Gaddafi, viejo como el desierto

Hace ya cuarenta años Gaddafi se tomó el poder en Libia. Y ahí sigue al mando este coronel que fue declarado enemigo público número uno del mundo y que ahora insiste en su última revolución: el feminismo.
Gaddafi, viejo como el desierto

Cuando irrumpió en el mundo como una ráfaga, Gaddafi encontró un sitio en los medios occidentales, saturados de los muy vistos protagonistas habituales. A De Gaulle le había pasado su cuarto de hora y ya hasta perdía las elecciones en Francia; Franco dictaba las últimas órdenes en España; estaba de moda la hambruna de Biafra y el Concorde que ensayaba sus vuelos, y había mucho movimiento en el espacio porque surcaban el Soyuz, el Mariner, el Venera y los Apolo, uno de los cuales condujo al primer hombre a la Luna.

Era el 1969 y, en honor a ese número, quizás, John Lennon y Yoko Ono, que se habían casado, llevaron a cabo su célebre encamada en un hotel en Montreal. Fotos, muchas fotos de la pareja de peludos ojerosos que protestaba con la piel y con los orgasmos por todo lo que no le gustaba que era casi todo. Así era ese año del estreno de la televisión en color en el Reino Unido y del gol número mil de Pelé, cuando la actualidad fue rasgada por una figura exótica. Un hijo de tribu beduina de pastores nómadas del desierto de Sierte, miembro de una etnia minoritaria, con un nombre estrafalario y una figura varonil. A la actualidad acababa de llegar Muammar Muhammad Adb as-Salam Abu Minyar al- Gaddafi.

Simplemente Gaddafi. Se acababa de tomar el poder en Libia, un país inmenso y lejano, petrolero debía ser, árabe en todo caso, de por allá del Oriente Medio o del Oriente Cercano, vaya usted a averiguar. Poco se sabía del mundo entonces y nada se sabía de Libia que de manera muy rápida se dio a conocer a través del coronel que la mandaba, este tal coronel Gaddafi que era un hombronón de 27 años, que había derrocado a un rey y que se vestía con un uniforme atiborrado de escudos y tenía los párpados caídos y una nariz severa.

Desde entonces, señoras y señores, con ustedes Gaddafi. Hace cuarenta años Gaddafi. Eficaz como una víbora del desierto, el coronel-presidente comenzó a hacerse sentir a través de su proclamada revolución socialista que era obvia porque debía reemplazar a un régimen, el del rey Idris, tenido por reaccionario, atrasado y decadente. Pero no se trataba de una postura socialista-socialista, no; se trataba de un socialismo antimarxista como principal ingrediente de un coctel que hágame el favor: revolucionario fundado en la ley del Corán, con un componente moralista islámico: prohibición de alcohol incluida e incluidos los cierres de los locales para la diversión; suspéndase el pelo largo, establézcase la censura de prensa y proscríbase el derecho a la huelga. Y prohibió los atuendos occidentales e impuso la pena de muerte.

A ese salpicón de tendencias ideológicas, Gaddafi le agregó un toque feminista incomprensible: inició un proceso de emancipación de la mujer, le entregó las más altas cotas de poder en todo el mundo árabe, suspendió la poligamia y abrió las puertas de las escuelas militares para las mujeres. Y a todo eso le puso un vozarrón que sonaba fuerte en su vecindad y retumbaba en occidente. Había quedado claro que se trataba de un hombre contradictorio, extravagante y con una marcada tendencia a hacer declaraciones incendiarias.

En esas estaba el mundo. Tratando de ubicar al nuevo líder árabe que constantemente dejaba su uniforme de coronel y usaba unas túnicas con predominio de colores terracotas y berenjenas, enchapadas con hilos de sede azul-lila u ocre y coronado por una especie de ghutra (especie de pañuelo de cuadritos con el que uno se cubre la cabeza). Perfecto para la foto que requería Paris Match, que necesitaba People, que urgía ¡Hola!, porque la vida de Gaddafi se salió de los análisis políticos y petroleros y pronto, muy pronto, se volvió personaje de la farándula internacional, como solía suceder entonces, como sucede ahora, como sucederá hasta en el siglo treinta y siete por la mañana.

Por el lado político, en aquellos años setenta de Gaddafi sobresalía su apuesta panárabe. Quería pasar a la historia como el fundador de la Unión Árabe. Y por eso hablaba duro. Y por hablar duro causó antipatía entre sus vecinos que empezaron a verlo con ojos de sospecha. Mucho más cuando en el 1971 proclamó la Revolución Cultural y más aún cuando en el 75 publicó el llamado Libro Verde, tres volúmenes delirantes con sus objetivos políticos: La Tercera Teoría Universal y el Estado de Masas. Cosas así.

