 

No me arrepiento de lo que he hecho. La vida siempre ha sido generosa conmigo. Pensar que en estos 50 años de guerra yo haya podido sobrevivir actuando, haciendo algo tan sutil como ser actriz, para mí es increíble y hermoso.

 

Soy la hija de mi madre, de mi padre, de mi familia.

 

 ¿Quién soy yo? Soy todo.

 

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"Soy una persona que ha cambiado mucho, que no es la misma de antes y no quiere ser la misma en el futuro".

 

La furia del mar

 

En uno de los camerinos de Casa E –una casona de 1.600 metros cuadrados, que es patrimonio arquitectónico de Bogotá y se encuentra ubicada en la zona del Park Way–, Enrique Trujillo extiende un tapete negro sobre una mesa. En él hay todo tipo de brochas y sombras y labiales y pestañas postizas y brillos. Alejandra Borrero, mientras tanto, está dentro del clóset de su casa sacando pantalones y camisas y botas y collares.

 

—Perdón por demorarme tanto.

 

 Su voz es un trueno grueso que llega desde la puerta principal del lugar. Entra al cuarto en medio de aspavientos, nadie deja de mirarla. Nunca.
Cuando se sienta frente al espejo se queda callada. Las palabras parecen haberse quedado fuera del camerino: se concentra en sus ojos. Tiene un ovillo en la garganta.

 

—He llorado mucho. Es por la nueva obra que estoy haciendo: Histeria. Este director me hace llorar y llorar. En la obra estoy ciega y se me muere mi hija, mi única hija. ¡Qué dolor! –se frota los ojos con dureza–. No me gusta cómo me veo hoy.

 

En Histeria, Borrero interpreta a Laura, una mujer que sufre de una ceguera histérica (una pérdida de visión provocada por una emoción muy fuerte) luego de regresar de un viaje al mar. En la historia, Borrero se sumerge en la oscuridad del teatro y habla, entre otras cosas, del poder del agua, del miedo a la inmensidad del océano y de su furia bestial. “El mar domina la tierra y Aurora me domina a mí”, es una de las líneas de la obra. El mar también dominó a Alejandra Borrero. Tenía 8 y fue en Santa Marta. 

 

—Descubrí el mar con mi papá. El mar. Nadar con él. Recuerdo la sensación viscosa de sus dedos en mi espalda enseñándome a flotar. El sol pegándome en los ojos. La piel oscureciendo.

 

Esa rubia de ojos verdes, que había pasado su infancia encerrada en su casa en Cali, cambió los zapatos de charol para andar descalza sobre esa arena que era un universo desconocido. Cambió los trajes impecables por vestidos de baño maltrechos y desteñidos por la sal. Santa Marta fue una caída que precipitó a Borrero al fondo de la ansiedad y, al mismo tiempo, fue donde nació su deseo inagotable por descubrir el mundo.

 

—Teníamos una casa con un jardín donde nos la pasábamos recibiendo el sol. Fue una época de mucho terror: hacían unas huelgas al frente del colegio más importante de Santa Marta y nuestra casa estaba justo al lado, entonces nos daba mucho miedo. Una vez se iba a incendiar la casa, se entraban los ladrones, fue una aventura vivir en Santa Marta. Ahí empecé a ser lo que soy ahora.

 

Esos dos años que Alejandra Borrero y su familia vivieron en esa ciudad fueron suficientes para recordarlos como unos de los más estremecedores e importantes de su vida: su primer abismo.

 

—No sé qué decir de esa profundidad. Hay momentos en mi vida en los que he sentido como si tuviera los ojos abiertos debajo del mar: nublada, perdida. Siempre regreso a esos años.

 

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"Imagínate mi afán por vivirlo todo. Una vez fui a un festival de cine y me metí 15 minutos a cada película. Al final tuve una especie de melcocha en la cabeza".

