Paranoia

No voy a insistir aquí en que alrededor de la influenza de nombres mutantes: porcina, gripe AH1N1, gripe "A", ha habido una exageración monumental, pues, según todos los indicios, no es ni más mortal ni más contagiosa que otras cepas fuertes de influenza que atacan al mundo año tras año.

Es nueva, eso sí, un factor que ha encendido las alarmas, incluyendo las de la OMS y las de las autoridades de salud de muchísimos países. De ñapa, la vacuna para prevenirla podría estar lista en septiembre, lo cual significa que no habrá mil millones de contagiados ni decenas de millones de muertos como se dice con histérica extravagancia.

Los que en realidad parecen enfermos son los sistemas de información contemporánea, que le aplican Inflamil 500 a cualquier cosa que se salga de lo común. No digo que la prensa escrita, tan vapuleada últimamente por la extraña trivialización de la lectura, no haya participado del festín, pero propongo que la pandemia de paranoia tiene dos canales privilegiados de propagación: la televisión y la internet. La primera incubó de nacimiento una tendencia sensacionalista en su cubrimiento noticioso que la lleva a convertir en regla, casi en paradigma, lo que apenas constituye una apariencia o un hecho aislado. Doy un par de ejemplos: la violencia doméstica que conduce al asesinato es pan de todos los días urbi et orbi y no sale mucho en las noticias. Sin embargo, tuvimos que padecer durante más de un año al tal O. J. Simpson en pantalla a todas horas por cuenta de ciertos detalles aleatorios de su caso: que era negro, que había sido un atleta famoso, que por ello mismo superó la pobreza, que su ex mujer Nicole era rubia, bonita y blanca. ¿De dónde sacaron los noticieros de televisión que aquello era importante? Lo sacaron del morbo de la gente. Y lo morboso es contagioso. El segundo ejemplo es más grave: en Estados Unidos eligieron presidente a un idiota como George W. Bush sólo porque registraba en televisión como un tipo simpaticón. ¿Acaso estaba en un casting?

Entra luego la internet, que es pandémica por naturaleza. Alguien nos envía un mail o un enlace según el cual la Coca-Cola es venenosa, y en un parpadeo el infundio circula por todas partes. ¿Algún miembro de la cadena se ha tomado la molestia de comprobar la noticia o de preguntar a algún experto? A lo mejor sí, pero su aclaración no tendrá ningún efecto porque la esencia de la paranoia es que no admite explicaciones, ni gradaciones, ni matices. Y si el infundio te agarra mal parqueado, como esta gripe agarró a México, pues te caen encima toneladas de basura.

Por el camino todos vamos siendo víctimas de una caricaturización extrema. La duda, tan necesaria para poder abrirse paso en la vida sin caer repetidamente en la estupidez, es la primera víctima propiciatoria de los festines mediáticos. ¿No se da cuenta la gente de lo ridícula que se ve andando para arriba y para abajo con tapabocas que no sirven para nada?

Como soy iluso, me gusta pensar en soluciones, pero para el lío presente no se me ocurre ninguna. Pasado mañana los histéricos nos volverán a agarrar de peleles y nos volverán a bombardear con mentiras o medias verdades y una vez más tendremos que hacer de recicladores de basura mental. Estamos mal informados y lo estamos en abundancia. Hay que aprender a vivir con eso. ¡Ah, cuando de veras venga el lobo, estaremos reciclando basura!

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