Los niños cosacos juegan a la guerra

Uno de los rituales del entrenamiento, para “volverse hombres”, consiste en someterse a una golpiza durante tres minutos. Uno de los niños dijo: “Valió totalmente la pena”.
Los niños cosacos juegan a la guerra

Parece una aberración: un grupo de jóvenes cruza un río en uniforme de camuflaje liderado por un niño que protege a sus compañeros con un poderoso rifle. Parece (y de hecho lo es) un estricto entrenamiento militar y, sin embargo, esos soldaditos no están en guerra sino de vacaciones en un campamento de verano. ¿Qué organización de turismo es capaz de ofrecer semejante paquete de diversión?

Ninguna, a no ser que sea una organización cosaca. El pasado agosto el fotógrafo Gleb Garanich, de la agencia Reuters, y el periodista Simon Shuster, reportero de la revista Time, fueron testigos de excepción de semejante plan vacacional. Se trata del entrenamiento militar al que son sometidos cientos de niños cosacos, no solo en Crimea sino en otras regiones de Ucrania y de Rusia, como parte del plan de los cosacos de revivir sus tradiciones culturales y militares, prácticamente desaparecidas durante el régimen estalinista de la Unión Soviética.

Históricamente, los cosacos surgieron en Ucrania y otras regiones del sur de Rusia alrededor del siglo XIV como organizaciones independientes de eslavos, unidos por una misma tradición cultural y religiosa, y por un fuerte sentido militar. En pocas palabras, los cosacos son un pueblo guerrero por antonomasia, como lo fueron los espartanos y los vikingos de la antigüedad, que crecieron prácticamente libres y autónomos con la complacencia del gobierno ruso, con la condición tácita de defender militarmente al imperio de los embates foráneos.

Ligados en su mayoría a la Iglesia ortodoxa rusa, defendieron durante años al imperio, y en la Revolución Bolchevique se hicieron al lado de la monarquía, motivo por el cual, al subir al poder, Stalin quiso desaparecerlos de la faz del planeta. Su plan, sin embargo, tuvo que ser suspendido con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, donde era indispensable la experiencia militar de los aguerridos cosacos. Curiosamente, durante el asedio de las tropas de Hitler, los cosacos no estaban muy convencidos de a quién defender, y sirvieron a Alemania y a URSS dependiendo de los intereses de cada comunidad.

Finalizada la guerra, Stalin no sólo no agradeció la entrega de los cosacos, sino que volvió a su misión de exterminarlos, cosa que estuvo a punto de lograr, pues las comunidades militares cosacas fueron prácticamente proscritas de la Unión Soviética. Millones de cosacos fueron ejecutados, y millones más fueron a parar a los famosos gulags, campos de concentración que con tanto escalofrío describió el escritor (cosaco, por supuesto) Alexander Solzhenitsyn.

La caída del Muro de Berlín, la desaparición de la URSS y el cambio de régimen en Rusia han permitido a los cosacos resurgir de sus cenizas en los últimos 20 años. No solo abogan por la unión eslava sino que han recuperado sus costumbres, sus ritos y sus credos, incluida su abierta vocación militar, que ahora intentan reafirmar en sus descendientes, en campamentos vacacionales donde los jóvenes cosacos se empapan de las tradiciones de sus antepasados.

La intención del estado ruso de dejar a los cosacos reavivar sus creencias y su sentido de pertenencia social, no es mirada con buenos ojos por las autoridades ucranianas, no sólo porque ya han sufrido en carne propia algunos brotes de rebeldía cosaca, sino porque aquellos campos vacacionales podrían estar ocultando la conformación de un verdadero ejército independiente en el futuro.

Por el momento, la preocupación mayor es la de los desafíos que deben vencer los niños para, según el líder del campamento, Viktor Vodolatsky, “volverse hombres”. Según relata Simon Shuster para Time, el más sorprendente es el que consiste en recibir, durante tres minutos, una paliza que los deja golpeados y ensangrentados. Uno de ellos, de 15 años, preguntado por Shuster sobre lo que acababa de vivir, contestó: “Valió totalmente la pena, me sentí como si hubiera vuelto a nacer”.