La dama del mar, el recorrido de una obra

*Dirigida por Bob Wilson, esta es una de las obras más recomendadas de este festival. Lo que no se sabe es que se estrenó, por primera vez, en 1998. Te contamos su historia.*
La dama del mar, el recorrido de una obra

 

«No creemos que sea extraño que pertenezcamos a la tierra. ¿Cómo fue que pasó eso? ¿Por qué fue que llegamos a pertenecer a la tierra seca? ¿Por qué no al aire? ¿Por qué no al mar? El deseo de poseer alas. Los extraños sueños en que uno puede volar y sin sorprenderse de ello…, ¿eso no sugiere algo? Y, entonces, hay gente que cree que pertenece al mar». Es uno de los extractos del texto de Susan Sontag, que salió de una adaptación que la autora neoyorquina realizó de la obra original de Henrik Ibsen: La dama del mar. La obra cuenta la historia de Ellida, una mujer que vive su infancia junto al mar; sus sonidos y el amor de su padre son lo que la acompaña a crecer y ella se acostumbra a eso, a la libertad. A amar la libertad. Pero luego deja de ser niña y se casa. Y se siente atrapada, asfixiada, con un marido mucho mayor que ella y dos niños que no salieron de su vientre. Cree extraño pertenecer a la tierra porque quiere ser parte del mar.

 

La obra se estrenó el 12 de Febrero de 1889, en Oslo, y se presentó en muchos lugares más alrededor del mundo. En 1998 apareció, de repente, en Italia, representada con una estética muy particular. Caras blancas, fondos lisos, sombras y el sonido, siempre, del mar. Era Bob Wilson quien estaba detrás. Desde ese entonces ya era toda una celebridad en el mundo teatral y lo sigue siendo, hasta hoy. Vamos, ahora, 1889, 1998, 2014. La misma obra que fluye y que permanece. Permanece Ibsen, permanece Wilson, permanece Sontag. Se presentan en el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, con la obra traída por Brasil. ¿Wilson? ¿Sontag? ¿Italia? ¿Brasil? La confusión es entendible, pero tiene explicación.

 

Susan Sontag y Bob Wilson decidieron emprender juntos la tarea de hacer un montaje de La dama del mar, muchos años después de su estreno inicial. Como eran Sontag y Wilson, no podían hacer un montaje, entre comillas, normal, valiéndose del simbolismo de Ibsen para la puesta en escena. No era así como debía hacerse. Hay, sin embargo, que desmenuzar todo aún más. Hay que decir quién era Sontag, quién es Wilson, quién era Ibsen y cuál es su simbolismo, si es que se le puede llamar así.

 

Susan Sontag fue una novelista, ensayista y crítica literaria. Hacía teatro en sus ratos libres. A veces escribía, a veces dirigía, y conocía muy bien el trabajo de Wilson. Wilson, por su parte, era y sigue siendo una persona de teatro. Hace de todo y es de todo. Desde la escritura de los textos hasta la actuación, pasando por la dirección, el diseño de luces, y el de la escenografía. Sabe, incluso, por poco que se valore este aspecto en un grupo artístico, de administración. Y este conocimiento tan amplio y tan profundo, al mismo tiempo, de un arte que involucra tantas disciplinas, es lo que le ha permitido experimentar y crear su propia estética. Es lo que hizo, en su momento, que se ganara el respeto de Sontag, una de las personas más reconocidas dentro de la academia estadounidense. La fusión tenía que ser infalible.

 

Podría decirse que La dama y el mar hace parte de un tercer periodo de la obra de Henrik Ibsen: el periodo simbolista. Después de haber pasado por el realismo y el naturalismo, retratando la sociedad burguesa de la época, llega este punto en el que reúne los dos anteriores y los vuelve metáfora. Cada elemento es un símbolo de algo, cada acción va más allá de sí misma, retrata algo más. Las palabras son señales de la vida interior de los hombres, una vida que no puede ser expresada a través de lo lingüístico. Era una obra ideal para el estilo de Wilson; revolucionario desde lo visual hasta el lenguaje. Juega con las palabras –les da y les quita sentido a su antojo– y con lo visual –se inspira en la pintura de Cezanne; no pone límite a sus imágenes–. Se mueve entre lo blanco, lo gris y lo negro; entre la luz y la sombra.

 

Sontag quiso encargarse de las palabras esa vez, en 1998. Se empalmó con el estilo de Wilson y estructuró la obra alrededor de los monólogos. El resultado fue un texto mucho más simbólico que el original. Más lírico, casi onírico: más Wilson. Giorgio Armani fue el encargado del vestuario y Michael Galasso, el creador de la música. El mar, las gaviotas que acompañan el movimiento de los actores. Wilson hizo el resto. Todo lo demás. El diseño de las luces, el diseño de la escenografía, la dirección de los actores. En 1998, todos eran italianos y la obra, de seis actores, dio excelentes resultados.

 

Y con los años, la obra, con su estructura y con su lenguaje, iba cambiando de país y de actores. Sin perder su esencia. Se hicieron cinco versiones: una italiana, una coreana, una polaca, una española y una brasilera. La de Brasil es la que viene a este festival. Es la misma obra que se montó en 1998, con todas las mejoras que Wilson haya visto en los diferentes procesos de montaje. La de que viene es última que se ha hecho, la más fresca. Habrá que ver qué aporta Brasil, el país del mar. Habrá que ver qué aportan estos actores a una obra con tanta historia.

 

últimas noticias

¿Cómo revivir la pasión con tu pareja?

Las ventajas de la masturbación femenina

Los suplementos de la mujer