Así es Lovaina, el barrio en donde amenazaron a Ana Cristina Restrepo

Hicimos un recorrido por este sector de Medellín en el que la periodista adelantaba una investigación sobre los inquilinatos. Al parecer, las amenazas llegaron de las bandas criminales que controlan el barrio.

«El Uribismo dejó un país polarizado» Ana Cristina Restrepo

Ana Cristina tiene una voz suave, musical. Es una mujer de piel blanca y modales delicados que no teme caminar por Lovaina, un sector que hace parte de la comuna 4 (Aranjuez), que luego de ser el corazón de la bohemia –casas de citas, alcohol y drogas-, carga ahora con una problemática social relacionada con microtráfico y presencia de bandas criminales.  

Hace unos meses, esta periodista empezó a visitar el barrio San Pedro en busca de historias de ciudad. Llegó por encargo de un periódico local, que comenzó a publicar una serie de crónicas sobre las dieciséis comunas que conforman Medellín. Visitó el lugar —en varias oportunidades—, en compañía de un líder de la corporación Primavera-Talentos. Mientras se adentraba en los inquilinatos y conversaba con los habitantes, vendedores ambulantes, ladronzuelos, prostitutas, travestis y drogadictos, se fue relacionando con la dura realidad de seres que han resistido, por décadas, la marginalidad. Pronto llegaron las amenazas. 

Cuesta imaginarse a Ana Cristina en la situación en la que está hoy: protegiendo su vida y la de su familia, a través de un exilio forzoso. Aunque es la primera vez que recibe amenazas, ya está curtida con respecto a las miradas inquisidoras. En muchas ocasiones, desde sus columnas en El Colombiano y El Espectador, ha defendido ideas que levantan ampollas.  

Fue criada bajo la influencia de un padre conservador, pero en su casa los libros estaban para que fueran leídos. A los 14 años, ya mostraba cierta rebeldía y fue expulsada de un colegio de monjas. Su infancia transcurrió entre la Universidad de Antioquia —donde su madre estudiaba bibliotecología— y las historias de Agatha Christie que le leía su abuela Maruja. Después, su mamá entró a trabajar como bibliotecóloga en un colegio y llevaba textos de literatura infantil, sin estrenar, que ella y su hermano leían antes de que los clasificaran.

Desde entonces, como Max, el protagonista de Donde Viven los monstruos, de Maurice Sendak, Ana se ha cuestionado sobre asuntos esenciales: la autoridad y la libertad. No le gusta la corrección política, aprendió a contestar y a decir lo que piensa aunque incomode a los que están alrededor. Cuando le llegó la hora de escoger una carrera, eligió odontología, aunque un año después, ya había rectificado el camino. La comunicación social fue desde el comienzo, su medio natural. Empezó a demostrar aptitudes que la llevaron a El Colombiano mucho antes de graduarse. Ahí hizo la práctica y se quedó —con una interrupción en la que viajó a Filadelfia a estudiar inglés con clases de historia del arte en la universidad de Pensilvania—. Antes de irse, Ana tuvo un impulso: le escribió una pequeña carta al primo escritor de su amigo Carlos Javier Abad. 

 

Barrio Lovaina en Medellín

 

Las bandas criminales se disputan el control del tráfico de drogas, el cobro de vacunas en forma de ‘pagadiario’, la prostitución y la explotación sexual infantil, entre otras formas de actividades ilegales. Mira la galería completa aquí

 

Meses después, mientras estaba en su dormitorio estudiantil, recibió un paquete. “Me pareció raro, porque casi siempre llegaban cartas”. Lo abrió y se encontró con un libro; Asuntos de un hidalgo disoluto. En la primera página había una dedicatoria que decía algo así como “Para la muchachita que le gusta leer mis insensateces”. No conocía a Héctor Abad Faciolince en persona y sin embargo había recibido un regalo  —que venía desde muy lejos—, de aquel escritor en ciernes que era Héctor. Entonces no sabía que pronto iba a tener el privilegio de entrevistarlo; tampoco, que muchos años después, —luego de leer El olvido que seremos— iba a descubrir que compartían una coincidencia triste: los padres de ambos murieron un 25 de agosto. 

Ana siguió haciendo escuela en El Colombiano. Ahí tuvo la fortuna de trabajar al lado de maestros del periodismo como Reinaldo Espitaletta y Margarita Inés Restrepo Santamaría, una periodista obsesiva por el chequeo de la fuente y la palabra, que murió en 2008, hermana del empresario fallecido, Nicanor Restrepo. Compartió cubículo con ella durante varios años y a su lado aprendió de la vida, las artes, la cultura: “Fue una gran escritora, esa fue una época de oro en el periódico”. 

