Mariana Pajón y su mamá, unas guerreras invencibles

Para su hija, Claudia es una guerrera. Ambas lo son. La campeona del BMX le debe mucho a su madre que es su polo a tierra y su cómplice.
Claudia Londoño y Mariana Pajón

 

 

Por: Nátaly Londoño

 

 

Los recuerdos pasan por su mente como si fueran cintas magnéticas. Y sus ojos claros, a veces azules y a veces grises, se vuelven espejos de agua. Tal vez sea saudade, o esa mezcla rara de sentimientos que se refugia entre la piel y los huesos cuando alguien nos pregunta por los días en que todavía no sabíamos de qué estaba hecha la vida. El agua se evapora, ella sonríe y me lleva a visitar a sus once hermanos mayores: me deja verlos jugar canicas, montar en bici, pero, sobre todo, me deja verla a ella con un carrito de madera que echa a rodar hasta mí para que de un impulso se lo devuelva. “Viví todo lo que vivían los hombres y eso me encantaba”, me dice mientras apoya su mano derecha sobre una de mis piernas, como para devolverme del pasado. 

 


Claudia Londoño me toma de la mano y me lleva a otra parte de su vida: “Mi papá murió como a las 68 años de un enfisema pulmonar. Mi mamá tiene 97”. Me cuenta que el hombre fue un gozón, un deportista, y la mujer una persona muy estructurada, la imagen que todos quisieron seguir. Humana. Responsable. Y la dueña de ese poder arrollador: “Todos los domingos, sin falta, buscamos una disculpa para jugar cartas con mi mamá o para tomarnos un alguito. Para estar juntos”. Yo me distraigo tratando de dibujar esa casa grande donde las cosas reposan en el lugar perfecto: dos padres, doce hijos, cada uno con una responsabilidad en los quehaceres domésticos que no tiene negociación y que se va rotando cada semana. Veo ropas que van pasando del hermano mayor a los que llegan. Veo a alguien dispuesto a acompañar a este hijo a practicar tenis; a aquel, bolos; a los otros, golf, y a ella, equitación. Los veo a todos esperando las vacaciones para salir a jugar a la calle, y a ella muy loca y muy compinche de los dos hermanos que le siguen (seguían) hacia arriba. En fin, unos primeros años felices en la Medellín del calor constante.

 

 

La ecografía de Mariana
No me vas a decir qué es, le pide Claudia al médico que la atiende. Listo –responde él–. Solamente te digo que busques bicicletas sin barras. ¿Sin barras? Sí. Esas eran las que usaban antes las niñas. 

 

 

Esos hermanos, los compinches, hoy están muertos. Pero no fueron los primeros en decir adiós: primero una hermana se mató en un accidente de tránsito, y le siguió otra en las mismas circunstancias. Después un hermano en un accidente de aviación. Y ahora dos a causa del cáncer. Silencio. Esas ausencias le deben provocar una sutil conmoción –pienso–, porque algo en su rostro cambia cuando lo comenta: las palabras no le salen tan rápido como antes y sus manos se quedan quietas y sus piernas se descruzan. Pero no es evidente. Tal vez es que hay personas que aprenden a afrontar las pérdidas con entereza: “Sabés que sí. El primer ejemplo fue mi mamá. Yo lo tengo muy grabado. Mis hermanos iban para la costa y se volcaron cerca de Montería. Mi hermana murió al día siguiente. Hubo que traerlos a ellos. Uno venía muy grave. Cuando se muere una persona en un accidente es muy impactante porque no estás preparado, algo distinto ocurre cuando muere a causa de una enfermedad, porque hay un proceso de antemano que nos incita a decir: es hora de que descanses”. 