 

Vivirlo todo 

 

La primera vez que Alejandra Borrero pisó un teatro estaba en el colegio. Tenía 14 años. Su profesor de Teatro e Historia del Arte, en el Sagrado Corazón, en Cali, fue Sandro Romero Rey. De todas sus estudiantes, Borrero era quien tenía mejor memoria. La única que se aprendía todas las líneas. Su debut como protagonista fue en El cornudo imaginario (1976), de Molière; interpretó a Sganarelle, un hombre. Con ese papel se llevó el premio a mejor actriz en el festival de teatro en colegios, organizado por la Alianza Colombo-Francesa.

 

—Llegué con el premio en la mano a la casa. Le grité a mi mamá desde la puerta: “Mamá, esto es lo que yo quiero ser”. Ella pensó que se me iba a pasar. Y recuerdo una conversación que tuvimos tiempo después. Ella me miraba con esos ojos diciéndome: “Dios mío, Alejandra...”. Puedo verla ahí sentada en el sofá de la casa y yo, casi murmurando: “Mamá, yo quiero probarlo todo”.

 

Probarlo todo. 

 

Cumplió 20 años y la vida se le convirtió en una carrera imparable. 

 

—Imagínate mi afán por vivirlo todo. Una vez fui a un festival de cine y me metí 15 minutos a cada película. Por supuesto que al final tuve una especie de melcocha en la cabeza y no sabía ni siquiera qué había visto. Eso era lo que quería: verlo todo. En ese andar lo hice. Me fui al Festival del Caribe sin un solo peso, lo hice con mis amigos maravillosos. Yo crecí rodeada de genios.

 

Comenzó una época convulsa entre fiestas, drogas e intentos de películas. El grupo de Cali recién había perdido a uno de sus principales integrantes, Andrés Caicedo, cuando Borrero conoció a Carlos Mayolo, el novio de esa época de ‘La Mona’, su hermana mayor. Luego conocería a Luis Ospina y se reencontraría con Sandro Romero Rey. Se volvió parte de ese colectivo que luego sería un mito llamado Caliwood. 

 

—Yo me fui a vivir con Mayolo. Mi mamá me echó de la casa y me fui para dónde él. Me lo encontré ahí en el barrio y me dijo “¿Qué le pasa? ¿Por qué está tanteando piedritas en la calle?”. Le dije que mi mamá me había echado y, entre risas, me respondió: “Ah, pues vete para la mía”. 

 

Eran los 80, una época en la que Borrero y Mayolo y Ospina y Romero andaban por Cali en un Jeep sin puertas y con el motor a punto de estallar. Ella tenía 20 y no se cansaba, saltaba alrededor de ellos como una liebre desesperada que huye de un perro cazador. Se la pasaba gritando y bailando salsa.

 

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Borrero y Mayolo y Ospina y Romero andaban por Cali en un Jeep sin puertas y con el motor a punto de estallar. Ella se la pasaba saltando y bailando salsa.

 


Una actriz sin voz

 

El lunes 27 de noviembre de 1989, un supuesto ataque del Cartel de Medellín derribó el avión 203 de Avianca –versión que fue revertida por una reciente investigación de El Espectador, cuya hipótesis es que la aeronave explotó en el aire, debido a una falla mecánica–.  El vuelo cubría la ruta Bogotá-Palmira. Al día siguiente de la tragedia, el equipo de la telenovela Azúcar hizo el mismo trayecto, un hábito que se mantuvo durante los dos años de rodaje. 

 

— Me acuerdo que ese día, Mayolo se emborrachó en el avión. Cuando nos bajamos, besamos la tierra. Siempre teníamos miedo. Pero vivíamos en medio de la farra, en medio de la ficción. 

 

En Azúcar, Mayolo le hablaba al oído. Ella no conocía su propia voz, pero él sí, él conocía a las mujeres, las entendía, sabía a qué olían las actrices, por qué lloraban en un día de luz ambarina. Mayolo pasaba como una sombra en todas las escenas diciéndole qué tenía que hacer y qué decir y cómo. Si ella entendía un par de palabras salía una imagen clara, con chispas saliendo de su rostro. 

 

—Él me enseñó la actriz en la que me iba a convertir. Yo no la conocía, no creía en mí. No sabía hablar, mi tono de voz era mínimo, no vocalizaba. Él sabía lo que yo sentía. Siempre lo supo.

