Juan Manuel Santos, perfil no oficial

Es riguroso en el trabajo, conservador en su forma de vestir, vanidoso en su cuidado personal y generoso con los que trabaja.

 

Un día, por volarse de la Escuela de Cadetes de la Armada, en Cartagena, para verse con su novia, Juan Manuel Santos tuvo que cumplir el castigo de rigor: tres días de rutinaria, algo que consistía en levantarse más temprano y acostarse más tarde que los demás y en hacer ejercicio o trotar con el equipo puesto en los momentos de descanso. José Luis Arango, compañero de Santos en la Armada, lo recuerda perfectamente: “Los pagó sin decir una sola palabra”.

 

Juan Manuel, líder del grupo por tener las mejores calificaciones durante los dos años, aceptaba resignado los castigos que le imponían a él o a su compañía. En parte por orgullo, pero también para forjar el carácter. A tan temprana edad, ya tenía fijada su más ambiciosa meta. Repetía, ante la incredulidad de sus compañeros, que quería ser presidente de Colombia.

 

Así que el primer rasgo que sobresale en Juan Manuel es su obsesión por cumplir lo que se propone. “Por eso está donde está”, asegura su amigo de pupitre del colegio San Carlos, Rafael Riveros. Y recuerda que esa determinación para conseguir sus metas era la misma que aplicaba con las mujeres. “Cuando le ponía el ojo a alguna no descansaba hasta que se la levantaba. Tuvo pocas novias pero siempre eran las más bonitas”.

 

Algún día el administrador del Country Club llamó a Enrique Santos, papá de Juan Manuel, a darle quejas porque el muchacho era muy inquieto. “Tranquilo, mijo, mire que en la vida es mejor atajar que arriar”, contestó el viejo.

 

Pero no sólo levantaba novias, también envidias y recelos. Desde aquella época muchos han creído que su apellido le ha facilitado la vida. Riveros es enfático: “Me consta que todo lo que ha hecho ha sido por encima de su apellido, que ha llevado un combate permanente por demostrar que sus logros son por méritos propios”.

 

La propia familia Santos tuvo que resignarse cuando Juan Manuel dejó la subdirección de El Tiempo en 1991 para meterse de lleno en la actividad política, aun en contra de la opinión y la tradición que les impedía a los Santos usufructuar el poder burocrático.

 

El segundo rasgo, que tiene que ver con esa obsesión, es su capacidad de trabajo. Sólo que, a diferencia de Álvaro Uribe, a Santos le alaban sus condiciones para trabajar en equipo. Sabe delegar y disfruta cuando alguien le trae ideas novedosas. Le brillan los ojos cada vez que le presentan una tarea bien hecha y se molesta de sobremanera con la improvisación, la chambonería o la palabrería sin sentido.

 

“Me enamoré de usted”, le dice a quien ofrece una solución ingeniosa o un documento bien escrito e investigado. No es efusivo. No abraza ni besa, pero reconoce cuando alguien hace bien la tarea. Como buen hijo del signo Leo, es un líder natural, no tan locuaz ni tan encantador como la mayoría de los leoninos, pero con la suficiente energía para entusiasmar a quienes se acercan a trabajar con él.

 

Juan Manuel Santos es riguroso. De su paso por El Tiempo le quedó el delirio por la buena ortografía y por la correcta aplicación de las normas gramaticales. Odia utilizar adjetivos y gerundios y suele dictar pequeños e improvisados tratados sobre el uso del “que galicado”.

 

Cuando fue subdirector del periódico, podía demorarse cinco horas escribiendo un editorial, pero lo pulía hasta que se sintiera satisfecho. Así lo recuerda Yolima Jiménez, su secretaria durante 27 años. Luego se lo entregaba a Jaime González Parra, uno de los célebres correctores de estilo del periódico, un erudito como pocos que fungió como su maestro en sus tiempos de columnista. Gracias a González, Santos aprendió a no escribir nunca de más, pero tampoco de menos.

 

Tiene la costumbre de cargar siempre en su maletín las últimas ediciones de Time, Newsweek y The Economist, de leer antes de salir de su casa los diarios nacionales y de consultar los monitoreos de prensa. Le gusta estar informado y quiere saber qué dicen de él. Malo y bueno. De hecho, es famosa la colección de caricaturas sobre él hechas por Osuna que tiene colgada en una de las paredes de su vestier.

 

Juan Manuel Santos es un hombre convencional en su atuendo. Ni su amor por los Beatles ni la fiebre de los años 60 le hicieron perder la compostura natural: no usó el pelo largo ni se dejó crecer la barba de manera desmesurada, como muchos de sus contemporáneos. En cambio, siempre se ha esmerado por su pulcra presentación personal y, detesta, entre otras cosas, tener las manos sucias.

 

Ha ido al mismo sastre durante los últimos 40 años. José Mejía, un tolimense que cose por tradición familiar, lo atiende desde finales de los años 60, y da fe del gusto clásico del nuevo Presidente.

 

Don José le corta siempre el mismo estilo de trajes: pantalón con pliegues, recto y doblado en la bota; saco de dos aberturas, dos botones, solapa término medio con ojal y solapas en los bolsillos. Eso sí, Santos escoge los paños, los compra durante sus viajes al exterior y siempre son ingleses, en tonos que no salen del gris, el azul oscuro y los casi negros.