 


El primer ejemplo fue su mamá. Claudia acaba de cumplir 13. Tiene el cuerpo menudo y la tez blanca. El cabello negro. Y en su aparato nervioso circula la impresión de saber a su hermana muerta. No tiene ganas de llorar. O tal vez sí pero no muchas: la angustia la tiene reservada en el costado izquierdo del corazón. Y no puede dejar de ver con desconcierto a la mujer que la llevó en el útero y que está en plan organizador: “María Eugenia se murió. Ahora vamos a salvar a los otros. Fulanito acompaña a tal, usted se encarga de las exequias, yo me voy con el más grave”.Con la conducta de su mamá, Claudia comprendió que, aunque el dolor se quede enredado en las venas, no hay que dejar que lo sacuda a uno, que lo descuadre. Silencio. ¿Después qué pasó? “Después conocí a Carlos Mario Pajón, mi marido, cuando tenía 14. Y estoy con él desde ese entonces. Duramos nueve años, hasta que nos casamos… hace treinta y pico”. 
 

 

 

El parto

 


Claudia estaba agachada entregándoles las loncheras a los niños y sintió una contracción casi imperceptible: “Va a nacer esta chiquita”. No había comprado el regalito que el bebé le traería a su hermanito y ese día se casaba un hermano suyo. Así que se fue a comprar el regalito: una volqueta de plástico. Y después llamó a su médico: "ya empezaron los dolores", le dijo. "¿Cómo te sientes?", "Bien, yo creo que alcanzo a estar un ratico en el matrimonio". Disfrutó la fiesta y a las 23:15 hizo otra llamada. El médico había salido a cenar pero de inmediato sincronizaron las manecillas del reloj para encontrarse en la Clínica del Prado. Mariana nació 35 minutos después, el 10 de octubre del 91.  

 

 

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Suena el citófono. Alguien más hace pasar a quiénes llaman. Ella se para un momento para buscar su celular, lo encuentra, lo mueve y sus actos terminan en sonrisa: "Es que mira –me dice–, Mariana siempre es así". Me muestra el chat y me lee: “Buenas noches mamá famosa” y, al lado, besos y corazoncitos. 

 


Las personas que llegan al apartamento están ahí para tomarle fotografías, entonces nos vamos al jardín que rodea el edificio, antes de que la luz se extinga por completo. “¿Esa cámara quita las arrugas?”, bromea. Nos reímos. El césped parece una esponja que succiona nuestros pies cuando caminamos sobre él. Quizá sea una venganza. El fotógrafo le dice cómo moverse, ella le hace caso. Y de vez en vez hace una aclaración mentirosa: “Yo salgo horrible en todas las fotos –nos volvemos a reír–, en serio. Yo no soy como Mariana que hace cualquier mueca y queda linda la culicagada. Uno tiene que ser realista y yo no salgo bien”. Sigue tímida ante el lente. A veces se ríe a carcajadas, a veces se queda seria, a veces pregunta: “Cómo me hago”. Y de pronto aparece una pose afortunada: ¿Te importa sentarte en el piso? “No. Me encanta –cruza las piernas, apoya los codos sobre las rodillas y los dedos de ambas manos parecen suspendidos en la nada por un imán–, esta es mi pose. Como trabajo con niños, todo el día estoy en el piso”. Las fotos quedaron bellas. Subimos al 501. Nos sentamos en el balcón. Solas. 

 

Claudia tuvo la alegría de ver a Miguel enloquecido de ternura por Mariana, su hermana.

 

 

Un paseo familiar

 


Miguel –el hermano mayor de la bicicrosista– coge la canasta de mimbre y la pone en posición horizontal donde empieza la pequeña montañita de tierra en el pasto. Ayuda a Mariana a meterse dentro y la echa a rodar. Claudia los ve de lejos y corre para alcanzar a la niña, que sale con pequeñas heridas en los cachetes ocasionadas por las fibras que se desprendieron de la canasta durante el trayecto. Hay poca sangre y muchas marcas: es un tigre. Mariana, que ya ha aprendido a hablar, habla primero que cualquiera: “Mamá, parezco disfrazada, ¿cierto?”.

