Bodas de Sangre, una obra española muy coreana

Con más de cuarenta artistas en escena, la tradicional obra de Federico García Lorca presenta su estreno mundial en el Festival Iberoamericano de Teatro. Su director, Lee Yung Taek, la convierte en un espectáculo para todos los gustos.
Bodas de Sangre, una obra española muy coreana

Por: Adriana Marín Urrego 

 

Está el polvo de los caminos a caballo, el taconeo, el rozar de faldas por el suelo, el cuchillo que se entierra en la piel y que sale mientras los músculos intentan aferrarse a él, como a la vida. El cuchillo sale y un cuerpo se desploma, inerme, sobre la tierra. Eso es Bodas de Sangre de García Lorca, una obra que es España, que llama su patria a gritos. Pareciera una contradicción que sea Corea el que traiga este montaje al Festival Iberoamericano de Teatro, pues el imaginario que se tiene en occidente del mundo oriental no coincide con la estética propia de esta historia. Y al principio cuesta adaptarse; por el idioma, por los rostros. Pero el grupo, el Theatre Troupe Georipae, con una inmersión precisa dentro del mundo europeo, se va encargando de envolver, de hacer creer. Y uno cree. 

Cuando García Lorca escribió Bodas de Sangre en 1931, pensaba en las tradiciones con las que creció: el campo, el caballo y el cuchillo. Enmarcó la obra en medio del odio de familias campesinas. Ese odio que perdura por generaciones, que pasa del padre al hijo y de ese hijo a su hijo. Un odio que, muchos años más tarde, sin que se conozca ya el origen inicial de la lucha, sigue cobrando muertos, ante el dolor de las mujeres que se quedaron esperando a sus esposos y a sus hijos a la hora de comer. Y que, en vez de servir la cena, tuvieron que enterrarlos bajo tierra para luego ir a llorarlos a puerta cerrada. Esperando así, valientes, que no les maten uno más, que no las dejen solas. Porque no es de mujer decente buscar nuevas compañías. 

Cuando García Lorca escribió Bodas de Sangre no pudo haber retratado una España más España. Una España de los treintas, patriarcal, católica, en la que las mujeres eran vistas como objetos para un fin y que se medían por su capacidad para tejer, para cocinar, para tener hijos. Y por su pureza, claro. Una mujer solo debía tener ojos para un hombre, su marido, estuviera vivo o muerto. 

Todo esto se ve en la puesta en escena dirigida por Lee Young Taek que logra fusionar las dos culturas sin escatimar detalle. Cuarenta son los artistas que se mueven sobre el escenario, con el ritmo flamenco en los pies, con los versos de García Lorca en la boca, con tambores de su país y cintas de colores que ondulan por el aire. Es un montaje de esos que llaman «de gran formato», pensado para verse de lejos, como un espectáculo. Los cuerpos y los movimientos amplios de los actores, la proyección de la voz y las imágenes coreográficas, como las de un coro, se acercan a la idea del teatro griego: ese que se veía en escalinatas construidas en la parte alta de la colina.  

El teatro de Yung Taek va de lo grande a lo pequeño, de la espectacularidad a las escenas cercanas, cerradas. Así logra conmover. La música inicial –las luces encendidas todavía– permite entrever el tema que se va a tratar durante las siguientes dos horas. «¿Dónde comienza el amor? Comienza por extrañar a alguien», dice uno de los músicos. Y le cantan a eso que creen que es: el amor cuando nace, que es incertidumbre; el amor cuando permanece, que es felicidad; el amor cuando muere, que es odio, y el amor imposible que es muerte. Una muerte a cuchillo.  

Con la música entra después el baile. Bailan flamenco en coreografías que, tanto sonoras –taconeos con ritmos muy precisos– como visuales resultan sorprendentes. Esa es la evidencia más clara de que los del Theatre Troupe Georipae, no solo son actores integrales sino que, también, se entregaron de lleno para conocer el mundo español. Tienen plasticidad, se ven naturales, fluyen con la música, con sus vestidos y con el ambiente. Y es ese mismo baile, a veces como acto central, a veces en la parte de atrás de la escena, silencioso pero presente, lo que le permite intuir al espectador, aunque conozca o no la historia, el horror de lo que va a suceder: el olor irreparable de la tragedia. 

El elemento de circo también está. Y con él volvemos a ver a Corea como Corea. No presenciamos unas bodas católicas. Asistimos, más bien, a la tradición coreana, narrada con el fondo de tambores y acrobacias. El vino debe ser de ese país; el baile debe ser español. Y la mezcla resulta armoniosa. De este modo, entre la delicadeza de la mujer coreana y la fuerza del caballo español, se empieza a descubrir la historia de una mujer que se debate entre el amor de dos hombres, uno pasado y uno presente. 

Y, en ese debate, deviene lo particular. El cómo se cuenta la historia y cómo son las relaciones entre los personajes. Además de los movimientos grandes que se necesitan para llenar el espacio, la actuación es sencilla y directa. La técnica es impecable, sin añadidos, sin sobrantes. Se le cuenta algo a quien no conoce la historia; se le cuenta algo a quien ya la conoce. Para todos queda la estética, las imágenes, los cuadros. Uno sale con la sensación de haber visto algo bello. Sale con la sensación de que valió la pena.