‘El jardín’ de cajas de cartón

Esta obra brasilera, dirigida por Leonardo Moreira, se acerca al espectador con una estructura innovadora y una escenografía muy particular. 
‘El jardín’ de cajas de cartón

 

Adriana Marín Urrego

 

Hay un jardín en una casa, y muchos objetos guardados en cajas. Fotos, ropa, zapatos, grabadoras. Hay humedad, hay moho. Huele a viejo, a los años que fueron pasando y a las cajas que se quedaron ahí, eternas. “¿Por qué será que las cosas duran más que la gente?” Recuerdan. Hablan sobre alguna historia que ocurrió, que se contó y que luego se convirtió en leyenda. Sobre deseos, unos que se cumplieron y otros que se dejaron pasar, con la intención de olvidar.

 

La obra ‘El Jardín’, dirigida por Leonardo Moreira, juega con esa memoria. La de los objetos, la de los personajes y la del espectador. Los recuerdos se van hilando, pasan de mano en mano en un solo objeto o se repiten en una canción. La memoria se construye sobre el escenario y el espectador va sintiendo, como quien llena a gotas un balde con agua, el peso de seis vidas que se le presentan, llenas de vacíos y de interrogantes, primero, y que se colorean con trazos delgados a medida que avanza la puesta en escena. Cada dato suelto que se dice y cada historia nueva que se narra va llenando un complejo cuadro de relaciones en la cabeza del espectador.  Los personajes existen, entonces, no solo por lo que ellos mismos son sino por lo que otros recuerdan de ellos.

 

‘El Jardín’ no es una obra convencional. Hace alusión, por supuesto, a ‘El Jardín de los Cerezos’ de Anton Chéjov y sus personajes se ubican en medio del tedio de una vida rota, que no parece tener una salida. Moreira, con su adaptación, quiere  alejarse de la forma tradicional. No quiere actos, ni linealidad, ni orden. Solo quiere un lugar, la casa del jardín, y tres momentos en el tiempo.

 

Tres escenas ocurren simultáneamente en espacios que se delimitan con una estructura de cajas de cartón.  Son tres frentes: el público puede ubicarse  de cara al escenario o en los dos laterales, y, desde donde decida sentarse, puede ver el desarrollo de una de las escenas. Cuando esta escena se acaba, una nueva llega de otro de los frentes y entra en acción. Así, en diferente orden, todo el público puede observar las tres intervenciones. Las gotas que caen en el balde, una por una.

 

Desde el texto hay un excelente manejo de esta simultaneidad. Cada oración que se dice está muy bien pensada, tiene figuras armoniosas, inteligentes. Y, desde el lenguaje, se dan guiños delicados que son los que relacionan las escenas y los personajes que aparecen en ellas: “Esta, entonces, debe ser la abuela de ésta, que es la hija de esta otra y que se relaciona con este otro, de esta manera” puede ser el análisis que hiciera alguno de los espectadores. Y Moreira logra que estos descubrimientos sean dosificados y precisos. Que parezcan en un principio ideas sueltas, pero que se conviertan con el transcurrir de la obra en puñaladas, que atacan al observador y lo sorprenden. Esta dinámica permite que se vaya entendiendo el dolor del uno, el dolor del otro y el dolor general, común, que atraviesa las tres intervenciones.

 

El logro de Moreira y de sus actores es, tal vez, la representación honesta de la situación de una familia cuya historia está ligada a un lugar, el jardín, y la condena de todos ellos a recordar, a recordarse como son, como fueron,  y como quisieron ser. El logro es, quizás, que el peso de esas vidas, que cada vez se sienten más cercanas, abren canales en el observador y lo llevan a preguntarse sobre sí mismo, a descubrir-se. ‘Si me preguntan cuál fue el día más feliz de mi vida…’ dice alguno de los personajes y puede que alguien del público se haga la misma pregunta: ¿cuál fue el día más feliz de mi vida? ¿Qué relación tiene ese día con mi padre, con mi abuelo, con mi tía, con mi hermana? Porque esa familia – esas tres generaciones – puede ser cualquier otra. Nosotros, perfectamente, podríamos ser esos personajes y tener esos problemas. En su magnitud, al menos. El logro de Moreira es el de retratarnos desnudos, el de hacernos humanos. Así, como quien no quiere la cosa.

 

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