José Pékerman, el hombre que les devolvió la ilusión a los colombianos

¿De dónde viene este argentino? El profe y su selecto equipo de trabajo han aportado la dosis de confianza que la selección nacional necesitaba para regresar a un Mundial.
José Pékerman, el hombre que le devolvió la ilusión a los colombianos

Argentina, tierra de atrocidades, maquillada por una prensa cómplice, afín a los intereses militares. Aquel país pujante que los medios intentaban mostrarle al mundo, era víctima de una convulsión interna impulsada por una despiadada cúpula de generales. Bajo la más sangrienta dictadura, se cometieron crímenes de lesa humanidad. Torturas, asesinatos, violaciones de los derechos humanos. En 1978, entonces, gobernaba el miedo. Pero el Mundial que había ganado la Selección celeste y blanca desató la euforia de las masas. El domingo 25 de junio fue una auténtica fiesta nacional. El Obelisco, cuna de todas las celebraciones, se transformó en un mar de gente y la popular avenida 9 de julio pareció un collage por ese diluvio de papelitos y serpentinas que salpicaron el cemento. Aquella tarde festiva, José Néstor Pekerman cruzó la avenida Corrientes a paso de hombre. Manejaba un viejo Renault 12. Le había pintado el techo de amarillo y el resto de la carrocería, de negro. Eran tiempos duros para su familia y los guayos que le habían dado de comer como futbolista andaban perdidos en un rincón del clóset. José era un taxista, como cualquier hijo de vecino. Es que jamás le escapó al trabajo. Vendió cucuruchos en la heladería de su papá, Óscar, fue ayudante de cocina, mozo en una pizzería y repartidor de garrafas. Tenía una mujer y un bebé que mantener. Razón suficiente para sentarse al frente del volante en ese momento de cruda necesidad.

Es que la rodilla le había puesto fecha de vencimiento a su carrera como mediocampista, casualmente en Colombia. Allí jugó tres años, en Independiente Medellín, donde nació Vanesa, su primera hija. Y tan noble era José, que no quiso seguir cobrando su contrato. Lo rescindió, volvió a Buenos Aires y se sometió a un tratamiento médico que no tuvo éxito. Había que seguir viviendo, claro. Por eso, a los 28 años se subió a un auto, aunque siempre supo que lo suyo era el fútbol. Y mientras en cada esquina levantaba pasajeros, durante las noches se especializaba en la escuela de técnicos. Pero tenía que reinsertarse en el medio local.

Había jugado en Argentinos Juniors. Debutó el 12 de julio de 1970 en un partido para el olvido: San Lorenzo ganó 4 a 0. Un año después, marcó su primer gol, en un clásico ante Platense. Sin embargo, la foto que más recordará es aquella en la que Diego Maradona era una mascota.

ESPAÑA FÚTBOL AMISTOSO

Pékerman es famoso por saber leer los partidos desde la línea y transformar al equipo con unas pocas palabras.

En 1982, casi en simultáneo con el nacimiento de su segunda hija, Ivana, y mientras empezaba a tallar fuerte el mundial de España, se sumó al cuerpo técnico de Ricardo Trigilli en Estudiantes de Caseros, un club con historia en el Ascenso. En aquel humilde equipo cimentó las bases. Dirigió Chacarita Juniors en dupla con Trigilli, pasó a Argentinos, pero los dirigentes decidieron despedir a su mentor. Con una excepción, le ofrecieron un cargo a Pekerman en las divisiones inferiores, por su pasado en «Los bichitos colorados». Fue el empujón que necesitaba para largar definitivamente el taxi y dedicarse a su verdadera pasión: corporizarse en entrenador de fútbol. Atrás, entonces, quedaron aquellos días en alpargatas, a orillas del Paraná. Sus múltiples oficios. Su pasado como volante diestro, ordenado y de buena técnica. Por delante, se le abrió la puerta de una carrera cargada de éxitos, de reconocimiento, de respeto.

