El dolor de los papás sin hijos

Después de una separación, es común que se les asigne a las madres la custodia de los hijos. Esto, en ocasiones, les da el poder de alejar a los niños de sus padres, quienes quedan desarmados.

Sobre los papás, los hombres, son muy pocos los datos existentes.Fotos: Getty.

En Colombia, el 36,4 por ciento de los hogares tienen una mujer como cabeza de hogar, dice la Encuesta Nacional de Demografía y Salud 2015 (ENDS). Según el Dane, en el 2017 eran 12,3 millones las madres solteras en Colombia, casi la mitad de las mujeres en el país. 

Sobre los papás, los hombres, son muy pocos los datos existentes. La ENDS tiene cifras de quién cuida a los niños menores de 6 años que viven con su papá, cuando este se ausenta. El Dane dice que, en el 2013, el 68,4 por ciento de los papás de los recién nacidos tenían entre 20 y 34 años. Eso es todo.

Ver: Apapantar

La razón es obvia: es mucho más común que un hogar sea abandonado por un padre que por una madre. Eso hace que sean más numerosos los hogares en los que la mamá es la cabeza y, por tanto, que haya muchos más datos sobre la situación de ellas que de la de ellos. 

Sin embargo, en ese vacío de información están las historias de muchos hombres que se hacen cargo de sus hijos sin el apoyo de las madres y de muchos otros que buscan tener un rol activo en la vida de sus niños y que, por obstáculos puestos por ellas, no pueden hacerlo. Santiago*, de 28 años, es uno de esos papás que no aparece en los datos. Desde que la relación con su expareja terminó, ha intentado mantener contacto con su hijo, a pesar de las muchas trabas que ella le ha puesto. Son ocho años los que lleva tratando de superar esos obstáculos y dos los que lleva sin ver a su hijo, que hoy ya tiene 12. 

“Yo soy papá y no soy papá (...). Emocionalmente es muy duro. Ya hoy puedo hablarlo, pero antes era muy fuerte. Si veía un niño en la calle se me rompía el corazón. Trataba de evitar todo contacto con cosas de niños”, dice.

Santiago tenía 15 años cuando se enteró de que iba a ser papá. Después de que su hijo naciera, la relación se mantuvo un año y medio más, pero, al separarse, Santiago empezó a tener problemas económicos y todo cambió. Fue iniciativa de él resolver la situación en una Comisaría de Familia. “En esa cita le di la custodia y puse una cuota más alta de la que realmente podía pagar. Mi relación con la mamá seguía mal, pero se mantenía. Me contestaba, yo lo veía todas las semanas, dos o tres veces, él se quedaba en mi casa. Eso luego cambió”, explica. 

El mes que no pudo dar la cuota completa, la mamá de su hijo le impidió verlo. Así empezó una dinámica que se extendería por años: su expareja incomunicaba a Santiago de su hijo y los iba distanciando paulatinamente, incluso cuando él cumplía con su cuota. “Ella alguna vez me agredió físicamente, yo jamás la toqué. Llegó un momento en el que yo hablaba fuerte y me ponía bravo si no me lo dejaban ver. A veces no me contestaban, otras veces no me abrían la puerta, se iban de paseo cuando me tocaba verlo. Un día peleamos con la mamá de ella, frente a mi hijo, que ya tenía 4 años. Gritamos y hablamos feo. Recuerdo que era Navidad y él se escondió debajo del árbol. Nunca se me olvida esa imagen, es bien traumática”, cuenta.

 

La expareja de Santiago ha cambiado varias veces de número de teléfono y lo ha bloqueado a él y al resto de su familia en redes sociales.

Eventualmente, la mamá de su hijo dejó de reclamar el dinero que le transfería y él dejó de pagar. Recibió una demanda por alimentos. En la Fiscalía ella aseguró que le debía 26 millones de pesos. En realidad eran seis. Él pagó. Luego recibió una notificación de la Policía en la que ella decía que temía por su vida. La acusación se descartó porque no hallaron una amenaza real. 

Mientras todo eso pasaba, Santiago veía cada vez menos a su hijo –una vez al mes o un par de veces al año–. En octubre del 2017 estuvo con él por última vez. Hoy, Santiago no sabe dónde está, no sabe dónde vive y no tiene ninguna forma de comunicarse con él. Eventualmente, Santiago se rindió, dejó de dar las cuotas y siguió con su vida.

“Llegó un momento de terapia emocional en el que dije, 'ya estoy mamado de esto, yo amo a mi hijo pero esto solo le trae cosas malas a mi vida y a la de él'. Hay mucha culpa, muchos pensamientos de odio. Es muy triste que lo que más amas esté conectado con lo que más odias. Voy a decir algo horrible, pero hoy en día me hace bien estar lejos de él. Me ha ido mejor, estoy más feliz. Aunque en Navidad, mi cumpleaños, Año Nuevo, el Día del Padre o el cumpleaños de él se me devuelve todo eso”, asegura Santiago.

Según Olga Alfaro, abogada de familia, son muy comunes los casos como el de Santiago, en los que las madres les impiden a los papás ver a sus hijos, cuando no han cumplido con la cuota alimentaria. “Pero, por vía de tutela, la Corte Constitucional tiene una sentencia que dice que eso no se puede, porque es un derecho de los niños compartir con su papá”, asegura Alfaro. La abogada cuenta que también son comunes los casos en los que las mamás empiezan a impedir el contacto de los hijos con su papá cuando este tiene una nueva pareja. “Todos los días lo veo. Yo conozco varios casos en los que las mujeres aprovechan que tienen la custodia del menor para no dejarlo ver. Uno ve muchos casos de papás que llevan tres o seis meses sin estar con sus hijos”.