 

Es el mismo sastre que atendió a García Márquez, al presidente Virgilio Barco y que ahora es el preferido de varios congresistas y magistrados. Don José a veces opina sobre los cortes o los modelos, pero en el caso de Santos, sólo recibe el paño. Jamás ha variado el corte. Sin embargo, durante la última cita, ocurrida en febrero de este año, hubo un ligero cambio: tres centímetros más de cintura.

 

En la peluquería es igual de conservador. “Las caleñas”, dos hermanas palmireñas que atendieron a Santos durante 22 años, cuentan que siempre le hicieron el mismo corte de cabello. Cada mes recibían su visita en el salón de belleza y pagaba en efectivo con la plata que Yolima, su secretaria, le metía discretamente en el bolsillo.

 

Tiene fama de ser un hombre poco carismático, distante y presumido. Pero sus amigos dicen que la palabra que le cuadra es tímido. No habla mucho, no es dado al contacto físico, pero es afectuoso y tierno en su círculo íntimo, con su esposa, María Clemencia; con sus hijos, Martín María Antonia y Esteban, y con sus amigos más cercanos.

 

Vencer la timidez le ha costado trabajo. Cuando fue ministro de Defensa, se costeó de su propio bolsillo un moderno telepronter para ganar confianza en los discursos. Incluso tomó cursos de dicción. Y durante la campaña presidencial se le vio más desenvuelto y espontáneo.

 

Digan lo que digan, “es un tipo buena gente”. Así lo describen su secretaria, sus peluqueras, su sastre, las empleadas del servicio y hasta don Carlos, el hombre que toda la vida lo ha atendido en el Country Club cuando va a jugar golf o póquer. Es querido, sencillo, con una virtud que quienes le sirven, agradecen: los saluda a todos por su nombre.

 

Además, es generoso. Es sabido que le regaló el dinero obtenido por el Premio Rey de España a una empleada del servicio para que pagara su casa. A Ligia, la nana de sus hijos, le pagó la carrera de periodismo y le buscó trabajo en un ministerio. A Mónica, la empleada costeña que le enseñó a bailar vallenato, le arregló la casita en María la Baja que él mismo visitó en una de sus correrías como ministro, y le mandó poner ventanas, puertas y pisos. También ayudó al hermano de las peluqueras y les pagó todo el estudio a dos niños víctimas de la tragedia de Armero que ya están haciendo especialización en España.

 

Esta descripción riñe con la fama de tacaño que se ha ganado. Lo cierto es que le gusta la austeridad. Hasta hace siete meses, Yolima le servía el almuerzo que él traía de su casa y que consistía en un menú muy ligero y balanceado que remataba sin falta con un café negro endulzado con media pastilla de Splenda.

 

Cuida su figura (esos tres centímetros de más en la cintura lo debieron preocupar de más) y por eso no pica entre comidas. Sólo maní, coca-cola de dieta, café y agua acompañan sus largas jornadas de trabajo, que suelen irse hasta la madrugada. Su único pecado son los chocolates, pero ni siquiera busca que sean suizos o franceses. La clásica “jet” es perfecta.

 

Hace unos años se dejó seducir por el yoga. También trota y monta en bicicleta. Cuida su piel con tratamientos faciales, no se despega del bloqueador solar y siempre carga papel de arroz en el bolsillo para eliminar el brillo del rostro.

 

Su presentación personal es una de sus manías manifiestas. No ahorra gastos en las camisas, las corbatas y los zapatos que compra cuando va a Europa o Estados Unidos. En su clóset tiene una buena colección rigurosamente ordenada por colores.

 

Es disciplinado y puntual. Se molesta mucho cuando no puede llegar a tiempo a una cita. Hasta hace poco cargaba en el maletín la agenda del día, porque detesta que le incluyan cosas de última hora, y una lista de llamadas pendientes que él mismo devolvía. No le gusta perder el control de sus cosas y hay tareas que no delega.

 

No improvisa. Lee todos los documentos que pasan el filtro de sus asesores y corrige con escrúpulo los que le hacen sus amanuenses. Tiene memoria de elefante para recordar cada idea y cada instrucción que dio para elaborarlos. Aun así, los discursos que leyó después de la primera vuelta y el de la victoria de este domingo, los tecleó él mismo en el computador, recibiendo los aportes de sus asesores de campaña.

 

Le gusta escuchar. Es abierto a todo tipo de opiniones, pero cuando debe tomar decisiones cruciales, lo hace solo y con una frialdad pasmosa, con cara de póquer, como dirían sus compañeros de juego. Sus asesores, que en su mayoría lo acompañan desde el Ministerio de Hacienda, aseguran que nunca lo han visto acelerado ni angustiado. La misma tranquilidad que mostró cuando le tocó manejar la crisis financiera y fiscal de los 90, fue la que desplegó con el desarrollo de la Operación Jaque y la muerte de Raúl Reyes.

 

No tiene agüeros y su única devoción se la dedica a la Virgen la Milagrosa. Carga de ella una estampita en su billetera y hasta el domingo sobresalió, en su oficina de campaña, una figura en cerámica que su esposa le pintó de color naranja. La Milagrosa es la única que lo acompaña en sus momentos de soledad, en los de las decisiones cruciales. La Virgen… y un Pepe Grillo que, como en el cuento de Pinocho, le sirve para recordarle escuchar su conciencia.

 

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