Otra historia por contar

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Muy pocas veces la historia de la vainilla colombiana ha visto la luz del día. Y si la ha visto, ha sido por tiempo insuficiente para poder mostrarnos la vastedad de su horizonte.

Quizás alertados por todos los episodios de depredación que nos dan fama, no me sorprende que los investigadores hayan mantenido un prudencial silencio sobre esta riqueza natural, presente en los cuatro puntos cardinales del país.

Los principales polos de la vainilla silvestre son la región amazónica, Chocó, Darién y la costa Pacífica. En estos puntos se concentran las 22 especies hasta ahora no identificadas, lo que convierte a Colombia en un paraíso insospechado. La planifolia es la especia más conocida y producida.

Y pueden ser muchas más. Porque la vainilla es una orquídea. Y en un país donde dicha planta supera las 4.300 especies –también caso único a escala mundial–, la posibilidad de encontrar nuevos ejemplares es bastante viable.

Hoy los proyectos productivos privados en Colombia se cuentan con los dedos de una mano y se despliegan en Antioquia, Caldas y, más recientemente, en Quindío. Por lo general, utilizan híbridos provenientes de Costa Rica, y muy pocos trabajan con variedades autóctonas, ubicadas en zonas apartadas, bajo el cuidado de comunidades ancestrales.

Aunque es originaria del trapecio amazónico, la explotación y evolución de la vainilla tomó un primer impulso en Mesoamérica, adonde llegó como resultado de los intercambios comerciales entre civilizaciones antiguas. Además de encantar a los aztecas y a los mayas con sus seductores aromas, también la consumían mezclándola con chocolate, notable invención basada en el cacao, cuyo origen proviene de la Amazonia y la Orinoquia.

Los más reconocidos productores de vainilla son Madagascar, México y China. Estos tres países atienden una voluminosa demanda, jalonada por su uso en repostería, confitería, gastronomía, perfumería, farmacología y cosmética.

Ante las dificultades intrínsecas para su elaboración, los productores se dividen en tres grupos: los dedicados a la elaboración de vainilla natural (la más escasa y costosa), los que la obtienen mediante biotecnología y los que la fabrican de manera artificial, por medio de un compuesto llamado vainillina, presente en la madera.

Volviendo a la natural, la vainilla es el resultado de un largo proceso de polinización propiciado por la diminuta apis mellifera, una abeja doméstica, que logra ingresar en la estrecha vulva de la flor, flor que solo vive un día. Todos los procesos posteriores (brote, recolección y secado de la vaina, así como extracción de las semillas) tarda meses. Y tras la gradual extinción de la apis mellifera, la polinización debe hacerse ahora a mano y de flor en flor.

Por todas estas razones, la vainilla es costosa. Y a esto se le suman el robo y la especulación. Por lo general, los precios de un kilo oscilan entre US$50 y US$60. Pero se han registrado ocasiones en que las pujas sobrepasan los US$500 por la misma cantidad.

Como ha quedado dicho, el potencial de Colombia es inmenso como fuente de especies originales. Pero vale la pena insistir en que cualquier tipo de producción sostenible debe incluir estrictos protocolos de respeto a la biodiversidad y a los métodos agroecológicos, y procurar la participación de las comunidades ancestrales, responsables de haber hecho posible su supervivencia en forma pura y silvestre durante cientos de años.

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