Richter, el artista y la estrella

La obra del artista vivo más importante de Alemania llegará en agosto a la  Biblioteca Luis Ángel Arango.
Richter, el artista y la estrella

Gerhard Richter no es solo un artista, es toda una estrella. El ejemplo es su más reciente exposición en Berlín, titulada Panorama, colgada hasta hace pocos días en la Nueva Galería Nacional. En la página web del museo se advertía que no había tiquetes en preventa y recomendaban no llevar bolsos o chaquetas grandes porque el guardarropa no daba abasto. La razón no era otra que el éxito de la muestra, que cerró con una cifra récord: 380.000 visitantes.

La retrospectiva más grande de este artista alemán, que cumplió 80 años en febrero pasado, demostró que alrededor de su trabajo hay una especie de tratamiento de celebridad que el público siguió con devoción. Los fines de semana, la fila para entrar le daba la vuelta al museo, y la espera tomaba hasta dos horas. Adentro, las cámaras no estaban prohibidas y cada quien se llevó una imagen de sus cuadros favoritos para la casa.

Detrás de este fenómeno artístico y mediático hay una verdadera celebridad. Richter es uno de los artistas alemanes más importantes y también el más caro, pues sus obras se han vendido hasta por veinte millones de dólares. Todo esto lo ha elevado a la categoría de mito viviente.

A Bogotá llegará en agosto con Sinopsis, una muestra de 27 obras de los años 90 que reúne los diferentes estilos que ha abordado Richter: la pintura abstracta y figurativa, además de intervenciones e impresiones en diversos materiales de pinturas y fotografías de los años 60 y 70, realizadas por él o tomadas de un periódico o del álbum familiar. Esta será, sin duda, la exposición del año en la Biblioteca Luis Ángel Arango.

Richter puede ser también un personaje extraño para otros artistas y para los medios. Tiene un agente tan reservado como él y su asistente parece que solo se encarga de organizarle el correo. Y, claro, no concede entrevistas. Prefiere concentrarse en su obra y –a diferencia de muchos de sus colegas– no acepta encargos particulares.

Con él sucede algo poco común y es que, a pesar de su éxito, los expertos no se ponen de acuerdo en la definición de su estilo. Es más, su obra puede ser  polémica. Para algunos, es un artista que responde a exigencias del mercado, ya que su producción incluye retratos, bodegones, paisajes, esculturas en vidrio, arte pop, minimalismo, pintura abstracta, impresión digital, cuadros de gran formato y fotografías intervenidas. Otros ven esto como la mayor virtud de su trabajo: la imposibilidad de ubicarlo dentro de una corriente y su capacidad para abordar diferentes campos.

Cuestiones que parecen no preocuparle a este artista nacido en Dresde y cuya vida comenzó prácticamente durante la Segunda Guerra Mundial. Es hijo de un profesor que terminó en el ejército nazi, y de una vendedora de libros, pianista y apasionada por la literatura que le despertó la sensibilidad al joven Richter. Su infancia no resultó del todo traumática y sus inquietudes se manifestaron en los años de la posguerra.

El joven pudo leer los libros prohibidos por los nazis, que muchas veces encontró en bibliotecas que surgieron después de que los rusos expropiaron las casas de ricos en el Este de Alemania.

Cuando tenía 16 años, mostró inclinaciones por el arte y, en un campo de verano, realizó sus primeros dibujos. No obstante, estudiaba taquigrafía y contaduría, y solo en las noches tomaba clases de pintura.

Cuando finalmente decidió ser artista, después de contemplar la odontología, la ingeniería forestal y la litografía, ya había pasado por un taller de pancartas de la República Democrática Alemana, y un teatro donde pintó escenografías. Fue en 1951 cuando regresó a su ciudad natal y entró a la Academia de Arte de Dresde. Allí se inclinó por la pintura mural. Todo indicaba que Richter sería un artista exitoso que apoyaba el Estado socialista.

Pero en 1959, durante su visita a la Documenta Kassel, en Alemania Occidental, frente a obras de Jackson Pollock, Jean Fautrier y Lucio Fontana se dio cuenta de que “había algo mal en mi manera de pensar”. Dos años después,  Richter abandonó Dresde.

Su nueva vida comenzó en Düsseldorf, donde entró en contacto con otros artistas y pudo conocer todos los movimientos europeos y estadounidenses. Después de explorar la fotografía, el arte pop y el arte abstracto, Richter,  ya establecido en Colonia y con un nombre en Europa, viró sorpresivamente hacia el arte figurativo, en los 80. En esa época realizó sus “foto-pinturas”, entre las cuales realizó  quizás su único trabajo abiertamente político y polémico: la serie Octubre 18, 1977, con imágenes de los miembros de la Facción del Ejército Rojo (RAF), el grupo terrorista que puso en jaque a Alemania Occidental en los años 70.

Pronto no solo se haría uno de los artistas más famosos sino uno de los más vendedores. Su nombre alcanzó relevancia internacional y museos como el MoMA de Nueva York adquirieron obras suyas. En los años 90, ya en la cima, Richter regresó a la abstracción en la pintura, con mucho color, y retomó el vidrio y el espejo, materiales que antes había utilizado.

Hoy este hombre de cara tranquila y escasa sonrisa sigue trabajando con la marca que un galerista le dejó: “El Picasso del siglo XXI”. Título que reprodujo el diario The Guardian y que han replicado decenas de publicaciones más. Sobre este calificativo nunca se ha pronunciado.  Pero ha dicho que le parecen “absurdos” los precios que pagan por sus obras.

Su punto de vista se resume en una frase que se repitió por estos días: “Juzgamos y creamos una sola verdad desde la exclusión de otras. No hay verdad absoluta. Por eso la buscamos siempre a través de lo superficial”.

Temas relacionados