Ahora, muchos años después, lejos del cubículo, lejos de esas tardes con Margarita y el agite de la sala de redacción, Ana superó al maestro: “Yo la veía como si fuera la mujer más rara del mundo, obsesionada con una palabra. Ahora me veo a mí y digo: “me margariticé, porque soy igual, yo no duermo pensando en la palabra precisa”. 

Ahí comenzó a involucrarse con el periodismo cultural, al que se acercó gracias a su amor por el teatro de cámara. Cubría espectáculos y llegó a entrevistar a grandes personalidades de las artes y la cultura del país y el mundo. 

El periodismo la curtió, pero en 1999, supo que era suficiente. A principio de ese año, estaba almorzando en la cafetería del periódico cuando un terremoto sacudió el edificio. “Se me regó la sopa”, recuerda. Ana Mercedes –la directora del periódico- bajó y le preguntó: “¿Tiene cepillo de dientes? Váyase ya para Armenia”. “Ni siquiera tenía ropa interior para cambiarme”. Allá se encontró con pilas de cadáveres en el coliseo. Tenía que ponerse vic vaporub alrededor de la nariz para soportar el olor a mortecino. Pasaron unos meses y luego viajó a cubrir la liberación de los secuestrados de La iglesia La María en Cali.    

 

Barrio Lovaina en Medellín

 

El sector es habitado por seres que han sufrido por décadas, la marginalidad. Mira la galería completa aquí

 

Tras esos dos episodios, con 29 años, vino la crisis. Se despidió de la redacción en búsqueda de nuevos caminos. Trabajó como profesora en un colegio y luego vino la maternidad; una experiencia en su vida que no se quedó en las paredes de lo íntimo. Convertirse en madre la marcó a fuego y la enlistó para siempre en un activismo desde el que defiende los derechos de los niños y las mujeres. Es madre de mellizos y con su leche alimentó durante un tiempo a unos trillizos prematuros que estaban entre la vida y la muerte. Después vino su tercera hija. Está convencida de que la procreación debe ser una elección libre y por eso defiende el aborto en todas las circunstancias, y emprendió una cruzada para combatir el embarazo adolescente. 

Estudió una especialización en Periodismo urbano en la UPB y un máster en Estudios Humanísticos en Eafit. En 2009 debutó como columnista y desde ahí ha tocado todos los temas de la realidad nacional. Ha criticado la seguridad democrática de Álvaro Uribe, justamente desde un periódico que ha defendido las ideas del expresidente. Ha sido blanco de desaprobaciones porque como ella misma dice: “Antioquia todavía es una sociedad machista, donde duele que una mujer hable de ciertos temas”. A pesar de eso nunca ha pensado en renunciar a su columna porque cree en la posibilidad de alentar un pluralismo necesario para las nuevas generaciones.  

Dice que el daño del Uribismo es enorme y que van a ser necesarias varias generaciones para reponerlo. “Dejó un país polarizado. En Colombia la arremetida de la derecha ha sido muy agresiva”. Sabe vivir en medio de la diferencia. Su gran amigo Julián Cadavid es uribista y tiene una relación muy cercana con el expresidente porque es su dermatólogo de cabecera. Esto jamás ha sido motivo de discusión. 

Ha sufrido desplantes, insultos, incluso una vez, en el colegio en el que estudian sus hijos, unos padres trataron de evitar su presencia. Nada de eso le importa. Hace mucho que dejó de preocuparse porque cada día un coraje renovado le da fuerzas para hablar  —sin eufemismos—, de las discusiones urgentes que el país reclama. 

Hace algunos años, fue a la única reunión de columnistas que organiza periódicamente El Colombiano. Uno de ellos se atrevió a cuestionarla: “Qué pensaría su papá si leyera las cosas que usted escribe”. Ella le contestó: “¿Sabe una cosa? Mi papá me enseñó a pensar, no a pensar como él, sino a pensar”. 

A mediados de este mes, vinieron las amenazas mientras avanzaba en la reportería de sus crónicas en San Pedro. El barrio está poblado de inquilinatos —se cuentan cerca de 15 por cuadra—, algunos con avisos de “se arrienda habitación”. En su mayoría pueden tener entre 20 y 30 habitaciones. Algunas de ellas con cocineta y baño privado, que cuestan entre 10 y 12 mil pesos y son ocupadas por familias; otras tienen apenas lo esencial, incluso algunas sin electricidad, que cuestan 4 mil pesos la noche. 