Para Alfaro, es importante que los papás conozcan qué herramientas les da la ley para superar esas situaciones y poder ver a sus hijos. En el caso de que no haya funcionado una conciliación en una Comisaría de Familia  o en un centro de conciliación, también se puede recurrir a una notaría, a la Defensoría del Pueblo, a la Procuraduría, al Bienestar Familiar o a un juez de familia. En esta última instancia, se establece una reglamentación de visitas, en la que el juez determina cuántos días debe la madre dejar que el papá esté con su hijo, en caso de que esta tenga la custodia. “Si la señora no cumple, el padre tiene otra herramienta, que es la penal, porque ella estaría incumpliendo la sentencia de un juez. Ahí ya interviene la Fiscalía y un juez penal”, dice Alfaro.

Pero hay otros casos en los que algunas madres, con tal de impedir el contacto entre hijos y padres, acuden a acciones más graves. Diego Pardo, de 44 años, asegura que eso le pasó a él. Desde el 2015 se encuentra en medio de un proceso penal por una denuncia de abuso sexual a su hija, que interpuso su exesposa. Hace cuatro años no ve a la niña.

“He llorado noches enteras. Piensas:  ‘qué tal te metan a la cárcel’, que vas a perder a tu hija, que se la van a llevar y no la vas a volver a ver, es un infierno”, dice.

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Diego le pidió a su exesposa que se separaran poco después de que su hija naciera. Ella se había vuelto posesiva con la bebé y la relación entre los dos había cambiado totalmente. Luego de la separación, Pardo recibió una notificación de una procuraduría de familia para establecer el régimen de visitas y de alimentos de la niña. La mamá quedó con la custodia. Diego se vio obligado a pagar  una cuota de alimentos altísima para él –cuatro millones de pesos– y se estableció un acuerdo de visitas restringido que, en teoría, cambiaría cada año y le concedería más tiempo y derechos a él. Sin embargo, dice, cada vez que se acercaba la fecha de renovar el acuerdo, en agosto, algo pasaba y el acuerdo no cambiaba a su favor. 

“Ella empezó a incumplir las visitas, no me daba la niña, decía que estaba enferma, cuando no lo estaba. Ahí empecé a no verla”.

Diego acudió al Bienestar Familiar, donde le dijeron que podía demandar a la mamá de su hija, pero él rechazó esa opción. Decidió poner una tutela, pero esa se la rechazaron a él. Finalmente, en agosto del 2015, Diego recibió la notificación de que había sido acusado de haber abusado sexualmente de su hija y que tenía que presentarse en una comisaría de familia. “Tú entras a esa comisaría y te miran como un pedófilo. Es la sensación más asquerosa. Hoy, la gente me cree, pero hace cuatro años no era así”, dice Pardo. La acusación de abuso sexual se sostenía en un informe que una psicóloga había realizado cinco meses antes, en el que aseguraba que la niña espontáneamente había mencionado un abuso por parte de su papá. 

 

Hay un informe de Medicina Legal y otro del CTI que aseguran que la niña no presenta ninguna evidencia de haber sido víctima de abuso sexual, pero Diego aún no puede verla.

Según Diego, actualmente hay un informe de Medicina Legal y otro del CTI que aseguran que la niña no presenta ninguna evidencia de haber sido víctima de abuso sexual. Sin embargo, aunque los dos documentos han sido presentados como pruebas en el proceso penal que atraviesa, ni él ni su abogado entienden por qué el proceso sigue abierto, por qué Diego no ha sido declarado inocente y por qué sigue con una medida de protección que le impide ver a su hija, quien ya tiene 8 años.

Las falsas denuncias como método para alejar a los papás de sus hijos se ha vuelto una práctica común. Hace unos meses, W Radio informó sobre  un grupo de profesionales que han sido acusados en la Fiscalía por injuria y calumnia agravada, ya que han hecho parte de procesos de denuncias de abuso sexual y maltrato infantil en contra de varios papás y mamás. 

“Eso se presenta mucho hoy en día –dice la abogada Olga Alfaro–. Los denuncian por tocamientos, por abuso sexual, y les abren un proceso penal y terminan en la cárcel si no logran tener pruebas que demuestren que las cosas no fueron así. Conozco un muchacho, como de 30 años, que fue condenado a 18 años. Él tenía la custodia de las hijas y, apenas consiguió una pareja, la mamá de las niñas lo denunció por abuso sexual y lo condenaron. Son casos muy tristes y delicados en los que los más perjudicados siempre son los niños”.

Para Alfaro, hay un problema por parte de las instituciones que “no dan a basto”. “No es falta de normas. Es que los juzgados y, sobre todo, las comisarías y el Bienestar Familiar están atiborrados de estos casos. Entonces, no les pueden poner la atención que merecen”, dice la abogada. 

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Santiago y Diego guardan la misma esperanza: que cuando sus hijos crezcan puedan volver a tener contacto con ellos para recuperar el tiempo perdido. Les contarán la historia completa.

“Yo quiero que en un futuro, cuando me reencuentre con mi hija, ella sepa que todos los días de mi vida peleé por ella y estuve pensando en ella. Yo tengo un correo especial para ella, en el que le digo qué pienso, qué hago... Le guardo videos, audios. Todo eso lo tengo para que un día ella los vea”, cuenta Diego.

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Tania Tapia Jáuregui

Maternidad y Bienestar

El dolor de los papás sin hijos

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