El paso a paso de un parto natural

Antes de ser mamás muchas sabemos lo obvio, lo que vemos en las películas, pero el proceso es mucho más complejo, poderoso y transformador de lo que pensamos.

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Sabemos que el parto duele. Y hemos oído que ese dolor no se compara con ningún otro. Los hombres, tan lejanos de la posibilidad de sentirlo, imaginan que puede parecerse a un ‘taponazo’ en la ingle y hay quienes suponen que debe ser igual de intenso al sufrimiento que producen los cálculos renales. Al final, todas esas teorías se quedan en sospechas, porque en términos prácticos el dolor no se puede medir y, ya que cada quien tiene un umbral diferente a la hora de vivirlo, las comparaciones solo dan para una de esas conversaciones vacías en una comida con amigos que insisten en la batalla de los sexos.

Lo que sí es un hecho es que como mujeres tenemos clavada en la cabeza la certeza de que el parto duele. Tanto, que algunas escogen la cesárea muchos meses antes del nacimiento del bebé: las atemoriza no tener la fuerza para aguantar el proceso. Muchas otras, la mayoría, están dispuestas a vivir el parto vaginal pero con el impulso de la epidural, esa anestesia local que se inyecta en la médula espinal, que tiene un efecto en la parte inferior del cuerpo y que alivia a aquellas que sienten que se rompen con cada contracción.

A ese pánico nos ha llevado la medicalización del parto, que solía ser un proceso natural, cotidiano. Y no juzgo los avances de la medicina. A cuatro meses de tener mi primer hijo, le doy las gracias al universo por las mentes brillantes que han evitado que millones de embarazadas mueran a la hora de tener a su bebés o que sean ellos los que no sobrevivan a la intensa experiencia de nacer. Agradezco tener la tranquilidad de poder evitar el dolor, si eso es lo que elijo. Agradezco contar con manos expertas que me acompañarán en un proceso al que llegaré con total ignorancia a pesar de todo lo que pregunte, investigue y lea.

Pero la medicalización del parto ha convertido al nacimiento en un protocolo, uno al que los especialistas se han apegado tanto que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha tenido que interceder para evitar excesos médicos que en lugar de aportarles a las mujeres y a los bebés, los afectan.

Después de realizar una investigación acerca de la violencia obstétrica que se da en muchos partos en Colombia, entendí que ningún país puede tener más de un 15% de cesáreas (en el nuestro el porcentaje está en un 40%), que no se recomienda el parto horizontal (aunque es el habitual), que el ideal es caminar durante la dilatación (a pesar de que las mujeres suelen estar atadas a máquinas que nos las dejan moverse con libertad), que la epidural limita el control que tenemos de nuestro cuerpo a la hora de pujar y si lo hacemos con mucha fuerza se pueden producir desgarros, que debe protegerse el perineo siempre que sea posible (en muchísimos casos se corta para facilitar la salida del bebé)… Estos procedimientos que la OMS no recomienda hacen parte de protocolos médicos anticuados que se enseñan en las universidades y se repiten una y otra vez en los hospitales del país.

Luego de ese trabajo, estuve más interesada en el parto natural. Quise saber si el dolor en realidad es tan incapacitante. Quise entender por qué cada vez más mujeres vuelven a la práctica tradicional de la partería o del nacimiento en agua. Quise conocer qué pasara en mi cuerpo si tomo la decisión de no aceptar la epidural. Quise tener una idea de cómo se comportará mi mente frente a una experiencia tan desconocida.

Por eso llegué a un libro iluminador que me recomendó mi obstetra: Parir, el poder del parto. En él, Ibone Olza –psiquiatra infantil, licenciada en Medicina y Cirugía– explica todo el proceso a partir de estudios que han reunido experiencias de decenas de mujeres cuyos sentimientos, sensaciones y reacciones durante el alumbramiento coincidieron. Quisiera rescatar algunas ideas que me quedaron después de leerlo para que otras mujeres lo entiendan y tomen decisiones informadas sobre su plan de parto. El paso a paso es más o menos así:

 

1. El bebé está listo para salir

Por lo que hemos visto en la televisión y en el cine, tenemos la idea de que no es tan fácil saber cuándo empieza el trabajo de parto. Que hay contracciones que son falsas alarmas. Que romperemos fuente. Que sentiremos un dolor intenso que hará que salgamos corriendo al hospital. Hay tantas versiones, que las mamás primerizas se sienten inseguras en el momento en el que intentan descifrar su cuerpo. “Las matronas expertas suelen señalarlo así –explica Olza en su libro–: ‘Si dudas de si estás en parto o no, ¡es que no lo estás!’”.

