Entre copas y entre mesas

La conexión francesa

Para ser más específicos, los estudios indican que la vid crecía en tierras españolas desde la era terciaria, o sea, millones de años antes de la aparición del Homo sapiens sobre la tierra.

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Recoger relatos sobre el origen y la evolución del vino español es un ejercicio que continúa atrayendo la atención de investigadores y ensayistas, porque, en esencia, devela detalles de cómo se construyeron los cimientos de la cultura ibérica.

Son tres mil años de ires y venires, que nunca terminarán de sorprendernos.

La versión expuesta por muchos historiadores es que la cultura del vino llegó a la península a bordo de naves fenicias en el siglo I a.C. Los navegantes a bordo elaboraron vinos en los alrededores de sus dos puestos de avanzada en el Mediterráneo: Xera y Gadir, que al castellanizarse tomaron los nombres de Jerez y Cádiz.

También surgió el emplazamiento de Terraconensis, la actual Tarragona, en Cataluña.

Datos más recientes corrigieron estas leyendas, argumentando que la vid venía cultivándose en Iberia mucho antes de la llegada de fenicios, griegos y romanos. Para ser más específicos, los estudios indican que la vid crecía en tierras españolas desde la era terciaria, o sea, millones de años antes de la aparición del Homo sapiens sobre la tierra. Esos tempranos viticultores incluyeron homínidos, neandertales y cromañones, quienes poblaban varios parajes peninsulares. Continuaron la actividad los migrantes indoeuropeos, quienes llegaron a estas costas atraídos por el final de la Edad del Hielo.

Posteriormente, fenicios y griegos refinaron los procesos de elaboración hasta desembocar en la colonización romana. Tras la caída del Imperio y la consecuente devastación de viñedos y poblaciones causada por bárbaros y visigodos (entre el siglo IV y el año 711) sobrevino la ocupación árabe, que se extendió por ocho siglos.

Para fortuna del vino, emires y califas hicieron la vista gorda y les permitieron a los locales reanudar sus cultivos.

Tras la expulsión de los árabes, en 1492, el cristianismo y el vino volvieron a reinar, y su expansión hacia América abrió nuevos frentes.

Hacia mediados del siglo XIX, cuando todo parecía haber llegado a la normalidad, la plaga de la filoxera, especialmente en Francia, echó literalmente a tierra miles de hectáreas de ancestrales plantaciones en todas las zonas productoras.

Para no sucumbir, viñateros de Burdeos y Champaña pusieron la vista en España y descendieron sobre Rioja, Navarra y Cataluña para elaborar allí sus preciados caldos.

Las enseñanzas impartidas por los franceses y la incorporación de artefactos como la barrica de roble de 225 litros fueron determinantes para el florecimiento de numerosas bodegas, que elaboraban vinos bajo supervisión gala, enviándolos después a Burdeos para su comercialización, con etiquetas de los más respetados chateaux. De esa época datan marcas como Marqués de Murrieta, Marqués de Riscal, CVNE y López de Heredia. Estos productores llegaron a enviar más de 50 millones de litros mensuales, cantidad que, por sí sola, demostró que el alumno había superado al maestro.

Lo mismo ocurrió en Cataluña, donde productores de la región de la Champaña enseñaron a los locales a elaborar espumosos. Entre los principales aliados en dicha tarea figuró la familia catalana Raventós, responsable de la fundación, en 1551, de Codorníu, importante bodega que aún existe.

De manera similar a lo que vivió Rioja, el aprendizaje de cómo hacer vinos burbujeantes dio origen al Cava, el reconocido espumoso español.

Estas son apenas dos de las tantas leyendas del vino ibérico en los últimos tres milenios.