Cada manzana es controlada por un grupo de expendedores que cobra vacunas al comercio. Es de saber popular que si algún miembro de una banda cae preso, se hacen ‘colectas’ entre los locales para la subsistencia en la prisión. En las cuadras hay algunas tiendas, mujeres con máquinas de coser que ofrecen sus servicios desde las ventanas, algunos se dedican a lavar carros, otros más al reciclaje, impera la ley del rebusque.   

Ha sido cueva de ladrones, quienes generalmente emplean dos tipos de hurto. ‘El quieto’, que en la jerga callejera se refiere al robo a mano armada, con puñal o arma de fuego. También es común el asalto sin sorprender a la víctima. En cada esquina, parados en las aceras o desde terrazas, hay ‘campaneros’, como se les llama a los que alertan cuando viene la policía. 

 

Barrio Lovaina en Medellín

 

En lo que va corrido de 2015, la FLIP ha reportado un asesinato y 20 denuncias de amenazas a periodistas en desarrollo de su labor informativa. Mira la galería completa aquí

 

El sábado 14 de marzo, Ana recibió una llamada a su celular. Una voz joven la amenazó: “¡No vuelva por aquí, sino lo quebramos a él y sigue usted!”. Ella no puede asegurar que se trate de un ataque a la libertad de prensa porque afirma que nunca se identificó como periodista: “Creo que tiene que ver con unas estructuras criminales que pueden sentirse amenazadas por cualquier persona, llámese trabajador social, periodista, académico. Están celosos de cualquiera que entre a observar lo que hacen”, asegura. 

Este trabajo lo hizo en un barrio donde hay fronteras invisibles. Un tiempo antes ya estaban averiguando “quién era la mona, que por qué tomaba fotos, que por qué preguntaba cosas”. 

Por ahora sus rutinas se vieron interrumpidas. La situación fue denunciada ante las autoridades de policía, Fiscalía y Unidad de Protección, quienes le ofrecieron un esquema de seguridad que ella rechazó. La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) y La Asociación de Periodistas de Antioquia (APA), también manifestaron su apoyo. Incluso sus miembros se reunieron en La Alpujarra el pasado 16 de marzo, para protestar a favor de la libertad de prensa y en contra de estas amenazas. 

Ana tuvo que ausentarse de su casa y separarse de su familia, a quienes debe preservar. Sin embargo, no tiene miedo. Hace mucho que tiene conciencia de su fuerza. Se lo recuerdan sus hijos, la amiga que murió a causa de una bomba que puso Pablo Escobar, los pasos andados haciendo periodismo, los insultos que ha recibido por defenderse —con ideas— de los discursos oscurantistas. Fue educada por monjas, aunque hoy dice que no cree en la Iglesia. Cree en Dios, aunque hay días en los que le cuesta más. “La Iglesia tiene culpa de gran parte de la desgracia de las mujeres en este mundo”. 

Tiene un programa de radio, alguna vez probó en la televisión, “pero duré un fin de semana”, y dice que ser columnista la obliga a una suerte de gimnasia que la mantiene entrenada mentalmente. Combina el ejercicio periodístico con una labor académica que está lejos de la pose. Venera el conocimiento y no le avergüenza decir que es feminista: “En los colegios, debería haber una cátedra exclusiva sobre Una habitación propia de Virginia Woolf, un texto que todas las adolescentes deberían leer”.  

Como el Max de Sendak, Ana se involucra, se cubre de otras pieles, mira el horror de frente, habla de él. Tal vez intentando entender el lado más salvaje, el que todos llevamos adentro, acaso es posible dominar a los monstruos. Así sea para retomar el camino de vuelta a casa. Allí donde puede estar al calor de los libros, junto a su jardín, escuchando las melodías que toca su hijo en el piano. 

 

La periodista

 

Foto: El Colombiano

Foto: El Colombiano

 

De su padre recibió un gran consejo: “La única carta de presentación que uno tiene en la vida es su trabajo”. Reconoce que se guarece a la sombra de tres personas fundamentales, tres amigos y maestros con los que tiene una gran afinidad intelectual. La periodista Ana María Cano, el escritor Héctor Abad Faciolince y el exmagistrado Carlos Gaviria Díaz.

Andrés Bustamante, excompañero de su maestría en Eafit y quien es el primer lector de sus columnas desde hace seis años, dice de ella: “Ana es una periodista versátil. Siempre hace afirmaciones que se fundamentan en la investigación. Una de sus obsesiones es la de no defraudar al lector”.

 

Mira AQUÍ los inquilinatos de Lovaina en Medellín.

 
Fotos: Federico Ríos
 
 

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Manuela Lopera

Vida Social

Así es Lovaina, el barrio en donde amenazaron a Ana Cristina Restrepo

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