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hace 4 horas

Tres madres valientes en el terremoto de Ecuador

La tragedia no solo dejó muerte y dolor debajo de los escombros, también historias de verdaderas guerreras, como Karen, Jacqueline o Jennifer, que tienen la fe, los sueños y las esperanzas intactas, para volver a levantar lo que la tierra les derrumbó.

Tres madres valientes en el terremoto de Ecuador

Por: Alejandro Tibaduiza León  

Fotos: Alberto Zambrano

 

A las 6:58 de la tarde del sábado 16 de abril, las vidas de Jennifer, Jacqueline y Karen, al igual que las de miles de ecuatorianos, se paralizaron por 45 segundos que parecían eternos. Una película de horror transcurría frente a ellas: gente corriendo desesperada, postes tambaleando, edificios cayendo como castillos de naipes. Las tres además compartían la misma preocupación, salvar sus vidas, pero sobre todo, salvar a sus hijos de la furia que en ese momento descargaba la tierra. 

Llegar al improvisado albergue del antiguo aeropuerto de Portoviejo significa encontrarse con las historias heróicas de los sobrevivientes. Allí es difícil imaginar que detrás de la sonrisa y los ojos juguetones de una mujer como Karen Luque, hay una amarga historia que comenzó la primera semana de abril, cuando el invierno se ensañó con ella y sus vecinos, desbordó el río y se le llevó su casa.

“Mis papás me decían, ‘sal de la casa, sal de la casa’, y yo les decía que no me iba porque eran 12 años los que llevaba viviendo allí, no tenía a dónde irme, no iba a salir de ahí. Mi suegro se apiadó de nosotros, nos dejó ese terreno, y me dijo: ‘ahí te dejó ese trocito de tierra para que construyas y vivas con tus hijos’”, nos cuenta Karen, justo cuando las avalanchas y los derrumbes se comenzaban a sentir en gran parte de Ecuador.

 

Karen Luque albergada en una carpa en la explanada del Aeropuerto Reales Tamarindos de Portoviejo

La intensidad del terremoto: 7.8 escala de Ritcher - Sábado 16 de abril; 6.2 escala de Ritcher - Miércoles 20 de abril.

 

El agua se lo llevó todo en esa ocasión. “Mami, mami, ahora sí somos pobres”, le dijo su pequeña hija Saray, mientras ella tratando de darle consuelo, solo le pudo decir, “no somos pobres, dale gracias a Dios porque aún tenemos vida, mijita”. Desplazada por la furia de la naturaleza, se fue a vivir con su mamá, o quizá también por culpa de su propia terquedad, sin presentir que tan solo un par de semanas después, sería la tierra la que de nuevo le haría recordar que la tragedia la seguiría persiguiendo.        

“En esos momentos del terremoto le dije a Juan, mi esposo: ‘mi vida no me importa, ve y toma la vida de mis hijos y sálvala’”. Fue en ese instante cuando Dios, asegura Karen, se manifestó a través de Saray. “Dios, aleluya, ¡amén! Gracias mi señor por tenerme con vida a mí, a mi mamá, a mi hermanito, a mi papá, a mi familia”. Mientras todo alrededor eran lamentaciones, ella era la única que agradecía. “Mis vecinos me decían: Dios tomó a tu hija para transmitir un mensaje a todas las personas y que cogieran fuerzas, porque la fe es lo último que se puede perder”. 

La gloriosa manifestación de Saray, solo pudo estar precedida de un verdadero milagro. “Mi mamá —relata Karen— estaba con mi hermano, el sostuvo gran parte de la pared para que no le cayera a los bebés, de lo contrario todos estarían muertos. El Padre  me dio de nuevo vida para ellos, él estaba dentro de la casa, mientras yo estaba desesperada afuera, gritando”.

 

Corriendo hacia el hospital

A pocas cuadras de allí, en pleno centro de Portoviejo, también quedaba la casa de Jacqueline Gorozabel, la jefe de enfermeras del Hospital Verdi Cevallos. Su testimonio no es menos impactante. El sábado era su día de descanso, estaba con su mamá y con su hijo, médico de profesión, de compras en el supermercado, cuando todo empezó a caer de las estanterías, mientras el asfalto, afuera, parecía levantarse. “En el momento que los puse a ellos a buen recaudo, decidí venir al hospital a estar con mis compañeras, porque la comunidad así lo necesitaba”.

 

Jacqueline Gorozabel Alarcon enfermera que estuve presente en el area de emergencia del hopspital Verdi Cevallos Balda para atencion de victimas del terremoto

Jacqueline les pidió a sus compañeras del hospital que le inyectaran analgésicos para soportar el dolor y seguir atendiendo los heridos.

 

Las escenas de pánico que había visto en la calle minutos antes, concordaban perfectamente con los lamentos, el dolor y la desesperanza que ahora veía en los pasillos del hospital. Las camillas no daban abasto, la gente rompía los botiquines para obtener alguna medicina y mientras tanto ella acompañada de su esposo, cargando hacia cualquier lado a niños, a abuelos, a personas mutiladas. “Venían con las piernas quebradas, o algunos incluso llegaban sin piernas, sin brazos…Todo fue terrible. Era en ese momento que teníamos que sacar toda la fortaleza de dónde no la teníamos”.

Pero el drama más desgarrador para Jacqueline, fue haber recibido el cadáver de María, una de sus colegas que estaba con ella en el supermercado. “Murió mamá, papá y un niño. Y fue terrible cuando me di cuenta de que la mamá de esa familia era una enfermera, una compañera de trabajo. Todavía me duele tanto”, recuerda ésta sobreviviente de la peor tragedia que ha vivido el Ecuador en más de 60 años.  