 

 

Claudia estudiaba Licenciatura en Educación Preescolar y él (Carlos Mario), Administración de Empresas. Mientras el uno corría en carros, la otra practicaba equitación o jugaba vóleibol, dos deportes que le apasionaban. “La equitación la dejé cuando empecé la universidad, el vóleibol cuando empecé con mi guardería”. ¿Guardería? Sí, Los Ositos, fundada en los años 80 por tres estudiantes que todavía no tenían cartón y habían cultivado su amistad desde del colegio: Claudia, Clara María Velázquez y Maria Adelaida Córdoba (que murió en un accidente de tránsito en el 85). Tres mujeres que iban de aquí para allá con la cabeza llena de ilusiones y con una vocación por la enseñanza que les permitió afrontar cada uno de los obstáculos que se les fueron presentando. “Fue un riesgo muy grande porque estábamos muy niñas.

 

 

Empezamos con el sobrinito, con los primitos. Y con nuestro propio método, un método que hemos ido cambiando porque la educación va evolucionando, aunque siempre está enfocado en el respeto por los demás y en sus ideas”. Sacar a flote un negocio que ella nunca vio como un negocio, terminar el pregrado, ser novia. “Mi marido molesta mucho diciendo que yo lo casé. Que mis papás lo casaron. La verdad es que esperamos a estar un poco más sólidos para empezar esa nueva vida juntos. Y como queríamos disfrutar de ella, nos demoramos cinco años en formar una familia, en tener el primer bebé, Miguel. Tres octubres después llega Mariana. Y Daniel fue una sorpresa completa, cinco años más tarde. Lo que sí estaba planeado era que se llevaran cierto tiempo entre ellos porque queríamos disfrutar del proceso de cada uno. Solo había una cosa clara: queríamos encaminarlos en el deporte porque sabíamos los beneficios que trae: responsabilidad, disciplina, organización. Sin embargo, nunca nos imaginamos que tendríamos una medalla olímpica en la casa”. 

 

 

 

El primer mundial de bicicrós

 


“Se nos presentó la posibilidad de viajar a Francia para participar en el campeonato. No podían ir los dos –Miguel (10) y Mariana (7)–, aunque ambos entrenaran, porque solo había un cupo. Carlos Mario y yo no dudamos en decir: ‘Va Miguel’. Y cuando estábamos en plenos preparativos del viaje, él mismo nos dice: ‘La que debe ir es Mariana’. A nosotros nos sorprendió ese gesto, pero dijimos ‘Sí, Miguel tiene razón’, él lleva más tiempo practicando pero Mariana ha sido la más dedicada, entregada, la que se lo ha tomado más en serio”. 

 

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Con los niños, a Claudia el hogar se le llenó de vida, de cantos, de palabras que no se pronunciaban bien, de dibujitos, de todo eso que implica descubrirse a uno mismo a través de personitas que todavía no entienden que cada uno tiene su sitio en el mundo. Con amor descubrió cómo amarrar la vida de los cinco –Carlos Mario, Miguel, Mariana, Daniel y ella misma– de un mismo cordón umbilical. Vio a Miguel enloquecido de ternura por Mariana. Vio a Miguel y a Mariana hacer de Daniel un juguete. Luchó para que la tradición de las herencias no se quedara en el olvido, así que también vio a Mariana usar pijamas azules o a Daniel dormir con pijamas rosadas. Claudia supo siempre que sus hijos no eran perfectos, pero que sí eran muy unidos y que entre ellos se tenían un amor y un respeto eterno y mutuo que, en últimas, era la esencia de la familia que ella quería recordar luego, cuando los años se le impregnaran en el cuerpo.  

