El día que la vida se detuvo

Una pesadilla que no termina.

Ciudad fantasma

Pipriat fue construido para los trabajadores de Chernóbil en 1970. Cerca de 50.000 habitantes fueron desalojados 36 horas después de la explosión nuclear.

Pripiat quedó congelada en el tiempo el 29 de abril de 1986, cuando un error de cálculo en un experimento se convirtió en el peor desastre nuclear de la humanidad. Ese día, en la central de Chernóbil explotó por recalentamiento el reactor número cuatro. Era la 1:24 de la madrugada, pero los habitantes solo se enteraron 36 horas después, cuando ya se habían expuesto a una descarga radiactiva equivalente a 500 veces la bomba atómica. La decisión del gobierno de ocultar la dimensión de la tragedia ha impedido que 25 años después se pueda medir la magnitud de la tragedia.

Al día siguiente de la explosión se encontraron partículas radiactivas en la central nuclear de Forsmark, ubicada en Suecia, a más de 1.000 kilómetros de Chernóbil. Fueron los suecos los que alertaron al mundo sobre lo que sucedía, mientras cerca de 50.000 personas de Pripiat seguían su vida normal, apenas sobresaltados por el inusual calor que sintieron aquel sábado.

Esta ciudad había nacido en 1970 como la sede de miles de trabajadores de la central nuclear que aseguraría el abastecimiento de energía de la entonces Unión Soviética. Su nivel de vida era más cómodo que en el promedio de ciudades rusas. Era próspera y bonita. Hoy es una ciudad fantasma que es visitada ocasionalmente, con permiso y supervisión del gobierno, por grupos de turistas. Pripiat es el epicentro de la zona de exclusión, creada 30 kilómetros alrededor de Chernóbil para asegurar que ningún asentamiento humano se establezca allí.

Dos días después de la explosión, el gobierno ruso reaccionó y evacuó durante una semana más de 130.000 personas, mientras 600.000 voluntarios entre bomberos, policías y militares se quedaron como “liquidadores”. Fueron los encargados de limpiar el desastre de la explosión y de construir un escudo de hormigón que permitiría aislar el reactor y la fuga radiactiva. Según cifras de la Asociación internacional de médicos para la prevención de la guerra nuclear, hasta 2006, 100.000 de ellos había muerto mientras el resto habían quedado inválidos.

Es inevitable comparar esta tragedia con la que han vivido cerca de 50.000 japoneses que viven dentro del radio de 30 kilómetros alrededor de la estación nuclear de Fukushima, afectada por el terremoto y posterior tsunami del 11 de marzo.

La primera diferencia, y que marca el tratamiento de la catástrofe, es que el gobierno japonés ha manejado de manera un poco más transparente la situación que se presentó no por un error humano, como en Chernóbil, sino por un desastre natural.

Los expertos señalan, además, que en Fukushima hay unas estructuras de contención que han evitado la fuga de nubes radiactivas hacia la atmósfera, como no ocurrió en Chernóbil.

Lo que realmente preocupa es que aún 25 años después no hay un consenso sobre los daños en la salud que produjo la explosión sobre un millón de seres humanos que, según cree las Naciones Unidas, estuvieron expuestos a la intensa radiación el primer día del accidente.

Hace más de diez años se están produciendo informes, estudios y diagnósticos, pero no es posible determinar con precisión los efectos de la radiación. Un informe de la ONU, revelado en el año 2000, indicó que fueron unos 30 trabajadores los que murieron directamente por la explosión y habló de un importante aumento de incidencia de cáncer de tiroides en niños, pero sin determinar cifras concretas.

Luego, la Agencia para la Energía Nuclear presentó un balance en el que confirmaba el aumento de cáncer de tiroides infantil en Bielorrusia y Ucrania. En 2005, se produjo el Foro de la ONU sobre Chernóbil. En su informe concluye que el número total de defunciones atribuidas a la explosión, más las muertes de trabajadores de servicios de emergencia y residentes de las zonas más contaminadas que se producirían en el futuro, serían de 4.000 aproximadamente. Un año después revisaron el estudio y elevaron la cifra a 9.000 muertes.

Al poco tiempo, Greenpeace salió a contradecir a la ONU. En su propio informe, calcularon que unos 270.000 casos de cánceres podían ser atribuibles a Chernóbil, y que unas 200.000 muertes adicionales se habían producido entre 1994 y 2004, dejando claro que se presentan otros problemas del corazón, respiratorios o del sistema inmunológico, entre otros.

En 2006, el Partido Verde Alemán presentó su propio balance, cuestionando que la ONU no hubiera analizado las consecuencias en otros países europeos, y determinando que el accidente dejaría entre 30.000 y 60.000 muertes por cáncer.

Ese mismo año, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer publicó su propia conclusión, llegando a afirmar que era improbable que los casos de cáncer debidos al accidente pudieran ser detectados entre las estadísticas nacionales de cánceres. Y concluyeron que se podrían esperar 16.000 muertes por cáncer hasta 2065.

Lo cierto es que los daños no son solo físicos, ya que las propias autoridades ucranianas y la ONU han reconocido que los efectos en la salud mental son apabullantes: “Los efectos de Chernóbil en la salud mental son el mayor problema de salud pública desencadenado por el accidente hasta la fecha”. Y de esta situación no estará exenta la sociedad japonesa.

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