Sin embargo, el dolor para Jacqueline apenas comenzaba. Antes de llegar al hospital, alcanzó a pasar por su vivienda. Una relativa calma la invadió cuando observó que la fachada, en medio de la penumbra, aparentemente estaba intacta. Jamás alcanzó a imaginar lo que en realidad se encontraría 72 horas después, cuando terminó el peor turno de su vida. “Tres días después, me vine a enterar que mi casa, por dentro, estaba completamente destruida. Treinta años de trabajo, en un minuto, quedaron en el piso”, narra en medio de un lamento incontenible tras recordar que fue su propia madre la que algún día le sentenció que de esa casa “solo la sacarían muerta”. Por fortuna, el presagio no se cumplió. 

 

Jacqueline Gorozabel Alarcon enfermera que estuve presente en el area de emergencia del hopspital Verdi Cevallos Balda para atencion de victimas del terremoto

Se han identificado 840 personas con discapacidad, de las cuales 268 están en albergues y 126 con familias acogientes. 

 

Durante una semana, esta mujer contuvo las lágrimas. Les pidió a sus compañeras que le inyectaran analgésicos porque sentía que las piernas no le respondían. Todo lo que ocurrió la fatídica noche del sábado 16 de abril regresa ahora a su cabeza, le da vueltas y la persigue. Es la primera vez que habla con alguien diferente a sus familiares, a sus pacientes, con ellos se tiene que mostrar guerrera, valiente y luchadora, como si el terremoto no le hubiese quebrado los sueños, ni la esperanza. Nadie sabía, hasta ahora, que su sufrimiento puede ser más grande que el de todos los mortales juntos que están tendidos en las camillas a la espera del suero, del analgésico, de la insulina que aún no llega. 

“Le doy gracias a usted por haberme desintoxicado, por haber sacado todo de adentro, porque yo solo hablo con Dios”, nos despide Jacqueline, luego de darnos un largo abrazo, que parece interminable, así como su llanto, como su infinito dolor.

 

Una heroina salvando vidas

Dentro de las historias dramáticas, la de Jennifer tiene un caracter diferente, ella tenía una obligación adicional. Al igual que sus otros compañeros del Cuerpo de Bomberos de Portoviejo, una calurosa ciudad ubicada a tres horas del epicentro de la tragedia, debía ser la primera persona en acudir a rescatar a sus amigos, a sus vecinos, o simplemente a decenas de personas que jamás la habían visto, pero de las que ahora, por la fuerza de la caprichosa naturaleza, se podría convertir en su salvadora.

Las imágenes que veía esta mujer de 22 años, en apariencia frágil y débil, la acompañarán toda su vida. “Las familias quedaron abrazadas, la mamá, el papá, con sus niños, en medio de ellos, quizá por querer protegerlos, por el accionar del momento, la adrenalina, lo único que hicieron fue abrazar a sus hijos y quedaron bajo los escombros”, cuenta Jennifer sin poder detener el llanto, recordando cómo intentaba destruir, sin más ayuda que un martillo, un cincel y su enorme voluntad, las pesadas placas de concreto que tenían aprisionados a tantos cuerpos, a tantas almas. 

 

Jennifer Moreira lleva 8 años trabajando como bombero ,le toco rescatar victima tras terremoto

Las ciudades que sufrieron mayores daños estructurales y pérdidas humanas son Manta, Portoviejo, Pedernales, Bahía, Jama y Canoa.

 

Fueron 24 horas las que soportó, a más de 35 grados centígrados, debajo de las ruinas de su Portoviejo querido, buscando vidas en lo que quedó de la farmacia de la esquina, de la carnicería de don Luis, del hotel de doña Matilde, del jardín donde estudió. No sabía por dónde empezar. El desastre era de tal magnitud, que por varios minutos tuvo que parar, llorar y vomitar. “En ese momento me encontré con una imagen sumamente impactante de un niño de dos años en los escombros, el papá y la mamá. Me vinieron las nauseas, no sabía cuál iba a ser el siguiente paso, el susto, el pánico, qué hacer ahora”.   

Y mientras tanto, su hijo, el pequeño Abel de cinco años, consciente de que su madre se estaba convirtiendo en una heroína en medio de toda esta catástrofe, oraba a la distancia. Solo lo pudo ver hasta el día siguiente en la noche. Con el corazón hecho pedazos, tal como estaban las calles y los locales por donde deambulaba, llegó corriendo a su casa, con la satisfacción de haberle arrebatado seis personas a la muerte. Se aferró a su hijo y sintió que de nuevo la tranquilidad y la esperanza le corrían por las venas. “Todos los vecinitos le preguntaban cómo estaba su mamá, no me había visto aún y les decía, mi mamá está rescatando personas, más niños y niñas, eso él siempre lo tiene presente”.

 

Jennifer Moreira lleva 8 años trabajando como bombero ,le toco rescatar victima tras terremoto

Hay 6.998 inmuebles destruidos y 281 escuelas también han quedado afectadas.

 

Para ella, al igual que para Jacqueline y para Karen, la vida les dio una nueva oportunidad. Lo que construyeron durante años se lo tragó el terremoto, pero su fe y su voluntad se mantuvieron intactas. Ellas son las madres que le hicieron frente a esta tragedia, las protagonistas de una inimaginable catástrofe, las heroínas de un pueblo que sigue llorando a sus muertos, pero que está aferrado a la esperanza de poner de nuevo en pie lo que la tierra se llevó.      

 

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