Eme de mamá

Las madres, además de ser madres, son un sentimiento que sirve para todo:

Para sentir alegría frente a una tartaleta o un arroz con leche, por el simple hecho de ser el orgullo de ellas y de paso su fórmula secreta. Para rebelarnos e irnos lejos de sus cuidados cuando ya no queremos ser más los pequeños de nadie. Para dejar cosas entre comillas “importantes” y atravesar el mundo y volver corriendo a su lado porque ellas se sintieron frágiles. Para ser más fuertes de lo que podemos ser y todo para que ellas no se preocupen y puedan dormir sin desvelar a sus ángeles. Para ser infantiles cuando ellas sienten nostalgia del niño que ya no tienen entre sus brazos. Para ser muy educados y serviciales cuando ellas quieren alardear con sus amigas. Para no desesperar a veces con el jeroglífico de nuestra vida porque ellas sí lo descifran. Para recordar que así como crecimos y nos independizamos de ellas, en el mundo nada nos acompaña para toda la vida. Para emocionarnos y saber lo que dice Octavio Paz cuando confiesa: “Mi madre: pan que yo cortaba con su propio cuchillo cada día”. Para comprender –¡al fin!– que una madre es el motivo más íntimo que tenemos para ser agradecidos y que un hijo es la razón más poderosa para que sean tan bondadosas. Para tener la seguridad y la confianza de que sí hay mujeres incondicionales en el universo que nos quieren y hasta nos idolatran con nuestros defectos y nuestras inconstancias. Para saber que hay un pasado ineludible que nos hizo lo que somos a punto de regaños y de besos. Para aceptar que lo impredecible existe desde el momento en que ellas se comportan como leonas cuando parecen tan débiles. PARA CREER EN ALGO, SI NO EN SUS REZOS, POR LO MENOS EN LA GENEROSIDAD DE SUS MANOS.