El niño que aprendió a cantar en un balde de agua

A Joe Arroyo (Cartagena, 1955-Barranquilla 2011) lo dieron por muerto muchas veces. La primera fue el 7 de septiembre de 1983, luego de que los médicos lo desahuciaran.

 La noticia fue desplegada en portada en uno de los periódicos matutinos de Barranquilla. Lo único que se le ocurrió decir con espanto fue: “¡Mandan huevo, cuadro! ¿Cómo me hacen esta vaina?”. Años después, oyó por una emisora de Barranquilla la misma primicia: su propio fallecimiento. “Hay un locutor que no se cansa de matarme en las noticias”, dijo sorprendido el Joe. Luego, en diciembre de 2010, lo mataron las redes de Facebok y Twitter: “Acaba de morir el Joe Arroyo. Que en paz descanse”. Su esposa, Jacqueline, y su mánager, Luis Ojeda, tuvieron que desmentirlo. Más tarde fue un periódico de Bogotá, y también el twitter de Willie Colón: “Ha muerto Joe Arroyo. Q. E. P. D.”.

Hasta en el pasado Festival Nacional del Porro, en San Pelayo, pidieron un minuto de silencio por su alma. Pasó un mes más y entonces llegó la madrugada del 26 de julio de 2011, luego de que monseñor Víctor Tamayo le aplicara los santos óleos la noche anterior. “He perdido la cuenta de las veces en que me han dado por muerto”, había confesado Joe en varias oportunidades. Sólo que ahora resultó cierto.

Las muertes anunciadas de Joe Arroyo formaron parte de su leyenda personal. Su destino fue singularmente dramático en este sentido. Tuvo que sufrir la muerte de su amiga de infancia Catalina, que murió ahogada en el mar de Cartagena y fue inmortalizada en la canción Catalina del Mar, en la que Joe le clama al mar que se la devuelva; y su hija Tania, fallecida a los 26 años en 2001, a quien había compuesto una de sus canciones más populares, Tania; la muerte violenta de su hermano la noche en que los aviones norteamericanos se tomaron el centro de Panamá para capturar al general Manuel Antonio Noriega, en 1990; y la muerte de su propia madre en 2001. Todos esos dramas perturbaron el alma sensible del ídolo musical, quien terminó confesando que había tenido que convertir el dolor en música.

Así empezó todo

La última vez que fuimos a la casa de Joe Arroyo, en Barranquilla, a entrevistarlo, hace ya algunos años, estaba huidizo de dar declaraciones. El diálogo se logró gracias a su compadre y empresario Ángel Thorrens. Fue así como el artista nos recibió en su casa y nos contó cómo empezó su vida musical.

“No me recuerdo sino cantando. Siempre estaba cantando en la casa de Canapote, donde nací. Tenía unos 7 u 8 años y mi costumbre era meter la cabeza en una lata vacía de manteca para cantar. Me gustaba cantar baladas. Lo que se oía por la radio. Raphael. Los Ángeles Negros. Los imitaba. Me gustaba oír el eco de mi voz dentro de la lata. Me gustaba escuchar cómo se iba mejorando, perfeccionando la voz. En verdad, no había ambiente para que yo fuera músico. Mi primer instrumento musical fue una peinilla que forré con papel aluminio, mientras soplaba y sacaba las primeras canciones. Así me fui convirtiendo en un cantante de barrio, en el cantante de mi casa. Pero en ese entonces, ser cantante era lo más terrible para una familia. Se creía que todo cantante terminaría siendo un caso perdido, un cantante de borrachos.

Dos referencias musicales tuve en aquel entonces: El Maestro Lezama y el Pollo Sotomayor. Yo estudiaba en el Colegio Santo Domingo y cantaba en las misas. Por las noches, cantaba en los bares de la zona de tolerancia de Tesca, y me ganaba 100 pesos, con los que pagaba mi colegio y compraba ropa. Una noche yo cantaba sobre una mesa, cantaba sones, toda la música antillana y africana que iba llegando de contrabando al puerto de Cartagena, y de pronto veo entrar por la puerta del bar a mi profesor de Física –que todos llamábamos Meteorito–. Venía vestido con una camisa anaranjada que alumbraba, y lo primero que dijo al entrar al verme fue: ¿Y usted qué hace aquí? Lo mismo me pregunté yo, aturdido entre la multitud del bar El Príncipe: Profesor, ¿y usted que hace aquí? Él no podía creerlo: yo era un niño, era el solista de la coral, el escogido para las misas cantadas, y en una noche todo parecía venirse abajo, al descubrirme mi profesor de Física en uno de los bares de Tesca. Cantar ahí era un secreto. Iba con un vestido de cantante, con las camisas brillantes y ajustadas de la época, los zapatos con carramplones, las patillas largas y los pantalones de bota ancha.

