Cuando el sexo duele

Entre el 10 y el 30% de las mujeres sufren dispaurenia. Para ellas, las relaciones sexuales no son encuentros placenteros, sino sesiones de sufrimiento y miedo.

Getty.

Nadie quiere hacer algo que le duela. A menos que el dolor sea parte de un juego. Si algo nos lastima, no nos expondremos a ello nuevamente. Ante la amenaza de sufrir, el miedo bloquea los sentidos, los mecanismos de defensa se ponen en acción, los músculos se recogen. Imagina que te pasara eso con el sexo. Que ese momento de intimidad –que debería ser fuente de excitación, humedad y placer– resultara ser una sesión de tortura, en la que tu cuerpo se desgarra, arde, grita. Y es probable que prefieras guardar silencio. No quieres que la otra persona se sienta culpable de tu dolor, que piense que está haciendo algo mal. Callas y aguantas mientras intentas desconectarte del cuerpo en busca de alivio, mientras te preguntas qué está mal contigo y tu manera de sentir. 

La dispareunia es un término médico que suele describir el dolor que se siente durante el coito; no obstante, la condición es un poco más compleja: “Existe la falsa creencia de que solo tiene que doler durante la penetración –señala la médica y sexóloga clínica Carolina González Jiménez–. La molestia puede iniciar desde la excitación y extenderse después del encuentro sexual”. 

La padecen también los hombres, pero el porcentaje de mujeres que la sufren es mucho más alto: entre un 10 y un 30% de la población femenina. Para el 2% de ellas el dolor se da de manera regular y para el 80% es ocasional. Quienes se enfrentan a la dispareunia con frecuencia tienen una disfunción sexual: “Se convierte en disfunción cuando el dolor es recurrente por más de tres meses y la vida de la paciente se ve afectada en los aspectos sexual, mental, sentimental y físico”, dice González. 

Una baraja de causas

La dispareunia puede darse desde la primera relación sexual, lo que se conoce como dispareunia primaria, o a lo largo de la vida sexual, que lleva el nombre de secundaria y ocurre generalmente después de un parto o en la etapa de la posmenopausia. Las causas, en cualquiera de los casos, van de lo físico a lo psicosocial.

Entre las razones físicas, Mónica Braum y Alma Aldana enumeran las siguientes en su libro Sexo sin dolor (una de las pocas publicaciones en español dedicadas al tema): malformaciones congénitas, infecciones, endometriosis, patologías obstétricas, alergias al látex, cicatrices dolorosas y desgarramientos. Otra causa frecuente es la insuficiente lubricación vaginal, muy común en mujeres en la posmenopausia –debido a la disminución de estrógenos en el organismo– o en mujeres que consumen antialérgicos o anticonceptivos, los cuales pueden ocasionar pérdida del deseo sexual. 

Los factores psicosociales –de los cuales dependen entre el 70 y el 80 por ciento de las disfunciones sexuales– encierran experiencias negativas en la infancia o a lo largo de la vida sexual, y estados de ansiedad en la mujer, quien puede cargar con sentimientos de culpa o sentir temor al fracaso o a ser lastimada física y emocionalmente. “En general, hay que tomar en cuenta que los sentimientos negativos, como el enojo, el resentimiento o la tristeza, pueden interferir con la respuesta sexual, igual que estar en una situación de estrés, tener problemas con la pareja o no desear físicamente a un hombre determinado”, explican Braum y Aldana. 

Educación sexista

Por mucho tiempo, la sexualidad de las mujeres se vivió en función de la satisfacción de  los hombres. Con los años, nos dijeron que teníamos derecho a sentir placer, pero no nos enseñaron a relacionarnos con nuestro cuerpo. En el inconsciente individual y colectivo todavía existen  barreras que limitan o entorpecen el deseo femenino. “Siempre estamos en medio de una disyuntiva. Por un lado, quiero sentir placer, quiero tener sexo, quiero tener un orgasmo, quiero disfrutar de una penetración sin dolor, y, por el otro, si tengo muchas parejas sexuales, me dicen que soy una promiscua. Muchas veces, esta presión ni siquiera es ejercida por la sociedad, sino que es una especie de autocastigo, heredado de una educación sexual ineficiente”, explica González. 

Esta es una de las razones por las que las mujeres con dispareunia prefieren callar sobre el dolor que padecen. Para la psicóloga y sexóloga Julene Ortiz De Zaldumbide, no hablar con la pareja y con un profesional del tema significa renunciar a tener una vida sexual satisfactoria, plena y saludable por una condición que tiene solución. “Lo primero que hay que hacer es valorar la causa del dolor y, a partir de ahí, buscar el tratamiento adecuado. Pero es importante que las pacientes se pongan en la tarea de conocer su propio cuerpo y entender muy bien el tipo de estimulación que necesitan para estar lo suficientemente lubricadas y excitadas. Relajarse y entregarse a la relación sexual completamente”. 

Lo anterior tiene mucho que ver con el término ‘autoconcepto’, que se refiere al conocimiento sobre el propio ser. “Si yo como mujer no me conozco, no sé qué me gusta ni dónde me gusta y tengo una baja autoestima, no me voy a sentir merecedora de sentir placer -explica González, quien recomienda como primera medida ante la dispareunia hablar con un profesional y hacer seguimiento al dolor-.  Identificar las características del dolor, si se relaciona con alguna infección, si duele antes, durante o después, incluso considerar si se debe a la existencia de monotonía sexual, porque si no están lo suficientemente excitadas y son penetradas puede ser que el dolor provenga de la ausencia de lubricación".