Las gambetas de Tito Puccetti cubriendo el Mundial

Entramos en el diario del comentarista de ESPN y Blu Radio para conocer cómo es su rutina de trabajo en la caótica vida brasileña.
Las gambetas de un periodista cubriendo el Mundial

Me he jugado la vida cubriendo este Mundial. Pero si muero mañana, me voy tranquilo. Feliz. Tengo que atravesar las congestionadas calles de Río de Janeiro en una mototaxi cuyo conductor ha perdido la cordura. Se divierte cuando maneja sobre la cuerda floja y se siente hormiga al evadir buses, carros y peatones. La adrenalina lo enciende. Yo, mientras tanto, cierro los ojos. Me hago el que confío. Y ruego por que me lleve sano y salvo a los estudios que ESPN ha instalado en Copacabana.

Mi mototaxista trabaja en las favelas y su negocio de transporte es ilegal, pero fue la única solución que encontré para poder trasladarme desde la IBC –el estudio ubicado en Barra da Tijuca donde narro los partidos para Blu– hasta la hermosa Copacabana –donde el mundo gira para rendirle culto al cuerpo–. Los partidos que relato por lo general se acaban a las ocho de la noche y a las nueve debo presentar el programa Balón dividido en ESPN, pero entre un barrio y el otro hay dos horas en carro, así que las cuentas no dan. Por eso tuve que buscar otra alternativa, entre demente y mágica, para cumplir con todos los asuntos periodísticos con los que me comprometí. Ha sido agotador y miedoso, pero lo hago con gusto por cumplir el sueño de narrar un Mundial.

Esta es la cuarta Copa del Mundo a la que asisto, pero la primera en la que relato los partidos.  Antes –en el 98, 2006 y 2010– trabajé como reportero y como conductor de programas. Así que esta oportunidad la estoy saboreando con cada átomo de mi cuerpo. Y justo me tocó el Mundial latinoamericano, el más caótico, pero también el más hermoso. Cuando estuve en los campeonatos que se realizaron en Europa, experimenté la tranquilidad que da el orden. Cada detalle de la logística era perfecto y las celebraciones eran, aunque entusiastas, mesuradas. El de Sudáfrica se vivió con poca gente. Hacía frío y la mayoría de los aficionados eran locales. Y ahora se nos vino esta avalancha de Brasil encima, con desorganización, protestas, trancones imposibles, filas eternas, vuelos que no llegan y trabajadores que operan con lentitud, pero con el encanto de lo impredecible, de lo fantástico, de la aventura. Un inglés aquí podría enloquecer. Yo, como colombiano, no me cambio por nadie.   

 

A las carreras

Desde el primer partido tuvimos que correr. Íbamos hacia el Arena Corinthians, en Sao Paulo, para el encuentro entre Brasil y Croacia, ya que aunque muchos de los juegos los narramos en cabina, para los más importantes asistimos a los estadios. Salimos a tiempo. Todo iba en orden. Llegaríamos a arreglar equipos y a esperar el pitazo inicial. Pero nos chocamos con la sorpresa de que las autoridades –que se han encargado de que nuestro trabajo no sea obstaculizado por las protestas– habían decidido alejar del campo de juego a las personas sin boletas y crearon una barrera que no era posible atravesar sobre ruedas, así que a caminar.

Nos encontrábamos a unas diez cuadras del estadio, lo cual ya nos robaría tiempo, pero además nos acompañaba el «Tino» Asprilla. ¡Catástrofe! Todos querían saludarlo, tomarse fotos con él y confesarle que era ídolo de su adoración. No llegaríamos nunca, así que decidimos disfrazarlo. Lo cubrimos con un manto y le pusimos gafas de sol, parecía un visitante de Arabia Saudita. Solo así pudimos llegar. Justo a tiempo. Pero cuando nos avisaron que estábamos al aire, en nuestra voz aún se oía la fatiga.

Cubrir este Mundial implica tener buen estado físico y estar dispuesto a sudar. Por fortuna yo troto en las mañanas y mi cuerpo tiene alguna idea de lo que es el ácido láctico. Después del partido de Colombia en Brasilia, una vez más tuve que desplazarme a ESPN para hacer una transmisión en vivo. No me llevé a mi mototaxista en la maleta desde Río, pero sí empaqué toalla, de-sodorante, gel y una muda de ropa, y luego de la narración corrí un kilómetro sin detenerme hasta el estudio de grabación. 

