La difícil situación africana

La sequía se veía venir. Entre 2008 y 2009 las lluvias bajaron dramáticamente en el Cuerno de África, los precios de los granos empezaron a subir y el del ganado a bajar en picada.

Regiones como la baja Shaabeell, una de las más fértiles de Somalia, regada por el río del mismo nombre, empezaron a expulsar los primeros ganaderos y agricultores que prefirieron irse a Kenia para salvar algo de su patrimonio. Los demás se quedaron esperando la lluvia que nunca llegó. Hace más de un año no cae una gota de agua sobre este territorio.

Los expertos habían advertido los efectos letales del calentamiento global sobre el oriente africano, una zona históricamente golpeada por guerras, enfermedades y hambre. Mientras las alertas se lanzaban desde las organizaciones humanitarias, los pastos se secaron y el ganado empezó a morir. Los civiles, ya sometidos al rigor del conflicto entre el gobierno de transición y grupos islamistas, empezaron a sentir la escasez:

El sorgo rojo de Somalia subió 240% en los últimos meses, en Etiopía el maíz amarillo cuesta 117% más que el año pasado y el maíz blanco del norte de Kenia, vale 58% más. Los pastores que vivían del intercambio perdieron su inversión. Antes, con un saco de 90 kilos de maíz, compraban una o dos cabras, ahora necesitan cinco sacos. De hecho, los analistas aseguran que más de un millón de cabezas de ganado morirán este año.

¿Entonces por qué el mundo se sorprende con las crudas imágenes de los niños esqueléticos que coparon los medios de comunicación?

Las dramáticas historias de familias con media docena de hijos famélicos caminando durante varias semanas para cruzar la frontera con Kenia y alcanzar el refugio Daabab se empezaron a ver desde comienzos de este año. En contraste, la declaratoria oficial de hambruna en dos regiones de Somalia fue expedida por la ONU el pasado 20 de julio. Y, como se preveía, con el paso de los días la situación empeoró. Las regiones afectadas ya son cinco y se pronostica que antes de octubre, cuando se supone debe volver a llover, sean ocho zonas de este país las golpeadas por el hambre.

Ahora las historias que trascienden son las de mujeres que cuentan cómo deben abandonar a sus niños más pequeños en el desierto. Solo así pueden soportar la marcha en busca de agua y alimento con el resto de su familia. Como suele suceder en este tipo de situaciones, son los niños los que sufren más y los que mueren más rápido. Según la ONU, 29.000 niños menores de cinco años han muerto en Somalia y 640.000 sufren de malnutrición.

Pero la situación se extiende más allá: en total son más de 12 millones de personas afectadas por el hambre en Somalia, Etiopía, Yibuti y Kenia, el conocido Cuerno de África. Este organismo, que está en Somalia desde hace 20 años cuando empezó la crisis política con un golpe de estado, reconoce que es “la más severa crisis humanitaria” en el mundo y la peor de seguridad alimentaria desde la hambruna registrada en 1991 y 1992, también en Somalia.

Y no es casual que hoy, como hace 20 años, sea la situación política la que marque el rumbo de la crisis. Somalia no ha logrado consolidar un estado desde entonces. Hoy la rige un gobierno transitorio que nunca pudo controlar todo el territorio y que se lo ha tenido que disputar con grupos armados de todos los pelambres, desde los piratas marítimos hasta los extremistas como Al Shabab, adscritos a Al Qaeda.

Es este grupo el que más fuerza ha tomado, el que hace dos años expulsó de Somalia a los organismos humanitarios y el que impide la llegada de los alimentos y la salida de los refugiados. Testimonios de las víctimas aseguran que los hombres armados matan a los que reciban comida. “La ayuda viene del infiel”, sentencian. Y disparan.

El hecho de que Estados Unidos los haya declarado como organización terrorista ha complicado la asistencia humanitaria porque impone unas restricciones a la entrega de comida en sus áreas de influencia.

