Renace la buchetta

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Justo ahora, tras la erupción del COVID-19, la buchetta experimenta un inusitado renacimiento, solo que, además de vino, se deslizan por allí pasteles, tortas de helado, espressos, cappuccinos, spritz, Apperol y Campari.

¿Qué instintos de protección traemos desde mediados del siglo XVII cuando la peste bubónica acabó con la vida de más de dos millones de personas en el centro y norte de Italia? El más obvio: aislarse y evitar el contacto físico.

Quienes hayan recorrido las calles de Florencia, Siena o Pisa habrán notado o fotografiado (sin percatarse de su finalidad) unas pequeñas ventanas incrustadas en muros de piedra o al lado de fortificados portones. No fueron puestas allí para dejar entrar la luz. Nada de eso. Su propósito era despachar por el pequeño agujero botellas y garrafas para alegrar almuerzos y cenas o, simplemente, para sobrevivir a la pandemia de turno.

Se les conoce con el nombre de buchetta del vino (o ventanas del vino).

Justo ahora, tras la erupción del COVID-19, la buchetta experimenta un inusitado renacimiento, solo que, además de vino, se deslizan por allí pasteles, tortas de helado, espressos, cappuccinos, spritz, Apperol y Campari.

Hacia 1630, la gente golpeaba la puerta de la buchetta y esperaba a que la abrieran. Luego entregaba el envase y la correspondiente moneda para pagar por la recarga. El dependiente recibía el pomo y, con una manguera, vertía el líquido en su interior, no sin antes meter la plata en un cuenco con vinagre. En ocasiones, y para evitar cualquier tipo de contacto, sacaba la punta de la manguera por la ventana para rellenar el frasco.

Aunque las diminutas ventanas tuvieron su apogeo en el siglo XVII, su existencia se remonta al siglo XIV, cuando la peste negra también hizo de las suyas.

Con el correr del tiempo, y con una población más inmune, la buchetta perdió protagonismo. No obstante, por estos días de coronavirus, su uso vuelve a la escena, agregándole otro atractivo turístico a la Toscana.

El grupo responsable de su promoción es la Associazione Buchette del Vino, que ofrece un mapa interactivo para señalar la ubicación de las más representativas y mejor preservadas. Solamente en Florencia se han identificado y rescatado 150.

En un reciente reportaje, Mary Forrest, una de las fundadoras de la Associazione, habla de la originalidad de diseños, pues ninguno obedece a un patrón repetible, sino a la creatividad de sus constructores. En su mayoría son piezas únicas.

Aunque muchas de ellas están empotradas en residencias privadas y establecimientos comerciales, otras adornan los muros exteriores de bares y restaurantes. Y, por supuesto, han vuelto a abrirse al público.

Lo que todavía mantiene en ascuas al sector de la restauración es la reapertura de sus locales. Las demoras serán mayores en aquellas ciudades donde, por encima de la comida, preocupan temas como la seguridad y el bienestar de clientes y operarios.

Meseros con uniformes bioseguros, mesas sin adornos decorativos, recipientes de vinagre y aceite de oliva solo por pedido, menús digitales enviados por teléfono, menajes desechables, capacidades reducidas, áreas protegidas con plexiglás, ambientes limpios -casi clínicos o industriales-, comandas virtuales y pagos con aplicaciones y códigos QR. Solo algunos restaurantes de lujo ofrecerán experiencias fuera del local para que el cliente sienta que “salió a comer, pero dentro de casa”. Comenzará un nuevo y confuso período en el que restauradores y comensales deberán aprender a desenvolverse y a relacionarse entre sí. Por un tiempo largo será la “nueva normalidad”. Esto o la buchetta.

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