Amigos imaginarios: ¿pueden representar un problema?

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Aunque sea producto de ficción, tener un amigo imaginario es generalmente una conducta normal que también fomenta el desarrollo integral de los niños.

Son múltiples las opciones de entretenimiento que exploran y encuentran a diario los niños, y en ese abanico de posibilidades experimentan, solos o acompañados, con juguetes, juegos, muñecos, pinturas, arena o cualquier objeto que tengan a la mano y estimen conveniente para su propósito final.

En muchos casos asumen roles de seres ficticios que ven en cine o en televisión, y otras veces son creados por ellos mismos. En algunas ocasiones, interactúan con alguien que nadie ve ni escucha, pero a quien el niño siente cercano y le da vida propia.

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Es el amigo imaginario, un personaje producto de la ficción, invisible y que no existe, pero al que el pequeño percibe como real, al punto de hablar, jugar y relacionarse frecuentemente con él, muchas veces en presencia de otras personas.

¿Qué características tiene?

Diferentes. Puede ser un superhéroe, otro niño o niña de su misma edad o mayor, un ser mitológico, un animal u objetos no ficticios a los que les concede la facultad de vivir y actuar, como un muñeco, la vaca o el perro de peluche.

Si has notado que tu hijo tiene un amigo imaginario, no tienes por qué alarmarte. Aunque anteriormente padres y algunos estudiosos veían a los niños con amigos imaginarios como casos clínicos o eventos de alteración mental o de carencias afectivas, en la actualidad los especialistas consideran que, la gran mayoría de veces, es una situación consecuente con el desarrollo normal de los pequeños.

Tan es así, que ciertos estudios han sugerido que cerca de la mitad de los infantes puede tener un amigo de este tipo, mientras que otro de la Universidad de Washington y la Universidad de Oregon, publicado por la revista Developmental Psychology, determinó que el 65 % de los niños ha contado con un amigo imaginario a los 7 años.

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“En la vida y desarrollo de niñas y niños, resulta completamente natural la presencia de amigos imaginarios, que se convierten en formas de vinculación un tanto idealizadas, en creaciones sobre las cuales se puede hacer un ejercicio de reflexividad: en compañía para compartir los temores o preocupaciones de la edad, y en formas favorables de creatividad, imaginación y fantasía. En ningún momento debe leerse como algo problemático o que vaya en contra del desarrollo de la infancia; por el contrario, son un valioso recurso para el fortalecimiento de su emocionalidad”, expone Miguel Ángel Cárdenas, psicólogo especialista en familia.

Generalmente, aparecen en la vida de los niños desde los 2 o 3 años y puede permanecer en ella hasta los 7 o 9, cuando su pensamiento es más razonable y racional, además de tener mayor interacción con compañeritos y amigos –ellos sí de carne y hueso–, de su entorno académico y social.

No hay un consenso certero y definitivo ni enfoque único que indiquen por qué los infantes pueden llegar a tener un compañero imaginario; sin embargo, sucede en un periodo en el que florecen y exteriorizan sus emociones, su sensibilidad y todas sus capacidades de inventiva, fantasía y creatividad.

Este nuevo y gran amigo también puede ser fundamental en su desarrollo integral, porque fortalece su autonomía e independencia al proponer actividades sin la presencia de adultos, y lo ayuda a soportar la soledad, a construir poco a poco su propia imagen e identidad, a llenarse de autoconfianza y a tener control de determinadas situaciones, pues en esos momentos él decide qué hacer, sobre qué hablar y cómo actuar.

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También se ejercita para cuando socialice con personas reales, comienza a comprender sobre la importancia de escuchar y entender a los demás y estimula su necesidad de expresar lo que siente a alguien de confianza: tristezas, alegrías, miedos, inquietudes, pensamientos, etc.

Tu misión en esta oportunidad no es complicada; consiste sencillamente en aceptar al amigo imaginario de tu hijo, que en cualquier momento desaparecerá de la misma manera en la que llegó. Por eso, es necesario que actúes con total espontaneidad, sin negarlo ni prohibirlo, pero tampoco desconociéndolo, pues este ‘amigo’ puede darte indicios de las necesidades, deseos y habilidades de tu pequeño.

“Muchas veces no comparten la presencia de los amigos imaginarios y los conservan en una esfera de lo privado o lo íntimo. Sin embargo, es recomendable que los padres puedan hacer conversaciones con los hijos sobre los vínculos que tienen, los amigos en general o los planes que han hecho sobre juegos con ellos. Vale la pena generar espacios en los que haya juegos compartidos en familia y que sientan el ‘permiso’ de invitar a sus amigos imaginarios, teniendo en cuenta que el adjetivo imaginario no es conveniente usarlo frente a los hijos, pues le da un carácter de irrealidad a creaciones que para los niños son ‘reales’”, aclara Miguel Ángel Cárdenas, máster en Terapia Familiar Sistémica.

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Lo anterior no significa que dejes de intentar que cultive amistades en el mundo real: por el contrario, debes incentivarlo para que se relacione con ellos y explore todas las vivencias que un niño de su edad debe experimentar, incluyendo desacuerdos o discusiones que no tendrá con su aliado.

Lo que no puedes aceptar es que tu hijo se escude en su amigo para evadir responsabilidades. “Él me empujó y yo rompí el jarrón”, o “Ella no me dejó hacer la tarea”, no son excusas admisibles y, en este contexto, es necesario que intervengas.

El amigo imaginario se convierte en una dificultad para tu hijo cuando sustituye con frecuencia tareas, deberes y otros aspectos habituales de su vida, si le provoca experiencias adversas o desagradables, al aislarse constantemente y preferir jugar o “estar” siempre con él y dejar de lado a sus amiguitos o a otros niños, si presentan conductas agresivas asociadas con esta relación o al prologar su existencia más allá de los 8 o 9 años. En estos casos, es necesario que consultes con un especialista.

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