Además, el Programa Mundial de Alimentos, que tiene la infraestructura necesaria para proveer la ayuda, no puede hacerlo porque gran parte de su financiación proviene de Estados Unidos. Eso los convierte en infieles y blanco de los ataques islamistas.

En medio de estos dilemas políticos, los refugiados que logran atravesar el desierto y llegar a Kenia no cuentan con mejor suerte. El refugio de Dabaab, el más grande del mundo, fue creado en 1992 y tiene capacidad para 90.000 personas, pero a la fecha alberga 400.000 somalíes. Los que llegan deben hacer una fila que puede durar varias semanas, sin comer ni tomar agua, para inscribirse. Esto les da derecho a recibir comida dos veces al mes y una parcela. El problema es que el gobierno de Kenia declaró hace años que ya no queda tierra para adjudicar y los alrededores del campamento están llenos de tiendas hechas con cartones debajo de los árboles.

El refugio de Dollo Ado, en Etiopía, no presenta un mejor panorama. Esta semana Acnur (la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados) ya empezó a reubicar a 15.000 personas que estaban hacinados en este hogar de tránsito. Mogadiscio, la capital somalí, no es la más apetecida para huir, porque al estar controlada por el gobierno de transición, los rebeldes de Al Shabab la tienen sitiada, no permiten el paso de refugiados y atacan todos los días los vehículos que llevan la ayuda.

En semejantes condiciones la mayoría de los niños no sobrevive en los campamentos debido a su extrema debilidad, las enfermedades pululan y la situación se hace insostenible. Pero no hay muchas opciones. Si se quedan en los refugios, no podrán trabajar, no pueden volver a sus viviendas y no les queda más que vivir de la ayuda internacional. ¿Hasta cuándo?

La solución de fondo no asoma a la vista. Está comprobado que la asistencia humanitaria sólo logra paliar levemente los efectos de la hambruna, pero no ofrece una alternativa sostenible, que pasaría por desarrollar zonas agrícolas y pecuarias en cada uno de estos países, crear centros de abastecimiento seguros y garantizar que los gobiernos locales reserven presupuesto para invertir en pozos, fertilizantes, semillas y en prepararse para el siguiente desastre.

Pero no pareciera que eso fuera viable ahora en Somalia, donde el conflicto se recrudece y el gobierno de transición no da señales de consolidación y control. Mientras tanto, la ayuda internacional tampoco es la más efectiva. La ONU ha dicho que se necesitan 2.500 millones de euros para atender la crisis en Somalia, y aún falta conseguir 1.400 millones de euros.

Una cumbre que se iba a realizar esta semana en Etiopía, convocada por la Unión Africana para que los gobernantes y las organizaciones internacionales recaudaran fondos, se pospuso dos semanas. Incluso algunos analistas hablan de la fatiga de los donantes, que no es otra cosa que el cansancio de la gente de entregar dinero para ayudar a África sin percibir que la situación mejore. Por ejemplo, el año pasado, el PMA lanzó una campaña para recoger 500 millones de dólares para combatir al hambre. No recibió ni la mitad.

En este punto de la crisis ya se empiezan a repartir responsabilidades y la principal crítica hoy recae sobre los líderes políticos que pareciera que solo actúan cuando ven las escalofriantes imágenes de niños muriendo de inanición en la televisión o en la portada de los periódicos.

Ya los corresponsales de los medios de comunicación perciben el fastidio de los refugiados, quienes aseguran no soportar más a los periodistas y a los diplomáticos bien vestidos y escoltados que se limitan a visitar los campamentos, mirarlos e irse para que todo siga igual.

Y es justamente ese campo de refugiados de Dabaab, el más grande del mundo, el símbolo de lo que significa esta tragedia. Fue creada en 1992 para responder a la primera hambruna de Somalia y 20 años después de una fuerte presencia de la ONU y decenas de organismos humanitarios, todavía sigue siendo eso: un refugio al que no paran de llegar desharrapados. Varios de los hijos de las primeras víctimas del hambre en llegar en 1992 siguen allí y son los encargados de recibir esta nueva oleada de hambrientos. Como para morir de frustración.