Rompiendo los modelos

A mediados de los años 80, el Movimiento Queer se abrió paso para plantear un nuevo modo de entender y asumir la sexualidad. Entre agudas oposiciones y reacciones favorables, el fenómeno no ha agotado su lucha por renunciar al modelo heterosexual. Controversia.
Rompiendo los modelos

En los medios de comunicación, en los debates del Congreso y en los recientes pronunciamientos de la medicina, cada vez es más frecuente que “se hable” de una mayor tolerancia hacia los modos de sexualidad que no concuerdan con la heterosexualidad. Pero ese “se habla”, como todo rumor, en ocasiones no es más que la delgada tela que nos separa de un gran abismo: ese que existe entre el discurso de la diferencia y su real aceptación.

Sin embargo, una cosa sí es cierta: hay una mayor exposición de personajes que en el cine, la televisión, la música y las artes ponen en duda la “naturalidad” heterosexual: los hombres lesbianos en la series televisivas, como en el caso de The L Word; el sadomasoquismo en las fotografías de Robert Mapplethorpe; las provocaciones de Lady Gaga; los performances controvertidos de ORLAN; o el hombre que se enamora de una muñeca inflable a la que cuida y habla (en la película Lars y una chica real)… son ejemplos palpables de ello. Y de la misma manera que estos nuevos modos de negociar la vida erótica salen a la palestra, reaparecen los viejos prejuicios de tinte moral, propios de una sociedad alineada a las posturas de la Iglesia Católica: ¿Se trata de gente enferma? ¿Perversos caídos en desgracia?Es cierto que para la mayoría resulta “normal” y “deseable” hacer parte del mundo heterosexual, pero también lo es que hay personas que no funcionan dentro de ese modelo y sufren las duras consecuencias, que van desde la estigmatización y la censura, pasando por los impases jurídicos para ejercer sus derechos, como en el caso de las herencias de bienes o la adopción de niños.

Un escenario de tal calado dio origen, a mediados de los años 80, y con especial incidencia en Estados Unidos y Europa, a la cristalización del movimiento “queer”. Un fenómeno contestatario que, después del auge y rápido declive del movimiento feminista y de liberación gay en los setenta, izó banderas por una política sexual que se alejaba de las ratificaciones identitarias, fuesen heterosexuales u homosexuales, en pro de una diferencia que no busca ser asimilada ni tolerada.

Y es que lo queer, además de ser un verbo que desestabiliza, es una postura política siempre en plena discordancia con lo normal, lo heterosexual, e incluso con las identidades gay y lesbiana. Ahí donde el modelo heterosexual construye una coherencia y continuidad entre  sexo biológico, género cultural y prácticas sexuales (el macho que viste como hombre y desea mujer), el movimiento queer despeja el horizonte y da realidad a casos como el de un hombre lesbiano. De fondo, una apuesta para mostrar que incluso la sexualidad es una producción cultural que busca darle forma al deseo. Como planteó  Foucault en su Historia de la sexualidad: el sexo siempre es político.

“Se dice” que estamos en un momento abierto a una nueva sensibilidad. “Se habla”, también, del papel revolucionario de la teoría queer. Si se vuelve una moda, habrá perdido su poder transgresor y su vigencia. Pero en la medida que resista a los viejos prejuicios e intente explicar nuevos modos de relacionarnos, habrá valido su cometido.

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