Entre copas y entre mesas

Cien velas para el Negroni

Hace dos años, en una encuesta realizada por la revista británica Drinks International, se le eligió como el segundo cóctel más añorado, después del Old Fashioned, hecho con whisky, azúcar, gotas amargas, soda y una rodaja de naranja.

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Hace dos años, en una encuesta realizada por la revista británica Drinks International, se le eligió como el segundo cóctel más añorado, después del Old Fashioned, hecho con whisky, azúcar, gotas amargas, soda y una rodaja de naranja. Muy gringo, a mi entender.

De vuelta al Negroni, resulta imperioso, en su centenario, recordar parte de su historia. Italia es el punto de partida. Luego viene el oeste norteamericano, y, finalmente, Italia de nuevo.

A mediados del siglo XIX, el cóctel más popular entre los italianos era el Milano-Torino, también llamado MiTo. Se trataba de una combinación, en partes iguales, de Campari y vermut dulce. Se le llamó Milano-Torino como reconocimiento a los lugares de origen de cada uno de sus ingredientes: Milán, cuna del Campari, y Turín (Torino, en italiano), donde se creó, a finales del siglo XVIII, el Carpano, primer vermut comercial vendido en la península.

Exportado a Estados Unidos durante el siglo XIX, el MiTo pasó a llamarse Americano, luego de agregársele soda a la mezcla. Refrescante, sin duda. Tanto así, que los mismo italianos lo copiaron de inmediato, estableciendo en la ciudad de Florencia su más sólido bastión.

Fue allí, entre 1917 y 1920, donde el conde Camilo Negroni, al regresar de una travesía por el oeste norteamericano, visitó su bar favorito y le pidió a su bartender, Fosco Scarselli, que le sirviera un Americano sin soda. “Pongale algo más fuerte”, le dijo. Entonces, Scarselli le agregó ginebra. No pasó mucho tiempo antes de que los lugareños adoptaran los gustos del conde, y comenzaran a referirse al cóctel como Negroni.

Su gran versatilidad es que puede beberse como aperitivo o bajativo, tanto a la hora del almuerzo como de la cena. Y es atractivo en una terraza de verano o al lado de una chimenea, en pleno invierno.

Preparar un Negroni no tiene ciencia: un tercio de Campari, un tercio de vermut rojo, un tercio de ginebra y una rodaja de naranja.

Figuras como Orson Welles, Tennessee Williams o Ian Fleming lo bebieron y lo incluyeron en algunas de sus obras. Y más recientemente iluminó muchas de las jornadas bohemias de Anthony Bourdain, el desaparecido cocinero neoyorquino.

A lo largo de los años han surgido variantes como Il Cardinale, en el que se mantiene la ginebra y el Campari, pero se reemplaza el Martini dulce por el Martini seco.

Otro derivado es el Negroni Equivocado, llamado así porque, inadvertidamente, un bartender confundió la botella de ginebra con una de espumoso. Y cuando el hombre comenzó a disculparse, varios clientes le pidieron repetir la tanda.

Los moscovitas crearon el Negrosky (con vodka), y los norteamericanos, el Negroni al estilo del oeste, en el que se elimina la ginebra y se adopta el bourbon Wild Turkey, adicionando, además, pequeñas lágrimas de chocolate amargo.

Yo me mantengo en la receta del conde Camilo, a sabiendas de que puedo lograr distintos estilos si cambio la marca de ginebra o de vermut. Las combinaciones resultantes son entretenidas y pueden llegar a sorprendernos. Tanti auguri, Negroni.

 

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