Columna sin marihuana

Hace algunos meses escribí una “columna enmarihuanada” para defender la dosis personal. Pues bien, quiero corregir en parte lo que dije allí.

Dice Amos Oz que cuando uno no es fanático y matiza algo que afirmó alguna vez,  es acusado de traidor. No importa, aun a precio de que me digan voltearepas, voy a matizar lo que defendí aquella vez. Sigo pensando que cualquier adulto debe poder fumar marihuana, meter cocaína, suicidarse, si así lo quiere hacer. En este sentido defiendo firmemente que portar una dosis personal de droga sea legal.

Lo que quiero matizar es lo siguiente. Al oír los argumentos de algunos ciudadanos que quieren volver a prohibir la dosis mínima de estas sustancias, encuentro que no todo lo que dicen es descabellado. Es cierto que los que defendemos la dosis personal en general vivimos en ambientes sociales privilegiados: en barrios custodiados, en ambientes con zonas públicas y privadas amplias donde los consumidores compulsivos de drogas no nos molestan.

Cuando uno habla con personas que viven en barrios populares, donde la estrechez es lo normal, ellas se lamentan  de la arrogancia y el cinismo de “los viciosos” que, aprovechándose de la despenalización, hacen alarde público de su derecho, por ejemplo, a meter basuco en las esquinas, que muchas veces no es más que el prólogo para el atraco.

Quienes atacan la dosis personal piensan —y en esto se equivocan— que los que la defendemos quisiéramos tener un país de basuqueros y cocainómanos. En realidad lo que hay en el fondo de esta discusión es el enfrentamiento entre dos valores: el valor de la libertad individual frente al valor del orden público. Unos y otros estamos de acuerdo con estos valores, pero algunos ponemos antes la libertad, y otros ponen el orden más arriba. Si nos aferramos de un modo fanático a nuestro valor no habrá manera de llegar a un acuerdo y, dependiendo del ambiente que haya en el Congreso, las mayorías de uno u otro lado impondrán uno de los dos valores a los demás.

Voy a proponer una opción distinta: un compromiso entre las dos posiciones, de manera que se pueda abandonar el fundamentalismo del orden y también el fundamentalismo de la libertad. Para esto, podría hacerse una ley que distinga muy bien entre el porte y el consumo, entre el acto privado y el acto público. Para poner un ejemplo gráfico: yo estoy de acuerdo en que todos los adultos tengan sexo —si el otro tiene ganas— con quien quieran. Con lo que no estoy de acuerdo es con que lo hagan en la acera del frente de mi casa. No porque sea mojigato, sino porque no puedo obligar a todo el mundo a observar actos privados que quizá no sean de su agrado estético o de sus preferencias personales.

Algo parecido propondría para llegar a un acuerdo entre permisivos y prohibicionistas: que se permita el porte de la dosis personal, y se prohíba con leyes de policía su consumo público. Cada cual puede fumar o meter lo que quiera, pero en su propia casa, no en la calle ni en ningún lugar público.

Cuando yo estudiaba en la Universidad de Antioquia había una zona, que ahí sigue, llamada “el aeropuerto”, donde los jíbaros de la universidad iban a meter y a vender drogas. Las oficinas cercanas al “aeropuerto” se veían expuestas —y hoy sigue igual— a abusos y atracos de parte de los drogadictos. Creo que esto no debe tolerarse en una universidad.

Si se prohíbe terminantemente el consumo público de estas sustancias, pero se permite el porte de la dosis mínima, creo que llegaríamos a un compromiso aceptable para las dos partes. Lo importante es no adoptar una actitud fanática de superioridad moral frente a lo que piensan los demás. Aceptemos los motivos de uno y otro lado, y lleguemos a un compromiso sensato, entre prohibición pública y permiso privado de consumo. En mi columna enmarihuanada yo no me fumaba un baretico en la calle: lo hacía en la casa antes de irme a la cama con Nefertiti. Sigo defendiendo ese derecho, pero no en la acera, no en el parque, no en la esquina, no en la universidad: en la casa de cada cual.