Volviendo a ser las que fueron

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Esta historia no quedaría completa sin hacer memoria de cómo llegó la cultura del vino al continente americano.

Si bien es cierto que el consumo se mantuvo entre los miembros de las tripulaciones de Cristóbal Colón durante los cuatro viajes por las Antillas y las costas centroamericanas, los intentos de plantar vides y sembrar semillas de uva en los nuevos territorios resultaron fallidos. Impidieron su propagación la falta de condiciones climáticas apropiadas y la predominancia de ambientes adversos como la humedad del Trópico.

Quien sí libró una batalla intensa para extender los cultivos fue Hernán Cortés, pues como gobernador de México impuso, a partir de 1525, la plantación de viñedos. Fue en tierras del Imperio Azteca donde surgió el primer vino americano, gracias a estar en la franja vitícola mundial del hemisferio norte.

La práctica se propagó por varias comarcas costeras del Virreinato de Perú, cuyo radio de acción se extendía desde Panamá hasta Chile. La segunda plaza vitivinícola en importancia fue Perú (1538), seguida de Chile (1548) y Argentina (1561). Sin duda, les favoreció el hecho de figurar entro de la franja vitícola del hemisferio sur.

¿Qué vides se plantaron? Las apropiadas para obtener vinos sencillos destinados a la evangelización y, de paso, a la hidratación de los colonizadores. Se trataba de variedades conocidas por los jesuitas, cuyo papel fue clave en la expansión de la cultura del vino en América. Entre las elegidas figuraron la Moscatel de Alejandría y la Pedro Ximénez (blancas), lo mismo que la Listán Prieto (tinta), uva castellana trasladada a las Islas Canarias para reducir los tiempos de viaje hasta las colonias americanas.

De estos cepajes y de sus múltiples cruces se nutrieron los inicios de la cultura enológica de California, donde la Listán Prieto se rebautizó con el nombre Mission Grape (uva Misión), como tributo a la labor de los ignacianos en estos empeños. En Chile se impuso el apelativo de uva País y en Argentina, el de Criolla (Grande y Chica).

Durante más de dos siglos, estos frutos rústicos, colgados de parras generosamente productivas, sirvieron de base para impulsar la viticultura austral. Generaban caldos de alto volumen y baja calidad. Desde la segunda mitad del siglo XIX comenzaron a perder fuerza tras el arribo de las cepas “nobles” europeas, como Cabernet Sauvignon, Carignan, Pinot Noir, Merlot, Malbec, Bonarda y la blanca Semillón. La única variedad local que logró subir de estatus –gracias a sus propiedades aromáticas y refrescantes, sin sacrificar sus notas rústicas– fue la argentina Torrontés, producto de un cruce entre Moscatel de Alejandría y Criolla Chica (Listán Negro).

Hoy, y gracias al interés de jóvenes enólogos, las criollas viven un interesante renacimiento en California, Chile y Argentina, dando lugar a vinos frescos y fáciles de beber, muchos de ellos naturales, o sea, sin aditivos. Más importante aún, representan una conexión con el pasado local.

Apuntan a bebedores jóvenes y a conocedores que buscan escapar de lo habitual. Vinos hechos con Misión, País y Criolla se abren espacio en las cartas de innovadores restauradores en Londres, Nueva York, Barcelona y Tokio. A todas luces son un interesante retorno al origen y una manera de brindar experiencias sugestivas.

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