 

No hay nadie mejor que yo. 

 

No hay nadie peor que yo

 

Toda mi autoestima estaba basada en el aprecio de la gente. 

 

Mi vida privada había girado alrededor de mi vida pública. Yo nunca había sido la tía de mis sobrinos, la hija de mi mamá, ni la hermana de mis hermanos.

 

No, yo era Alejandra Borrero. La actriz. Y me lo creí, me sentía tan importante. 

 

En este punto de la vida no me interesa ser importante. Hago las cosas por mis pasiones, porque lo necesito y lo deseo.

 

Antes me daba pánico la escena y tenía que irme dos o tres horas antes para meditar, prendía una vela y hacía mil cosas para apuntalarme la fuerza. En este momento ya no necesito poner nada. Si hay una velita está bien, pero si no, no hay lío. No es algo que tenga que hacer para salir tranquila a una función. No me gusta supeditarme a los rituales. Para entrar a escena me decía: “No hay nadie mejor que yo. No hay nadie peor que yo”. 
Todos somos lo mismo. Todos vinimos a esta tierra a lidiar con el sufrimiento.

 

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Mayolo me enseñó la actriz en la que me iba a convertir. Yo no la conocía, no creía en mí. Él sabía lo que yo sentía. Siempre lo supo.

 

Es momento de parar

 

Después de 40 papeles en televisión, de caminar sobre las tablas hasta que le sangraran los pies y construir su propia casa de artes escénicas, hoy, 35 años después de haber empezado, Borrero sólo quiere ir más lento.

 

Ha pasado su vida corriendo. Llegó a Bogotá de 25 y por fin se sintió una mujer grande: la que ella quería ser, no la que su familia quería que fuera. En su primer trabajo renunció porque despidieron a Pepe Sánchez, quien era el director de la producción, y pusieron a Víctor Mallarino. Le dijeron que si renunciaba, jamás iba a conseguir otro puesto en la televisión colombiana. Sin embargo, lo hizo. Llegó llorando al apartamento de 30 metros que tenía en esa época porque creyó que su carrera había terminado sin siquiera empezar. Pero no. Después de eso Alejandra Borrero trabajó en telenovelas y series durante más de quince años sin parar un solo día. 

 

Cuando declaró que era homosexual, en 1998, se fue cuatro años a Estados Unidos, con el corazón atravesado por un anzuelo, la garganta llena de piedras y un miedo terrible al escenario. 

 

Al regresar a Colombia, inició con el proyecto de Casa E. Invirtió todos sus ahorros, iba todos los días para que la gente entrara a la casa, al menos para verla a ella. Invitó a todos sus amigos a actuar en uno de los lugares más emblemáticos del Park Way. Construyó un espacio donde se presentan obras de teatro y, además, sirve como el centro de operaciones de la fundación Ni Con el Pétalo de una Rosa, la organización que dirige y que lucha contra la violencia de género. 

 

A Borrero el ego la ha atormentado durante años. Lo ha sentido crecer dentro de sí como un animal violento que se esconde detrás de los deseos más vagos. Se cree una persona asequible y, sin embargo, reconoce que no ha podido amansar su ego. Está cansada de lidiar con el peso de una fama que la ha levantado tanto como la ha aplastado. 

 

Quiero empezar a cambiar mi manera de ver la vida, no quiero seguir trabajando tanto. Quiero disfrutar. Parece que estuviera corriendo todo el tiempo. No saben lo difícil que ha sido parar. Cuando me detengo siento como si le debiera algo al mundo, y todo lo que debo me lo debo a mí misma. Este año comencé a viajar porque siento que si estoy acá no puedo detenerme: durante toda la semana estoy rodeada de mucha gente. Antes me mantenía de fiesta los fines de semana, ahora lo único que quiero es cerrar la puerta de mi casa.

 

Tuve tanto afán. Es de lo único que me arrepiento. 

 

 

 

Producción: María Angélica Camacho 

Asistente de producción: Daniel Álvarez / Jonathan Edery 

Maquillaje:  Enrique Trujillo @yosoyenriquetrujillo

Vestuario: Akitect