Erupción siciliana

En 2010, en una tarde para no olvidar, dentro de la pequeña bodega de Hans, en Valle Azul, Patagonia, abrimos una botella de Montecarrubo, que era como beberse un volcán, pues contenía aromas y sabores minerales

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Peter sorprendió a familiares y amigos cuando decidió comprar, con su esposa, Suzanne, una pequeña propiedad en Sicilia, Italia. Querían retirarse allí, sin cruzarse de brazos. Más asombro causó cuando Peter dijo que su meta era transformar a esta región italiana –asociada con vinos de gran volumen– en un oasis único y diferenciado. Hans, su hijo menor, fue el más apasionado con la noticia.

No era la primera vez que Peter, danés de nacimiento, se lanzaba a vivir una aventura aparentemente imposible.

Muy joven se mudó a Sudáfrica, donde en corto tiempo se vinculó al Experimental Research Institute, en Stellenbosch, epicentro de los vinos de ese país.

Luego se trasladó a Burdeos, Francia, para trabajar en reconocidas casas como Château Rahoul y Domaine La Grave, donde impuso estilos chispeantes. Allí mismo perfeccionó sus investigaciones sobre el impacto de las levaduras naturales en la calidad de los vinos, lo que le valió un escaño en la Academie du Vin. No contento con estos logros, se mudó a Tokaji, Hungría, para elaborar su Stanza Tokaji Eszencia, un dulcísimo y carísimo néctar, de aquellos que fueron favoritos de los zares rusos y los papas de Roma.

Así que sus planes para radicarse en Sicilia no eran un capricho. Compró una pequeña propiedad a la que bautizó con el nombre de Montecarrubo.

Primero intentó con la uva local Nero d’Avola, pero la descartó porque –incluso a riesgo de ofender a los sicilianos—dijo que con ella nunca podría hacerse un vino memorable. En cambio, destacó el potencial de la uva Syrah, y no se equivocó. En vez de utilizar la versión siciliana de dicha cepa, importó desde Francia los mejores clones del Valle del Ródano, donde brotan los Syrah históricos.

En 2010, en una tarde para no olvidar, dentro de la pequeña bodega de Hans, en Valle Azul, Patagonia, abrimos una botella de Montecarrubo, que era como beberse un volcán, pues contenía aromas y sabores minerales, que dejaban en el paladar una sensación firme, penetrante y elegante. Y esto es porque Montecarrubo reposa sobre uno de los mejores suelos volcánicos de la isla mediterránea.

Peter Vinding-Diers fulgura como uno de los más brillantes enólogos de entresiglos. Ha sido, también, maestro clave en la formación Hans, quien, desde Bodega Noemía y al lado de su esposa, la condesa Noemí Marone Cinzano, ha llevado al Malbec argentino a elevados estrados. Igualmente, fue mentor de Peter Sisseck, su sobrino, autor de Flor de Pingus, el vino de Ribera del Duero más costoso en la historia de la vitivinicultura ibérica. E inspirado en su ejemplo, Anders, su hijo mayor, produce con la española Andrea Sánchez Walmsley, su mujer, reveladores elixires en Extremadura, territorio de vinos de mesa.

Hace nueve años, Hans aprovechó mi presencia en Valle Azul y me pidió averiguar si algún importador colombiano se atrevería a comprar el vino siciliano de su viejo. Puse a Peter en contacto con una empresa idónea en Bogotá, y pasaron los años sin que nada pareciera estar ocurriendo. Esta semana me llevé una gran sorpresa cuando recibí una botella del Vinding Montecarrubo Syrah 2017, bajo la indicación geográfica “Terre Siciliana”.

Al abrirlo, volví a sentir la potencia expresiva, fresca y luminosa de esa amalgama mineral de magnesio, calcio, sodio, hierro y potasio, extraídos de los suelos volcánicos de su finca. Montecarrubo es y será siempre una revelación de la naturaleza y la obra de un maestro.

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2019-09-28T21:00:00-05:00

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Hugo Sabogal

Gastronomía

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