 

 

 

El accidente en un país asiático

 


En China, Mariana se cayó y se dio un golpe en la cabeza. A los dos días llegó con una parálisis facial. Y al tercero ya podía cerrar la boca, no se le derramaba la comida. Le dije: “Mañana te vas para el colegio”. Y ella: “¿Pero por qué? Yo le decía: “No sabemos si esto va a durar uno, dos o tres meses, y no vamos a perder el colegio porque tienes una parálisis facial. La vida sigue. Tenemos que seguir. ¡Se burlan de mí! Qué se burlen, peor para ellos que no pueden entender, nosotros salimos adelante”. 

 

 

Yo nunca fui de darles premios materiales a mis hijos. Era de dar  un abrazo o de felicitar.

 

 

Su estilo de vida cambió, obvio, pero por algo que le encantaba: Claudia aprendió a dividir su tiempo. A veces  es  educadora: “Que es mi vocación, un trabajo que requiere de un esfuerzo físico y mental muy grande, pero que a la vez me mantiene animada. Una oxigenación diaria”. Otras veces se concentra en la crianza: “Llegar del trabajo a revisar tareas, a arreglar aquello, a recoger a aquel, ¿qué falta? ¿Hay que mercar? ¿Qué tienen que llevar mañana al colegio? Y además formarlos, enseñarles que las cosas debían conseguirse y lucharse y que la manera para lograrlo era siendo responsable. Yo nunca fui de dar premios materiales, así pudiéramos hacer un esfuerzo. Era de  dar un abrazo o de felicitar, porque de esa manera iban a aprender a salir ellos solitos adelante”. También estaba el deporte: “Había que llevar a Miguel y a Mariana a entrenar, a las competencias. Yo no quería que ella hiciera bicicrós, porque es un deporte de fracturas, pero cuando me dijo que eso era lo que amaba, yo la acompañé en su decisión con la condición de que no podía descuidar el colegio.

 

 

Porque no solamente era hacer lo que ella quería, sino también hacer los otros deberes y hacerlos bien. Así que cuando empezó a competir, que arrancábamos los sábados y los domingos en bus para algún pueblo, el lunes Mariana llegaba directo para el colegio y yo para la guardería. Mi deber como mamá era colaborarle, pero también mostrarle que las cosas no son tan fáciles. ¿Sabés? Hoy pienso que eso le dio mucha fortaleza a ella para enfrentarse a las situaciones que se le presentaban”. Fue una etapa tan dura como bella. La gente me dice: 'Usted por eso no ha engordado'. Y sí, de pronto –risas–. ¿Hubo mucho cansancio? Sí, las cosas hay que hacerlas bien para poder responder por ellas, y el cansancio es algo que viene por añadidura, como los triunfos. Muchas personas creen que mi mayor orgullo como mamá de Mariana Pajón son los trofeos y las medallas que ha traído a casa, pero no, mi mayor orgullo es ver el ser humano que es.

 

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Mariana está viajando por carretera hacia Bélgica. Acaba de quedar de segunda en la Copa Mundo de BMX en Holanda y va para una competencia en un carro casa rodante. Y piensa en su madre. Piensa que es una mujer fuerte en demasía. Guerrera. La recuerda consiguiendo las cosas para que ella pueda competir. Y ese recuerdo, precisamente, le dice que sí, que su vigor, su sed de triunfo, nace del deseo de devolverle un poquito del esfuerzo que generosa le ofreció. Le llegan a la mente los bocetos de muchos viajes juntas, le llega su sabiduría, sus comentarios y sus enseñanzas dispuestas siempre en el momento preciso: “Me ha aterrizado. Me formó con valores, y me enseñó a enfrentar los triunfos y las caídas. ¿Qué hay que aprender de eso? Y me enseñó, sobre todo, a disfrutar lo que hago, a ser feliz. Nos pasa con frecuencia que el Día de la Madre estoy en una copa mundo o en alguna competencia. A cambio quisiera estar con ella, levantarme, abrazarla… pero sé que para hacerla feliz debo dar el cien por ciento en cada corrida. Entonces la fecha se vuelve una motivación más, una manera de decirle: “gracias, por ti estoy aquí”. 

 

 

Fotos: Archivo particular

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