Así es la exposición más importante de arte contemporáneo

En el primer piso del museo Fridericianum sopla un viento desesperante. Todos se preguntan por qué la brisa es más intensa adentro que afuera. En dos salones grandes y vacíos, los visitantes se acomodan la chaqueta o se arreglan el pelo mientras tratan de entender de dónde viene la corriente que quiere desacomodarlos.
Así es la exposición más importante de arte contemporáneo

Es una obra de arte. La lacónica ficha técnica se limita al nombre, sin ningún dato explicativo: Estudio sobre la velocidad de la corriente de aire, del inglés Ryan Gander. La gente no tiene más remedio que sonreír con una extraña sensación: la de haber hecho parte de un juego artístico.

Todo esto sucede, a manera de bienvenida, en el edificio central de la Documenta 13, la exposición de arte contemporáneo más importante del mundo, que se realiza cada cinco años en Kassel, Alemania, y dura cien días. Aquí, con el viento en contra, puede comenzar el recorrido por el arte actual, pues en la muestra no hay un orden específico y sí libertad para explorar, sentir, recordar, pasar por alto y despreciar.

La Documenta se exhibe en siete espacios entre museos, una antigua estación de tren y el gran parque Karlsaue. Además, en lugares no convencionales como cines, restaurantes, hoteles y bibliotecas. Por tal motivo, y por reunir lenguajes muy diversos desde 1955, la Documenta Kassel tiene un halo sagrado. Este año, con 180 artistas de 50 países, no pasará inadvertida. Su directora artística, Carolyn Christov-Bakargiev, avisó el día de la apertura el pasado 9 de junio, que la curaduría de la muestra se hizo sin seguir una línea temática.

De ahí cierto “caos” sensorial que no ha sido bien recibido por algunos críticos y que la mayoría del público no tiene más remedio que obviar pues lo importante es quizás ver el máximo posible de obras, siguiendo un ritual ya tradicional en esta ciudad de apenas 200.000 habitantes, que terminará el 16 de septiembre. Es, sin embargo, muy poco probable ver toda la oferta de lenguajes, que van de lo simple y sofisticado a lo más complejo. Aquí nadie sabe qué va a encontrar. Solo necesita tiempo, resistencia física y paciencia para estar en fila, o en compañía de miles de personas (este año esperan un millón de visitantes), que no dejan de decir en voz alta: “¿esto es arte?”; o dar la exclamación que no significa mucho: “¡oh!” y “¡wow!”.

Una reacción que se produce ante pinturas, impresiones digitales, instalaciones, dibujos meticulosos, cuevas, ecuaciones físicas, obras sonoras, motores, esculturas monumentales, basura amontonada, fotografías, figuras perfectas, deformes y perturbadoras; videos documentales y testimoniales; máquinas que producen frecuencias imperceptibles; una sala de música con una rockola donde cualquiera escoge una canción protesta, y hasta un hospital con terapias para la soledad, el miedo y el estrés de los visitantes.

De esto se trata la Documenta 13, que este año tuvo otro efecto mediático gracias a Brad Pitt. El actor, también coleccionista de arte, estuvo recorriendo la muestra pero tuvo que huir ante el acoso de los asistentes. Una anécdota hollywoodense en una exposición que ha sido calificada por algunos de desordenada y con altibajos, mientras otros la ven optimista, política, ecológica y feminista. Casi todos esos calificativos están representados con mensajes y símbolos alusivos al racismo, la violencia, la mujer, la delicadeza, el abuso, el poder, la muerte, el nazismo, la discriminación y hasta los conflictos recientes en Siria. Algunos haciendo énfasis en la barbarie humana y en la condena a repetir la historia.

También hay obras muy sofisticadas que obligan a leer el catálogo, como la de Susan Phillipsz.  Ella instaló frente a un andén de la estación siete parlantes en los que cada media hora suena la pieza musical Estudio para cuerdas, de Pavel Haas. La artista, que siempre usa el sonido, escogió ese lugar pues desde allí salieron en tren las familias judías de Kassel hacia los campos de Terezín y Auschwitz. En el primero, Haas escribió la obra, y en el segundo, murió en 1944.

Pero esta es solo una entre otras obras que manchan los dedos de violencia, que huelen, que conmueven o que invitan a hacer parte activa, como la obra de Amy Balkin, quien en una carta en todos los idiomas dirigida a la Unesco, pide firmar una petición para declarar la atmósfera como patrimonio de la humanidad.Al aire libre, en el parque Karlsaue (más grande que el Simón Bolívar de Bogotá), los mensajes adquieren otra dimensión. Allí hay que buscar, mapa en mano, para entrar, subir o mirar. Una escuela de perros, un cadalso hecho para varios tipos de ejecución, un sanatorio, un reloj de perspectiva engañosa, un árbol con una piedra en su copa o un fantasma de gran formato habitan entre árboles.

Muy escondida está la del francés Pierre Huyghe, de gran figuración en los medios: una escultura con la cabeza cubierta de abejas en un terreno removido por donde camina un hombre que hace mantenimiento, acompañado de un perro que tiene su pata delantera derecha teñida de rosado. Una obra sin título cuya explicación es una lista de metáforas y situaciones, y en donde los asistentes nunca saben dónde pisar.

Dicen que después de la Documenta se sabe cuál es el futuro del arte para los próximos años. Una conclusión complicada entre videoconceptos complejos, abstracciones soportadas por la ciencia, experiencias cortas y sensaciones que quedaron, o probablemente no, en la mente de los espectadores. 

 

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