Su Biblia verde le costó prestigio en el mundo árabe (incluso lo llamaron antiislámico y lo juzgó una comisión teológica) y después de haber sido soportado por sus correligionarios y de haber sido aceptado incluso por algunas potencias extranjeras con Estados Unidos como primera entre ellas, cayó en desgracia pero no se silenció. Al contrario. En los años ochenta Gaddafi se volvió el enemigo público número uno del mundo, buscó el cariño de los soviéticos de los que había denigrado por su “comunismo capitalista”, se enemistó con Yasser Arafat, celebró de manera bulliciosa el asesinato de Anuar el- Sadat en Egipto y proclamó a todo pulmón que había que derrocar a todos los gobiernos del planeta y sustituirlos por mandatos de Alá a través de la obediencia de la ley coránica.

Lo que siguió fue la irritación. Se irritaron en Occidente y en Oriente. Señalaron a Libia como sede de adiestramiento de terroristas y a Gaddafi como financiador de atentados y de grupos combatientes: que le daba plata a la Eta Vasca, al Ira irlandés, a los separatistas musulmanes filipinos, a las Panteras Negras de Estados Unidos. Que surtía de armas al Frente Polisario en el intento de arrebatarle a España el Sahara Occidental.

Pero no era una leyenda negra, no lo era. Gaddafi radicalizaba su discurso de lunático, como se le decía, y se le comprobó que tuvo que ver con una docena de atentados en Austria, en Roma, en Berlín. Se le acusó de propiciar la voladura de un avión de la estadounidense Pan American con 270 personas a bordo cuando atravesaba los cielos de Escocia. Ante su beligerancia y ante la certeza de que como dijo la Casa Blanca “estamos ante un megalómano capaz de desencadenar la tercera guerra mundial con el único fin de aparecer en la primera página de los periódicos”, Washington ordenó lanzar misiles sobre Trípoli, uno de los cuales mató a su hija Jana. Y ante el aislamiento al que fue sometido por los propios árabes, se dedicó a buscar la amistad de los países africanos en donde tampoco cayó bien su desmesura: en uno de los viajes por ese continente en el que buscaba extender la marea verde de su Libro Verde, Gaddafi llevó un séquito de cuatrocientos escoltas, un arsenal, sesenta carros blindados, cuatro aviones, todo eso apoyado por un buque que llevaba comida y que serviría de hospital.

Para entonces, Gaddafi ya parecía domesticado. Sin la amistad del mundo árabe, cortada la consanguinidad con ellos que le aborrecían, Gaddafi perdió fuego y el mundo entendió que había pasado el susto por los daños que pudiera infringirle desde una Libia aislada. Y para entonces le habían acomodado todos los vituperios posibles: radical, impredecible, estridente, místico, inmaduro, exaltado, explosivo. Y para entonces –estamos en los años noventa–, Gaddafi fue aislándose en su interior, cada vez menos vociferante hacia fuera. Pasó un largo periodo de silencio que le sirvió para perder el liderazgo de demonio que mereció durante años. Llegaron otros monstruos a la actualidad: Sadam Hussein, los ayatolás iraníes, Al-Qaeda y algunos dirían que Chávez, quien se parece a Gaddafi en su origen de militar y en lo impredecible, en lo explosivo y en lo nada fiable.

Ahora, tras cuarenta años en el poder y después de la historia de terror y de excentricidad que se puso encima, Gaddafi, dicen, lleva la vida moderada de sus 67 años, la paternidad de los ocho hijos, uno de los cuales, Sayf al-Islam al-Gaddafi es el elegido para sucederle. Sigue vistiendo las mismas túnicas en sus ya raras excursiones al exterior como la que hizo hace un mes a Roma. Ahora tiene el pelo más largo. Y los mismos párpados caídos y la misma nariz severa, y está encaramado en un discurso pendular que arranca en los recuerdos del colonialismo y el fascismo y va hasta proclamar la nueva revolución en la que está empeñado: la revolución femenina. La que le queda. Y que no es nueva en él quien desde que asumió poderes hace tantos años entregó más participación a las mujeres en la sociedad como ningún otro gobernante de su órbita. Esa, la del feminismo, es una bandera que ha enarbolado en un mundo que discrimina a la mujer. Gaddafi nunca. Sigue proclamando una revolución que ponga fin a “la situación horrenda” de los derechos de la mujer en el mundo árabe e islámico porque para él “sin mujeres la sociedad caminaría en una sola pierna”.

En esas está este antes indómito terror verde que trasnochó a tantos gobernantes. Los reacomodos de fuerzas mundiales le han relegado a la leyenda que nació en el desierto y destelló con amenazas apocalípticas y con su figura impactante de orate ininteligible para Occidente, hasta que se fue apagando, se fue apagando, se fue apagando.

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