Opinión

El hermoso cuerpo de una mamá

Para muchas mujeres, enfrentarse a su nueva figura después del parto es devastador, pero hay algunos caminos que se pueden transitar para que se reconcilien con esa nueva coraza.

El hermoso cuerpo de una mamá
Encontrarnos con una desconocida frente al espejo, en uno de los momentos de mayor vulnerabilidad e inseguridad de nuestra vida, no es fácil. Getty

En medio de un almuerzo de oficina, un colega aseguró: “Si yo fuera mujer, una de las cosas que me darían más duro de ser mamá sería no volver a tener el cuerpo de antes”. Podría pensarse que es un comentario banal, frente a los enormes desafíos de la maternidad; sin embargo, su preocupación no es anodina y angustia a muchísimas mujeres.

Encontrarnos con una desconocida frente al espejo, en uno de los momentos de mayor vulnerabilidad e inseguridad de nuestra vida, no es fácil. Aparte de hacernos cargo de un extraño que nos lleva a un estado de agotamiento extremo, tenemos que empezar a aceptar ese caparazón desfigurado, que no sabemos si volverá a ser el mismo.

Al oír el comentario, de inmediato pensé: mi cuerpo se parece mucho al de antes. Nunca había estado tan flaca, no tengo barriga y pude escaparme de las estrías. Al observar con más detalle, sin embargo, empecé a entender que, en realidad, no soy la misma. La piel superior de mi ombligo está escurrida. En ciertas posiciones, mi panza se ve flácida y llena de arrugas. Mi piso pélvico también es otro: todo indica que los músculos que sostienen mis órganos están débiles y eso ha llevado a que me duela el coxis si paso mucho tiempo frente al computador, o a que tenga que usar protectores diarios por cuenta de incómodos escapes que me sorprenden, a veces, cuando estornudo. Tal vez, por eso, y por adelgazarme en exceso, también perdí la cola; soy como una tabla. Además, estoy casi segura de que, una vez termine con la lactancia, mis pechos cederán a la fuerza de gravedad. ¡Y se me olvidaba! Hasta ahora, casi diez meses después del nacimiento de mi hijo, empieza a crecer el pelo que perdí en esa montaña rusa de hormonas que vive el organismo después del parto.

A pesar todas esas transformaciones, me siento más linda que nunca. Y no me alarman estos cambios: varios tienen solución. No puedo asegurarlo, pero creo que la manera en que me siento con mi cuerpo se relaciona con la forma en que lo consentí durante el embarazo y después del nacimiento de Lucas. También tengo la impresión de que  esa manera de tratarlo ayudó a que volviera a ser muy parecido al de antes. Soy consciente de que todas somos distintas y de que muchas sufren en el intento de desaparecer la barriga, acostumbrarse a las estrías o esconder las cicatrices, pero tal vez mi caso resulte útil para alguna mamá primeriza.  

Durante mi experiencia con la maternidad conté con la suerte de que me atendiera una obstetra de lujo, que me recomendó una crema de cocoa maravillosa para prevenir las estrías y que fue paciente y cariñosa en el parto, lo cual permitió que mi cuerpo trabajara a su ritmo para evitar cortes y desgarros en el periné. También estuve en contacto con un grupo de doulas que me ayudaron a tener un embarazo feliz y un posparto iluminador, en el que entendí la importancia del reposo y del recogimiento con Lucas durante sus primeras semanas de vida. Al entregarme solo a él y a mí, tuvimos una lactancia exitosa. Me convertí en una fábrica de leche, cuyo trabajo constante me bajó de peso en cuestión de meses. Mi familia, profundamente amorosa, se encargó de que recibiera la alimentación más balanceada posible y toda la ayuda necesaria. Una vez a la semana alguien me hacía baños con hierbas medicinales, masajes para que el útero se contrajera y volviera a la normalidad, y aguas de canela y ruda, para calentar mi cuerpo y aliviarlo.

Sé que fui privilegiada de contar con tan buena compañía, pero, al final, creo que lo que se necesita para recuperar ese vínculo amoroso con el cuerpo, aparte de una red de apoyo fuerte y generosa, es conciencia: después de la maratónica tarea de llevar un bebé en el vientre y parir, es necesario darnos espacio, consentirnos, aislarnos del caos de las ciudades para encontrarnos con nosotras mismas, para darle al organismo el tiempo de sanar y para conectarnos con ese bebé que, en últimas, es quien realmente hace que nos sintamos más lindas que nunca: no se me ocurre algo más hermoso que ese momento en el que mi cuerpo fue capaz de traer otro al mundo.

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Natalia Roldán Rueda

Maternidad y Bienestar

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