 

Aquí, pékerman

Showmatch, el programa de mayor audiencia en la televisión argentina, basó su éxito en las cámaras ocultas. En la década del noventa, uno de sus más famosos sketches era representado por dos actores vestidos de overol azul y cascos amarillos que sorprendían a la gente en situaciones extrañas. Simulando ser operarios, les decían a las personas que encontraban en la calle que, para resolver los problemas que le planteaban, «primero tenemos que hablar con Pékerman». Y desde un handy se escuchaba una frase que se transformó en un clásico televisivo: «Aquí, Pékerrrrman». Entonces, José empezaba a pisar con autoridad en el fútbol. En 1994, después de haber dirigido en las divisiones menores de Colo Colo de Chile, se animó a encarar a Julio Grondona, presidente de la AFA, y le presentó una carpeta con su proyecto para dirigir a los más chicos. Al dirigente más emblemático del fútbol de estas latitudes le gustó tanto la propuesta, que lo eligió como entrenador de las selecciones juveniles. Y fue la mejor decisión que pudo haber tomado. Porque José fue el padre de una generación dorada. Con Juan Pablo Sorín, Walter Coyette y Ariel Ibagaza como principales figuras, ganó el Mundial sub-20 en Qatar. Dos años más tarde conquistó el Sudamericano de la misma categoría en Chile, y el Mundial de Malasia con Estaban Cambiasso, Juan Román Riquelme, Lionel Scaloni y Pablo Zabaleta, entre otros. En 1999, Argentina volvió a ganar el Sudamericano que se jugó en Mar del Plata y en 2001, el Mundial con Javier Saviola, Pablo Aimar y compañía. Hugo Tocalli siguió su huella y fue campeón en los mundiales de Holanda y Canadá, ya con Lionel Messi, un descubrimiento de José, que por entonces trabajaba en Leganés de España como asesor deportivo.

Sin embargo, nunca se despegó de su rol de formador. Mucho menos, de su contacto con Argentina. Por eso Grondona volvió a convocarlo para dirigir la Mayor cuando Marcelo Bielsa decidió irse abruptamente, después del fracaso del mundial de Japón, muy a pesar de su excelente trabajo y el gran rendimiento de la selección albiceleste en las Eliminatorias. Pékerman se hizo cargo del equipo que participó del mundial de Alemania. Los penales le dieron la espalda en los cuartos de final. Se lo criticó con extrema dureza por no haber puesto a Messi en aquel partido. Una herejía, teniendo en cuenta que se trataba de su protegido, que buscaba no exponerlo.

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Con sus pupilos el día de la clasificación a Brasil. Como un padre con sus hijos.

 

Fue un golpe contundente aquella eliminación. Volvió al ruedo en Toluca y Tigres de Monterrey. Hasta que dijo «basta para mí». Y se tomó casi tres años sabáticos. Rechazó infinidad ofertas. Los mejores clubes de Europa, Argentina, y las selecciones de Estados Unidos, Japón y Australia no lograron convencerlo, más allá de su poder de seducción. A todos les dijo que no. Hasta que apareció Colombia. Y Pékerman decidió dejar de jugar por un tiempo con sus nietos en el jardín de su casa de Martín Coronado, en las afueras de Buenos Aires, para aceptar el desafío tricolor.

 

El profesor José

Los laureles que supo conseguir en Argentina fueron producto de una característica distintiva. Por ese espíritu docente que lo acompaña, Pékerman priorizó siempre la técnica de los futbolistas por encima de la táctica y la estrategia. Sus equipos siempre tienen vocación ofensiva y, difícilmente, se aparten del esquema 4-3-1-2 o 4-2-2-2. Y muy a pesar de los entrenadores contemporáneos, no busca la aceleración, la presión continua, el ritmo frenético en sus jugadores. Apuesta por una búsqueda diferente, con jugadas elaboradas y sorpresa en sus laterales. Sus seleccionados juveniles marcaron una época. También, aquella Selección que jugó el mundial de Alemania. Todo un testimonio de su gusto futbolístico resultó su enganche preferido, Juan Román Riquelme, un futbolista ubicado en las antípodas de Messi. El «10» de Boca tiene pausa, al margen de su extraordinario pie derecho. El crack del Barcelona combina velocidad y talento. José nunca renunció a su estilo. Por eso es un técnico moldeado para Colombia.

Pékerman supo dotar a los jugadores de la Selección con esa mentalidad ganadora. La mayoría de sus convocados milita en Europa. Y aunque muchos hicieron una escala en Argentina, una de las ligas más competitivas del continente, trabajar con José es todo un posgrado. Su mirada, por otro lado, no está enfocada en los futbolistas de élite. Por ese ojo de águila que supo agudizar a lo largo del tiempo, no pierde de vista a los jóvenes valores. Éder Álvarez Balanta es un caso testigo. Con apenas 21 años recién cumplidos, fue convocado para los últimos dos amistosos. El zaguero de River Plate es uno de los 23 seleccionados para jugar en Brasil. Y mientras muchos entrenadores grandes sufren la comunicación con sus dirigidos por una cuestión de edad, a los 64 años que no pudo cumplir John Lennon, los jugadores «aún lo seguirán necesitando», como reza esa inolvidable canción. No hay distancia con los pibes, pese a que su adolescencia haya sido en los tiempos de Los Beatles. José siempre tuvo la fórmula para bajar su mensaje sin interferencias generacionales.

