Alma Rodríguez, la nueva Robin

En El laberinto, del Canal Caracol, Alma Rodríguez es la encargada de interpretar el personaje que inmortalizó Cristina Umaña en La mujer del presidente.
Alma Rodríguez, la nueva Robin

Una asesina madura que ahora muestra su lado sexy.

Hace 15 años, cuando Alma Rodríguez era una adolescente de pintas raras que entre “under” y punk, pelo de colores, música de Sex Pistols y una actitud más impulsiva que rebelde, también veía La mujer del presidente. Así conoció a Robin, esa mujer andrógina y fuerte que inmortalizó Cristina Umaña y que por alguna razón la marcó, tanto que en un día de crisis se rapó la cabeza como el personaje de la serie.

Hace unos meses Alma, sin ninguna pinta rara y con un aspecto entre sexy y urbano, presentó el casting para hacer ese papel en El laberinto, la continuación de la exitosa serie de los años 90. Esta vez no tenía ninguna crisis y el día que fue a presentar la prueba para representar a Robin cogió unas tijeras y, sin pensarlo mucho, se trasquiló el capul.

La cara le cambió, su intención era parecer más ruda, quitarle cierta dulzura a su mirada e imaginarse a una Robin de casi cuarenta años. Todo un reto, pues tiene 29 y, además, debía reemplazar a Cristina Umaña, la única de los actores principales que no pudo hacer parte del proyecto.

Alma todavía tiene el capul así, aunque ya terminó de grabar. Le gusta como se ve. Fuera de las cámaras es femenina, espontánea y más habladora que Robin. Ahora está tranquila pero cuando recuerda el proceso para convertirse en la asesina y fiel amiga de Carlos Alberto Buendía (Robinson Díaz), respira y cuenta que no fue fácil.

Estaba compitiendo por el papel con otras actrices con más reconocimiento en el medio: Zharick León, Noëlle Schonwald, Adriana Campos y Ángela Carrizosa. Pero no se intimidó y en un día hizo tres pruebas. En una escena le pasaron una foto cualquiera y le dijeron que era alguien que tenía que matar. Resultó ser una foto suya. Una coincidencia que nadie ha podido explicar. Luego el director Jaime Osorio (El páramo) decidió arriesgarse con otra prueba, esta vez con maquillaje que la hiciera ver mayor y en una escena con Robinson. Llegó, hizo su papel y la prueba quedó en la primera toma.

Pero Alma tenía otro obstáculo: empezaban grabaciones la semana siguiente, después de que le tocó dejar un papel en la serie La promesa. “El proceso para llegar a Robin fue de viernes a lunes. El director fue duro conmigo, me decía que no le daba miedo”, cuenta. Trabajó con la imagen que tenía en su memoria, volvió a ver a sus amigos punk, retomó contactos de hace años y empezaron a aparecer actitudes, expresiones y dichos de la calle.

Estaba lista para ser Robin, la mujer que mantiene algo del muchachito de hace años, pero que tres lustros después ha experimentado una fuerte evolución emocional, sin familia ni amigos, con la frustración de haber querido solo a un hombre y ahora transformada en una matona infiltrada.

“Ha sido grato porque me creen, no es un personaje de fantasía”, dice Alma con emoción y, sobre todo, agradecida con las palabras del público que le escribe en las redes sociales y que vio La mujer del presidente. “Lo más bonito que me han dicho es que se ve orgánico”.

Para gran parte de la audiencia, Alma no es un rostro familiar, aunque ha participado en producciones como Chepe Fortuna, Sin senos no hay paraíso, Doña Bárbara, Mujeres asesinas y Valentino el argentino.

Pero estos son solo los primeros frutos de su carrera, que comenzó entre la pintura y su trabajo como bartender en el desaparecido restaurante Intermezzo, donde conoció a Luis Fernando Hoyos, quien al ver su torpeza motriz le sugería que fuera actriz de comedia. Alma no le creía y un día aceptó ir a un taller dictado por él. “Terminé enamorada de la actuación, era feliz creando situaciones. Me retiré de artes plásticas y entré a artes escénicas en la Academia Superior de Artes”.

Allí estuvo tres años y en medio de otra crisis en la que ya no disfrutaba del espacio creativo donde estaba, se fue. Hizo teatro con Misael Torres y Ana María Sánchez, y luego fue la única mujer de la versión de La tempestad, del director polaco Pawel Nowicki. Allí tuvo su primer contacto con Robinson Díaz.

Robin le ha dado un poco más de protagonismo, en la calle ya empezaron a reconocerla. No está en la cima, ella lo sabe, pero sabe cómo manejarla desde el piso 28 donde vive en el centro de Bogotá. Desde allí mira con tranquilidad cómo la ciudad se prende de noche, muy relajada, con el computador en las listas de canciones y ritmos que no pasan en la radio: blues, funk, jazz, electrónica, milonga y son. En la mesa, un café, en el suelo un libro de dibujos de Tim Burton y, después del trabajo, un novio francés que la siguió desde Argentina.

En su futuro cabe el teatro, la televisión y el cine. “En el teatro puedo desarrollar procesos que solo se dan ahí; y la televisión es la realidad en la que estoy parada y la tengo que disfrutar. Y, claro, también quiero hacer cine”. Con Robin tiene prendido el motor y tiene toda la intención de que no se apague: “Ahora me voy a dejar sorprender”.