El Meteorito denunció mi presencia en Tesca ante la Rectoría, y fui suspendido del colegio. Fui echado del colegio. ¡Semejante escándalo! ¿Quién iba a reemplazarme en las misas cantadas? Ocurrió entonces que días después llegaba de Bogotá el arzobispo y la coral preparaba un concierto. Fueron a mi casa y me pidieron que me reintegrara a la coral. No había quién me reemplazara en el colegio en las misas cantadas. Me entraron unas ganas enormes de irme de la ciudad, de meterme en una orquesta. En Cartagena estaban el Nene, Víctor del Real, el Gato, un gran trombonista. Yo era un muchacho de catorce años, biche apenas, con la obsesión de seguir cantando. Y un día en pleno recreo, casi sin pensarlo dos veces, me embarqué en un bus rumbo a Barranquilla. Estaba en su apogeo Michi Sarmiento, pionero de la salsa, con su Combo Bravo, y Joel Hurtado.

Antes de hacer Tania, a los 18 años, yo había compuesto otras canciones en el colegio, pero se me perdieron. Eran canciones que hablaban del amor, de los problemas sociales. Para mí una canción es una pequeña novela de tres minutos. Hay veces que la canción aparece de pronto, el sonido me toca las manos, y de ahí van saliendo las palabras. Hay otras en las que parezco poseído. Por ejemplo, A mi Dios todo le debo fue una canción que no me explico cómo surgió. La canción estaba dándome vueltas, no me dejaba tranquilo, me calentaba las manos, me seguía como una sombra. Cerré los ojos, me dejé llevar por el sonido, por la clave del sonido, como si fuera un dictado de sonidos, y cuando quise ver, ya la canción estaba en mis labios. Creo que otras canciones las he soñado, como Catalina del Mar. Me despierto con el raro sabor de una canción que ha estado girando sin hacerse realidad, y al despertar, empiezo a armar ese sonido dispendioso que es juntar el rompecabezas de una canción soñada, como si la hubiera imaginado. Yo creo en esa fuerza. Creo en Dios. Esa es la fuerza de la vida. Es como el sol. Es como un espejo. Es que Dios es un espejo, ¿sabes? En todo momento, es como un espejo. Es un gran espejo. ¿Qué seríamos sin ese espejo? ¿Quién nos daría los cocotazos y las jaladas de oreja?”.

Tras las huellas de su infancia

Luego del diálogo con Joe Arroyo, tuvimos el privilegio de visitar a Ángela González, su madre, poco antes de que ella falleciera. Vivía en el barrio El Socorro, en Cartagena. Recordó en su conversación, la casa donde nació Joe:

“Fresca, grande, con dos piezas, una salita, un comedor, todo de madera y techo de zinc, y en el patio, un enorme tamarindo. No sé si exista la casa. Es probable que la hayan tumbado. El tiempo no tiene compasión con las casas viejas. Fue en Canapote. Allí nació Álvaro. El día de todos los ángeles. Un primero de noviembre de 1955. Nació en el Hospital de Santa Clara. Era un niño fuerte y ligero. A los nueve meses caminaba. Nadie era músico en la casa. Los abuelos paternos de Álvaro José Arroyo eran comerciantes en Colón, Panamá.

No lo recuerdo jugando como todos los niños de su edad. Lo recuerdo cantando en todo momento. Nació con ese don. No lo recuerdo pateando una bola o corriendo como los demás niños. Lo veo cantando en el tanque de echar agua, metiendo la cabeza en todos los tanques que encontraba vacíos en la casa. Se asomaba en ellos, pegaba un grito para oír el eco y seguía cantando como si el tanque fuera un micrófono. Lo recuerdo golpeando unos palitos en una latica, inventándose un combo de músicos finos en la cuadra. Lo recuerdo poniendo serenatas desde niño. Ahí estaba pintado él. Tenía un año y medio cuando se le dio por ponerle serenatas a María, la hermana de mi comadre, a quien convidaba al monte a bailar. Mientras María lavaba debajo de la sombra del tamarindo, él tocaba los palitos en la latica recostado en la cerca, formaba sus zaragatas en las mañanas mientras María restregaba la ropa sucia, y él parecía embobado frente a la babaza que se escurría de la batea de madera. No dejaba de cantar y tocar frente a esa mujer que tenía las trenzas largas y la piel del color del mamey.

