Mujeres vaqueras, son hermosas y son rudas

El que dijo que las mujeres bonitas no pueden ser rudas no conoce a las participantes del Sexto Concurso Mundial de la Mujer Vaquera, que se realizó en Villavicencio. Para competir en un deporte de hombres, no hay nada más intimidante que su feminidad.
Mujeres vaqueras, son hermosas y son rudas

Son las siete de la mañana y hay diez mujeres esperando turno para arreglarse en la peluquería del hotel donde se hospedan en Villavicencio. Con apariencias muy diferentes pero de cuerpos esbeltos, es fácil confundirlas con modelos alistándose para un desfile. Delgadas y con jeans tan ajustados que hacen inevitable preguntarse cómo logran caminar, clavan la mirada en el espejo.

Mientras les cepillan el pelo a unas, las otras se maquillan. Aunque todavía no son ni las ocho de la mañana, se están echando sombras tan oscuras que la idea de que puedan ser modelos es cada vez más válida. Se ríen e intercambian maquillaje entre ellas, al tiempo que comparten secretos de belleza, y hablan de hombres. A medida que terminan de arreglarse, suben a sus cuartos para cambiarse. Varias personas (hombres en su mayoría), esperan en el lobby del hotel, a que bajen. “Mujeres así no se ven todos los días”, dicen entre risas.

Y sí que tenían razón. En lugar de tacones y vestidos, estas mujeres calzaban botas con espuelas y usaban camisas de manga larga. La cara de confusión de quienes las esperaban se hizo más evidente cuando supieron que aquellas diez hermosas mujeres eran las participantes extranjeras del Sexto Mundial Femenino de Vaquería, que se celebraba en Villavicencio. En otras palabras, estas mujeres tan delicadas como porcelanas, eran las mismas que en pocas horas tendrían que enlazar ganado y colear un toro.

Pero si van a ensuciarse y a enfrentarse a un animal tan peligroso, ¿por qué perder el tiempo maquillándose y peinándose en la peluquería? La respuesta para ellas, es bastante simple: “El que practiquemos un deporte de hombres no significa que tengamos que lucir como ellos”. Así lo asegura Odali Albatericio, representante de Venezuela, y campeona nacional de coleo en su país. Con 19 años, ha participado en más de 20 competencias y, aunque se ha caído del caballo en varias ocasiones y perdido varios campeonatos, no se ve haciendo otra cosa.

Haber crecido en familia ganadera, como la mayoría de las participantes, es una razón de peso para practicar este deporte. Sin embargo, lo que más la anima a competir es saber que ha sido tres veces campeona en un deporte que desde 1780 es considerado exclusivo para hombres. “Cuando me monto en un caballo y logro tumbar al toro, me siento poderosa”. Y no es para menos. Tumbar un animal de 320 kilogramos requiere fuerza y, sobre todo, determinación. En especial si quien lo hace no sobrepasa los 55 kilos.

Claro que el mayor reto es tumbar el machismo que rodea este deporte. Yadirley García, una de las dos vaqueras de Cuba que vinieron a competir, confesó: “Lo practico porque me gusta, pero también porque me dijeron que no podía”. Eso fue cuando tenía siete años, y desde entonces ha sido campeona nacional de lazo dos veces.Todas se toman muy en serio su rol de vaqueras. Desde temprano se levantan a ordeñar vacas en sus respectivas haciendas o ranchos ganaderos (el negocio de sus familias es la ganadería, lo que afianza su pasión por la vaquería). Después se montan en sus caballos y empiezan a practicar para las pruebas en los diferentes campeonatos. Para este mundial, específicamente, tenían que completar cinco pruebas: enlazar a caballo, ordeñar, varas, barriles, agilidad y destreza. En cada una de ellas un jurado calificaba su control sobre el caballo y su agilidad para pasar los obstáculos en la pista.

Una vez ahí, no hay hombre ni animal que las intimide. Es tal la imponencia y elegancia con la que montan sus caballos, que aunque no sean modelos, cuando están en la manga de coleo son ellas las que se roban todas las miradas. Ese es el secreto de su éxito. Entienden que para competir en el mismo nivel que los hombres no deben intentar comportarse como ellos. Su mayor rudeza es ser mujeres.

Por eso madrugan para ir a la peluquería antes de cada competencia. Por eso se pintan las uñas de colores fuertes o con diseños, y adornan sus cinturones y sombreros con pedrería como si se tratara de prendas de alta costura. Ellas no juegan a ser hombres, simplemente porque no tienen la necesidad de hacerlo. Ya hay más de 500 mujeres practicando este deporte en países como Brasil, Venezuela, Estados Unidos, Cuba y por supuesto Colombia. El estereotipo de marimachas quedó en el pasado. Ellas encontraron el equilibrio entre lo rudo y lo delicado sin temor a caer en el ridículo. Si se caen al barro, se estrellan contra algún barril, pierden el control del caballo, o incluso si se parten una uña, no lloran ni gritan. Se levantan, se montan al caballo y terminan la prueba con dignidad.

Porque para ellas cuentan más los aplausos de respeto que los chiflidos o los piropos. A diferencia de las modelos con quienes es fácil confundirlas, estas mujeres no se arreglan para los demás sino para ellas mismas. Pero quizás mienten por modestia, porque como lo dijo la tres veces campeona del Concurso mundial de la mujer vaquera, Yéssica Parales: “Si hay algo más intimidante que un toro, es una mujer bonita”. 

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