Corremos a los estadios, a las cabinas, a los estudios, a las ciudades. A veces en climas fríos, pero en otras ocasiones en temperaturas abrasadoras, poco benévolas para los que nos tenemos que derretir frente a las cámaras. Antes y después de los partidos hacemos análisis, armamos teorías, discutimos alineaciones y damos estadísticas. Llegamos a dormir a eso de las dos de la mañana y cinco horas después ya estamos despiertos para empezar otra vez –en mi caso, para conversar sobre fútbol en el programa de las mañanas de Blu–. La primera fase es muy intensa, hay muchos partidos y pocas fiestas, aparte de esa que produce la llegada del balón a la malla luego de travesar el arco contrario.

 

Con los oídos despiertos

Las servilletas de nuestro hotel en Río de Janeiro se acaban con frecuencia. Todas las mañanas, Hernán Peláez –maestro del periodismo deportivo–, Juan Carlos Osorio –exjugador y director técnico del Atlético Nacional– y yo, nos encontramos para desayunar. Es uno de mis momentos favoritos del día. Entre los huevos y el café, Peláez hace un recorrido por la historia del fútbol. Osorio, por su parte, se encarga de enseñarme todo lo que sabe sobre táctica y dibuja un ejemplo detrás de otro sobre las servilletas. Es una maravillosa forma de arrancar la jornada.

Como un afiebrado del deporte, esa ha sido una de las gratas experiencias que me ha dado Brasil: poder conocer a los grandes y aprender de ellos. Para cubrir un Mundial vale la pena tener los ojos abiertos y los oídos despiertos. Todo aporta para después compartirlo. Conocí a Maradona, a Valdano, a Van Nistelrooy, a Hugo Sánchez y a Michael Ballack. Hablar con ellos ha sido un honor que me hace un mejor profesional y una mejor persona. 

Trabajar con el «Tino» Asprilla también ha sido una experiencia reveladora y enriquecedora. Es un tipazo que siempre está dispuesto a ayudar a llevar cosas de un lado para otro –sin la menor pose de divo– y a decir lo que piensa. Cuando habla de fútbol es acertado y visionario –pronosticó que la figura del encuentro contra Costa de Marfil sería Quintero–. Cuando habla de la vida es espontáneo e imprudente –y en esa medida, muy divertido–. 

A través de ellos y de la observación, uno entiende que el fútbol ha cambiado. Esto se nota, por ejemplo, en el secretismo de las selecciones. Antes, los periodistas teníamos la oportunidad de hospedarnos en los mismos hoteles de los jugadores y así conocer un lado más íntimo de ellos para revelarlo al mundo. Ahora no están dispuestos a correr ese riesgo, la información en manos del equipo oponente siempre puede ser peligrosa. Si se rumora sobre una lesión, el contrincante siempre apuntará a la rodilla adolorida. Por esta razón, desde los medios sabemos poco de la selección Colombia. 

 

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Se vive, se siente…

Hay quienes creen que el fútbol se define desde los pies. No se dan cuenta que nace del pensamiento y de la emoción. Es un deporte visceral que habla de una nostalgia por la infancia, por lo que fue y por lo que quisimos que fuera, por lo que podría ser. Así que también habla de una esperanza infatigable, eterna. Por eso, para cubrir un Mundial se necesita sensibilidad. Hay que andar con el corazón a flor de piel para poder transmitir desde el sentimiento. 

Me ha quedado fácil llorar durante este cubrimiento. Se me escurren las lágrimas desde el momento en el que miles de personas continuaron cantando el himno desde la tribuna después de que se fuera la música en el partido en el que debutamos frente a Grecia. Aquí los colombianos pululan y contagian el patriotismo hasta al más apático. Después de tanta violencia, aquí estamos reunidos y creemos en que las cosas pueden cambiar a nuestro favor. 

Por eso, el momento más emocionante de esta experiencia lo viví cuando Pablo Armero metió el primer gol para Colombia. Había pensado que podría irnos bien, pero que sería con mucho esfuerzo y dificultad, como siempre son las cosas para nosotros, así que esa anotación, tan pronto, me llevó a creer en la posibilidad de un cambio. Tal vez, pensé, podría permitirme soñar sin temor. 

Sin embargo, a instantes de tanta euforia se contraponen otros dolorosos, como ver a estrellas del fútbol derrotadas, como ocurrió con los españoles. Para un amante del balón, más allá de la bandera hay admiración por aquellos que nos dieron tantas satisfacciones, así que fue muy duro ver a Casillas destruido. Nosotros solo les debemos agradecimiento por hacer de este deporte un espectáculo. 

Entre tantos sentimientos encontrados, tantas carreras y tanta disposición a aprender y a crecer, estoy exhausto. No obstante, cuando pienso en la selección Colombia, la adrenalina empieza a fluir y entonces vuelvo a tener energía para trabajar, para correr, para sentir, para soñar.