No recuerdo haberlo castigado más de dos veces. Su vida de niño en ese barrio tranquilo donde todo el mundo se conocía era la misma de cualquier niño de su edad, con la diferencia de que no jugaba al escondido o a la bola, sino a la música. Su juego era oír la música, estarse pegado en la vieja radiola escuchando aquellos discos de 45 revoluciones por minuto, y creer quizás que el público eran las sombras del tamarindo donde lavaba María. Mi comadre Sara venía con su lata de agua al hombro del Paseo Bolívar, cuando vendían menudiado el agua a puro centavo, y lo único que la consolaba del cansancio de ese viaje de agua era oír al pelao cantando sus canciones, esperando que se achicara la lata de agua para cantarla con eco. Al principio creíamos que eran juegos de niño, nos acostumbramos a verlo recostado en los rincones golpeando la latica, pero a medida que crecía la música se mejoraba. Ya no era el berroche de la cuadra. Era lo que quería ser. Y un día, siendo apenas un niño de apenas diez años, me dijo que lo que quería ser era cantante, y había descubierto que en la subidita del barrio Manga, por los lados de Campo Alegre, había una casa de grabación llamada Fuentes, y allí quería grabar su primera composición. Yo le dije, mijo, tú te estás volviendo loco con la música. Se le metió en la cabeza que debía grabar una canción, que ya la tenía casi madurita. Y se le cumplió a los dieciséis años al grabar en Medellín con Fruko. ¿Se acuerda de El Caminante? Se casó muy temprano y se hizo padre de dos mujeres: Tania y Adela.

No pude creer lo que me dijo el profesor de que Álvaro había sido castigado en el colegio por frecuentar los lugares de las mujeres corrientonas, y que cantaba sobre las mesas por las noches con la misma alegría y entusiasmo como lo hacía en la iglesia. Yo eso no podía creerlo. Le dije al profesor: ¿No será que lo habrán confundido? Álvaro Arroyo, el mismo muchacho de las misas cantadas, el de la buena compostura, que ha representado al colegio en el Teatro Cartagena. Sí, me dijo, su hijo es una maravilla, pero ha incurrido en esta falta. El profesor de Física lo descubrió allá. Le dije al profesor que yo estaba ignorante de lo que hacía mi hijo por las noches. Yo creía que andaba en las clases de música con el Maestro Tiburcio Romero. Nunca imaginé que de ahí se fuera para Tesca.

Yo trabajaba de camarera en un hotel, durante diez años trabajé en ese oficio en Residencias Bocagrande. Fui el padre y la madre para Álvaro, éramos pobres, pero a Dios gracias nunca nos faltó nada”.

Que la muerte me llegue cantando

Una de las preguntas que le desconcertó a Joe en la entrevista de Barranquilla fue sobre la muerte. “¡Cómo me vienen con esas preguntas, coño! –dijo riéndose–. He estado muy cerca de la muerte. Pero no le temo. Solamente por los hijos. Quisiera llegar a viejo pero cantando. Quiero hacer un álbum con el estilo de los años en que estaba con Fruko. Esa fue una etapa de oro de mi vida, y fue un gran momento para la salsa de Colombia y del continente. Yo no he dejado de componer, inclusive cuando he estado cerca de la muerte. Tú sabes que estuve moribundo, con eso de la tiroides que todo el mundo decía que era la droga. Sí, estuve en la droga, conocí ese infierno, jugué a la candela, y le gané a la candela. Yo estoy vivo porque los barranquilleros quisieron que estuviera vivo. En el peor momento de mi vida, sentí el apoyo de Barranquilla, por eso vivo aquí, por eso hice la canción En Barranquilla me quedo”. Y allí murió, tal como lo había prometido. El Joe. El niño que aprendió a cantar con una lata de aceite en la cabeza.

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