Entre copas y entre mesas

Cajas de sorpresas

Un hecho real es que los empaques alternativos se utilizan cada vez más por varias razones: tienen una buena relación precio-calidad y son más amigables con el medio ambiente.

Cortesía

Señora Camila Zuluaga, Sistema W:

El jueves pasado, mientras se resolvía el tema de los tres alegres componedores presidenciales –que quieren urdir otros arreglos de política nacional–, la oí mencionar un par de cosas que me pusieron contra las cuerdas.

Me dije: “oiga, maestro, reaccione ¿No ha dedicado décadas a libar vinos de todos los orígenes, tipos y estilos –y a escribir sobre ellos-- como para que las palabras de Camila no lo alboroten?

Decidí, entonces, ordenar algunas ideas para que los oyentes no se queden, como Descartes, con la duda bajo tierra.

Señalaba que no hay nada peor que un vino en caja o de tapa rosca. Luego concordaba con Julio en que un vino carece de romanticismo si no está embotellado y tapado con corcho. Hay mucho de esto en el subconsciente, lo reconozco.

Pero el catalizador “romántico” es el vino, no el empaque. Por eso las pruebas más exigentes se hacen a ciegas, con botellas tapadas con bolsas para evitar prejuicios.

Un hecho real es que los empaques alternativos se utilizan cada vez más por varias razones: tienen una buena relación precio-calidad, son más amigables con el medio ambiente (menos huella de carbono), contienen un mayor volumen de líquido (tres veces más que una botella), resultan más baratos de elaborar, pueden acomodarse con facilidad en barcos, aviones, depósitos y estanterías de cocina, no se quiebran, no presentan mal de corcho, se abren sin requerir de tirabuzones, se vacían mediante un grifo a prueba de ingreso de aire (vino + aire = vinagre), y están vivos y en óptimo estado durante meses en vez de días, como ocurre con el vino embotellado. Y sus ventas van al alza.

También el vino en caja es una puerta de entrada para nuevos consumidores (sus oyentes), quienes, por menores ingresos, no los consumen de botella. Admitámoslo: ellos también tienen derecho a pasar un momento romántico con una copa en la mano.

Además, los productos en caja tienen los mismos estándares de calidad que un Grand Cru Classé de Burdeos. La diferencia radica en la complejidad y en el valor percibido del líquido, pues preparar un Grand Cru exige cuidados especiales en el viñedo, sapiencia centenaria, cosecha y selección manual, añejamiento en gravosas barricas de roble y reposo durante meses o años en bodegas de guarda. En cambio, los vinos jóvenes y ligeros, como los envasados en caja o en botellas de tapa rosca, manejan un concepto de volumen para hacerlos más asequibles al consumidor.

Por eso una sola botella de Domaine de la Romanée Conti, de Borgoña (viñedo con menos de dos hectáreas), cuesta más de US$15.000, mientras que un tinto del Valle del Maipo, en Chile, con uvas cultivadas en una finca de cientos de hectáreas, apenas vale US$5.

En cuanto a la tapa rosca, es insustituible para proteger al vino de la oxidación, fin último de todos los cierres conocidos (corcho, silicona, plástico, vidrio).

El negocio de hacer vino sólo será viable si hay más consumidores de vinos frescos y alegres, estén envasados en cajas o botellas tapadas con rosca. Claro, hay una abundante gama de opciones de precios intermedios, pero eso lo determinará el bolsillo y el antojo de cada cual. Sin titubear digo que el horizonte del vino sería limitado si únicamente se elaboraran referencias exclusivas, en botella gruesa y con corcho.

Sí, lo admito, en sus inicios los vinos en caja no fueron de fiar, pero esa imagen es cosa del pasado. Del lejano pasado.

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