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Pékerman con Patricio Camps, encargado de la línea de ataque de la Selección.

 

Los hombres detrás del hombre

Así como nunca se separa de su esposa Matilde Michelín fuera de los límites del campo de juego, en la cancha es imposible verlo lejos de Néstor Lorenzo, su mano derecha. A los 48 años, es el confidente de José. Lo conoció en 1984, cuando era un corpulento defensor que jugaba en las divisiones inferiores de Argentinos Juniors. Fue un eficiente marcador central para su época y desarrolló una carrera, tal vez, impensada para sus dotes técnicas. Jugó en San Lorenzo, Ferro, Boca Juniors, Banfield, Bari de Italia y Swindon de Inglaterra. También, el mundial de Italia 90, donde la selección que dirigía Carlos Salvador Bilardo llegó a la final. Fue titular en aquel partido Lorenzo y terminó con lágrimas en los ojos por la derrota ante Alemania. Después de su retiro con la camiseta de Banfield, a los 31 años, pasó al ostracismo. Fue agente de jugadores. Y se reencontró con José en 2006, para la Copa de las Confederaciones y el Mundial. Con sus amigos suele ser extrovertido, pero es muy reservado. A fin de cuentas, una característica de todo el cuerpo técnico de la Selección. Néstor parece no compartir el segundo nombre de Pékerman por obra y gracia de sus madres. Tienen un pensamiento similar. Por su pasado como zaguero, se ocupa de los trabajos defensivos.

Eduardo Urtasún (52) era delantero de Arsenal de Sarandí y El Porvenir. Como si hubiera seguido los pasos de José, se retiró joven, a los 29 años. Estudió Preparación física, trabajó en clubes de rugby y del Ascenso hasta que se sumó al equipo de Pékerman cuando Gerardo Salorio, profe de la vieja guardia, lo incorporó al grupo, durante los primeros tiempos de la selección juvenil. Su apodo es «Banana». Es muy puntilloso con su trabajo, dedica horas y horas a la planificación de los entrenamientos y no le gusta la exposición pública. Fiel ladero de Pékerman, trabajaba en Libertad de Paraguay con Jorge Burruchaga. Cuando recibió el llamado para integrar el cuerpo técnico de Colombia, no dudó ni un minuto y dejó Asunción con total convicción.

Pablo Garabello (41) se sumó al «Grupo Pekerman» cuando José trabajó en México. Como Lorenzo y el propio técnico de la Selección, jugó en Argentinos Juniors, pero nunca llegó a debutar en Primera. Dirigió en clubes de la tercera categoría, como Deportivo Laferrere, pero el salto grande lo dio en Colombia. Detallista, obsesivo, se ocupa de los mediocampistas. Es fuente de consulta permanente.

Patricio Camps (42) fue un enganche de primera línea en Vélez Sársfield. En la década del noventa, ganó ocho títulos con el club de Liniers. El «Pato» también jugó en Grecia, México y Paraguay. Se ocupa, exclusivamente, de la línea de ataque. A fin de cuentas, es el quinto goleador histórico del equipo de la «V» azulada, con 89 goles.

Otro de sus hombres más cercanos es Gabriel Wainer (48), ex periodista, devenido en secretario técnico, afín a los videos, capaz de pasarse horas y horas en la búsqueda de las debilidades de los potenciales rivales de Colombia. Y Marcelo Roffé, psicólogo deportivo, ha sido fundamental para trabajar la cabeza de los jugadores colombianos. Claro que José no solo está rodeado de argentinos. También tiene cuatro colaboradores locales. Eduardo Niño (47) fue el histórico suplente de René Higuita, pero no por eso menos experto a la hora de entrenar a los arqueros. Figura en Independiente Santa Fe, Millonarios y América de Cali, se ocupa de que los porteros pongan firmes las manos. El médico es Carlos Ulloa (43), un cirujano prestigioso de la Universidad Javeriana. José Rendón (45), el kinesiólogo, que hace casi dos décadas trabaja de lleno en el club escarlata, además de estar constantemente al servicio del equipo tricolor. William Torres Muñoz es el utilero. Siempre de buen humor, cercano a los jugadores, también se desempeña en Santa Fe. Y tiene un hobby: colecciona camisetas.

Ahí está Pékerman, con su gente. Ya cumplió el anhelado sueño de cuarenta millones de colombianos: volver al Mundial. Ahora, la ilusión es más grande. De la mano de un argentino, en el país de la samba, José intentará imponer la letra de su propio tango.