Caprichos de palacio

Estas construcciones semi-monumentales, palacios a pequeña escala, jalonan las avenidas de París, resquicios de la ambición de una elite que durante siglos quiso imitar la grandeza de la realeza y preservar al tiempo la intimidad de su interior.
Caprichos de palacio

Así, florecieron hasta el siglo XIX estas edificaciones, híbridos entre la funcionalidad de una mansión burguesa y el boato del "palazzo" italiano, de las que aún se conservan en la ciudad cerca de cuatrocientas, entre ellas, la más significativa, el Palacio del Elíseo, sede de la Presidencia.

Para ser considerado "palacete particular", el edificio no requiere un estilo decorativo determinado, ni siquiera arquitectónico, pero sí son imprescindibles dos características en su distribución: un patio de recepción y un jardín trasero.

Pensado para que los carruajes condujeran hasta la escalinata de entrada a los visitantes, el patio delantero cumplía una de las funciones principales de estos palacetes, la de agasajar a los huéspedes.

"En lo alto de la escalinata el criado salía a recibir", explica Laurence de Finance, directora del museo Chaillot, que acoge hasta el próximo febrero una exposición sobre estas típicas joyas parisienses.

Del otro lado de la mansión, un jardín con parterres de flores, árboles frutales, fuentes y estatuas emulaba la vida bucólica en plena ciudad.

El palacete debía respetar ciertas reglas, como la de prever una habitación para cada cónyuge, o las cada vez más numerosas antesalas destinadas a recibir a los invitados.

Pensados originalmente para que la nobleza recibiera sus visitas, los palacetes particulares fueron con los años copiados por la adinerada burguesía para celebrar actos sociales, y su uso se fue popularizando, hasta que, en el ocaso del siglo XIX, abarcó a escritores o "vedettes" del espectáculo.OPULENCIA PALACIEGA.Los palacetes particulares siempre fueron un capricho parisiense, un reflejo de la vida mundana de la ciudad de la luz.

"El 85 por ciento de los mismos se construyeron en París", certifica la experta, quien asegura que sólo unos cuantos ejemplares imitaron estas construcciones en ciudades aledañas como Dijon.

En ningún otro sitio como en París, las clases altas expresaron de esa forma su deseo de mostrar su opulencia al exterior preservando de la curiosidad popular la intimidad de sus ocupantes, protegidos por el patio delantero y el jardín.

Una precaución que desaparece una vez atravesada la verja de entrada, momento en el que el visitante se empapaba del fasto con que eran revestidos los interiores de esas residencias.

Acabados de marquetería, recargadas molduras y ornamentados techos, una prolífica decoración trataba de asombrar al huésped y mostrar la riqueza del anfitrión, que no dudaba en imitar a la realeza, como demostraba el desaparecido "Palais Rose", donde sus soberbias escalinatas asalmonadas eran una copia exacta de las del Palacio del Trianón del Versalles de Luis XIV.

De Finance no duda de que estas construcciones constituyen "una obra de arte total" con la que los arquitectos trataban de saciar los caprichos de sus mecenas.

"Son espacios para vivir, pero también, y sobre todo, para soñar", destaca la responsable del museo, en referencia al extremo cuidado con el que era tratado cada detalle.

DIFERENTES ESTILOS.Al son de los gustos de las diferentes épocas, los estilos de los "palacetes particulares" evolucionaron, desde las influencias góticas de sus inicios al eclecticismo exuberante de finales del XIX, un legado de cinco siglos de arquitectura francesa, ya que de los precursores del siglo XIII no ha sobrevivido ninguno.

Uno de los más antiguos que ha llegado a nuestros días es el "Hôtel des Abbés", levantado en el siglo XV y que actualmente forma parte del Museo de la Edad Media.

Fue en el siglo XVI cuando comenzó la "edad de oro" de esas residencias, coincidiendo con el reinado de Francisco I, quien asentó su Corte en París y sedentarizó el poder monárquico atrayendo a la nobleza.

De esa época, sobrevive la perfecta simetría renacentista del "Hôtel de Carnavalet", hoy día reconvertido en Museo de la Historia de París.

En el XVII, los palacetes se miran en el espejo del esplendoroso Versalles, como demuestra el "Hôtel Lambert".

Matignon, actualmente sede del Gobierno francés; el "Hôtel du Maine", que alberga el Museo Rodin, o el mismísimo Elíseo, son algunos de los ejemplos del género ya entrado el siglo XVIII, cuando los jardines traseros cobraron cada vez mayor importancia.

Con la Revolución Francesa esas mansiones quedaron al alcance de banqueros y empresarios, y posteriormente, su uso se generalizó hasta alcanzar incluso a las "cocottes", prostitutas de lujo conocidas por arruinar a sus ricos amantes con sus caprichos.

El paso del tiempo no ha sido grato con esas construcciones de ensueño, puesto que de las 2.000 que se calcula que se erigieron entre los siglos XV y XIX apenas se conserva la quinta parte, mientras que el resto sucumbió al avance de un urbanismo más funcional o a la decadencia del modo de vida aristocrático.

Un declive que comenzó a levantar ampollas ya a finales del siglo XIX, cuando se movilizaron los parisinos para impedir el derribo del medieval "Hôtel de la Trémoille" en 1841.

Todavía hoy, la ciudad vive con inquietud la suerte de algunas de estas sortijas, símbolo de la personalidad arquitectónica de París.

Así, la destrucción del "Hôtel Reichenbach" en 2009 para levantar en su lugar la embajada de Arabia Saudí puso en pie de guerra a los defensores de los palacetes particulares, que también viven con inquietud la suerte del "Lambert", adquirido el año pasado por un emir qatarí con la intención de remodelarlo a su capricho. 

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