Porque cuando empieza el trabajo de parto, madre e hijo empiezan un proceso fisiológico que va más allá de lo racional. Ella se abre y el bebé desciende lentamente. Las hormonas que empezamos a producir, cuando el bebé manda la señal de que está listo, se transportan por la sangre hasta el útero y producen las contracciones Eso es algo que se siente, no se piensa, así que básicamente tenemos que poner atención a las sensaciones de nuestro organismo. Según los estudios, hay una relación entre la luz del día y el inicio del proceso: lo más común es que la dilatación arranque entre la noche y la madrugada. Esto disminuye las probabilidades de que el parto nos tome por sorpresa después de almuerzo en una reunión en la oficina.

 

2. Ingresar al planeta parto

El planeta parto es una expresión que se ha usado para describir el alterado estado de conciencia de una mujer que se acerca al momento de parir. En un principio, las hormonas, especialmente la oxitocina, la ponen en un estado de plenitud. Los altos niveles de oxitocina se relacionan con el bienestar, la confianza, el deseo de relacionarnos con los demás desde el afecto. Además, se aceleran las endorfinas, que tienen un potente efecto analgésico y placentero. Por esta razón, al inicio del parto, las mujeres se sienten excitadas, contentas, tranquilas, seguras.

De esta manera las mujeres van entrando en ese estado de conciencia en el que se percibe y se está en la realidad de una manera diferente. Olza lo compara con lo que significa tener una fiebre alta o estar intoxicado por alcohol. Las mamás hablan de sentirse en un mundo paralelo, propio, en el que pierden la noción del tiempo: a veces sienten que pasan horas en solo unos minutos y en otras ocasiones tienen un recuerdo fugaz de algo que tardó mucho tiempo.

 

3. Aumenta la intensidad del dolor

Poco a poco el dolor aumenta. “Muchas mujeres sienten que les cuesta mantener la conversación, necesitan centrarse en sus sensaciones internas, en lo que está viviendo su cuerpo, que es de una intensidad magnífica –explica Olza–. Además se altera la capacidad para pensar:”. Ante ese imposibilidad de pensar con normalidad y de tener que concentrarnos en nosotras mismas, solemos sentirnos vulnerables, sensibles. Por eso es muy importante que los médicos, las enfermeras y las matronas nos traten con delicadeza y cuiden sus palabras. Por eso es clave la presencia de una pareja o un ser querido que nos acompañe, nos impulse, nos apoye. No estará ahí para hablar, ni para actuar, simplemente para darnos seguridad.

 

5. El miedo final

Justo antes del alumbramiento, cuando se ha completado la dilatación, parece que el parto se ha detenido y durante un rato no pasa nada. Es solo un instante en el que se coge impulso para el momento más intenso de todos. Llegan las ganas de pujar y, con ellas, algo conocido como Reflejo de Eyección Fetal, que en términos ideales se refiere a una “serie corta de contracciones irresistibles que no permiten ningún movimiento voluntario”, añade Olza. En ese momento las mujeres muestran una conducta irracional, animal: pueden gritar, sudar, llorar, desnudarse, golpear, morder… “Y justo en ese punto verbalizan un miedo inmenso: ‘Tengo miedo, me voy a morir’”.

Esa sensación, esa frase, se repite en muchos relatos de parto. Tal vez por eso la filósofa Virginia Held asegura que como experiencia humana el parto solo es comparable con la muerte. Los especialistas recomiendan expresar ese temor, dejarlo salir en lugar de reprimirlo, pero es ideal que los acompañantes de la mujer estén preparados y conozcan que es un sentimiento natural para que no entren en pánico, para que estén listos para decirle  “ahógate, déjate llevar, no tengas miedo, pierde el control, puja y muere”. Luego renacerá.

 

6. Volver

Una vez el bebé está afuera las mujeres suelen sentirse exhaustas y poderosas. Consideran que han pujado con una fuerza instintiva y desconocida. Creen que son capaces de todo, piensan que lo han aprendido todo. Viajan a un estado de éxtasis. Pero cada mujer actúa de una manera diferente. Unas se integran despacio a la realidad; otras sienten de inmediato una alegría inmensa. El agotamiento brutal y el dolor les ayuda a aceptar más fácilmente la separación de ese bebé con quien han compartido la vida durante nueve meses. Quienes lo tienen por cesárea o con anestesia tienen más dificultades para entenderlo.

El último paso del proceso es uno que las mayoría de las madres no espera: la salida de la placenta. “Para muchas de las mujeres es una sorpresa absoluta descubrir que, aunque el bebé ya está afuera, ellas vuelven a tener contracciones al poco, que pueden incluso seguir siendo dolorosas, porque hay que alumbrar la placenta”, escribe Olza.

Para Olza el parto natural es un viaje a las profundidades de nosotras mismas. Una travesía después de la cual no volvemos a ser las mismas: nos sentimos más fuertes, mas poderosas, más seguras, más vivas. Una experiencia que, independientemente de cuánto nos preparemos, será totalmente nueva  y nos transformará para siempre.

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Natalia Roldán Rueda

Maternidad y Bienestar

El paso a paso de un parto natural

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