La historia de una madre que no tiene permiso de vivir en el país de su hija

Andrea Bustamante se vio obligada a guardar sus recuerdos en una valija, que rueda por el mundo cada seis meses. Su familia la espera en Rusia, donde a ella le han negado la residencia una y otra vez.

La vida en una maleta.
"De todos los lugares que visité, en ninguno vi tanta amargura como en Rusia"Cortesía

—¿Es inglés? –Preguntó Andrea. 
—¿Por qué cree que soy inglés? –Respondió Víctor.
—Porque tiene un acento británico perfecto. 
—No –sonrió–, soy ruso. 

Y esa última frase se quedó dentro de ella como un eco ensordecedor. Sin saberlo, tenía delante suyo al hombre del que le hablaba a su abuelo en sus primeros años: “De grande me voy a casar con un ruso”. 

Habían pasado muchas cosas desde eso. Se había mudado a Australia, había regresado a Colombia, terminado su pregrado de Publicidad, empezado a trabajar en una empresa que le hacía preguntarse “¿Qué hago aquí?”, y recogido todas las cosas de su oficina después de enviar una carta de renuncia. Su sueño de matrimonio no era más que el bosquejo olvidado de un país frío hasta la médula que había vuelto a latir en ese instante.

—Siempre que alguien quiere saber cómo me enamoré de él, digo que no lo sé… es como si hubiera encontrado algo que encajaba perfecto conmigo.

 
 

***

Andrea: “Creo que la infancia determina rasgos de la edad adulta. Determina, por ejemplo, si el individuo es capaz de ser un buen compañero o no, responsable, maduro. Y yo quería saber quién era el posible futuro padre de mis hijos”. Por eso, durante la primera etapa de su relación, quiso reconocerse en él, escuchar todas sus historias y entender  cómo era la Rusia comunista y la actual. Fueron meses de conversaciones eternas.

Andrea: “A él le gustaba Bogotá y su gente, pero la inseguridad le hizo rechazar la idea de permanecer allí e hizo un cambio de planes que incluía conocer otros países latinoamericanos. Nos casamos antes de viajar”.

¿Su primer destino? Ecuador. Allí  les llegó la noticia de que estaban embarazados y los planes tomaron otros rumbos. Quisieron establecerse en un sitio y la ciudad de Víctor, San Petersburgo, fue la elegida. A los siete meses de gestación, se mudaron de continente. 

Era perfecto hacerlo en ese momento, ya que en abril el clima estaría un poco más cálido que de costumbre. Por esos días, no obstante, el ánimo de la mamá primeriza se había convertido en una explosión de sentimientos y emociones que revoloteaban sin dios y sin ley de adentro hacia afuera. Por un lado, su cuerpo estaba cambiando; una vida crecía consigo. Por otro, ¿Rusia? ¿Cómo sería? Y la gente, ¿qué? ¿Y quién estaría con ella? ¿Y podría encontrar empleo allí? Para poder entrar al país, tramitó una visa de trabajo; la de residente debía sacarla dentro del territorio.

Andrea: “Salimos el 10 a Moscú. Allá, las expectativas con las que había llegado se esfumaron una tras otra. Pensé que era un país desarrollado, hasta que vi que no hay cultura ciudadana; que no se recicla; que no hay inclusión para las personas en condición de discapacidad. Me contó mi esposo: ‘Durante el comunismo los llevaban a vivir a pueblos lejanos para ser separados del resto de la población’.  Eso, al parecer, no ha cambiado mucho hasta hoy. Y tienen posturas retrasadas e ignorantes respecto a las personas de diferentes razas, costumbres y orientaciones sexuales. La verdad, de todos los lugares que visité, en ninguno vi tanta amargura”. 

Esperaban que el parto sucediera a mediados de junio, cuando empezaban las noches blancas, un fenómeno atmosférico que ocurre en las regiones polares y que significa que el sol está presente en el horizonte 19 horas al día y que la oscuridad nunca es completa. Sin embargo, la bebé no se animaba a dar el siguiente paso. Entre eso y no poder dormir por el exceso de luminosidad, los dos padres ansiosos pasaron dos semanas angustiosas.

Andrea: “Nació el 2 de julio. Estuve en el hospital cinco días, los reglamentarios, compartiendo habitación con dos mamás que no hicieron más que quejarse durante mi estadía: ‘Ella no habla ruso’, ‘Es una extranjera’. Mi primer contacto con el idioma lo tuve allí. Como no podía estar con mi esposo o con mi suegra, me vi forzada a decir algunas palabras, siempre ligadas al dolor y a la tristeza. ‘Bol’nitsa’, que en español quiere decir 'hospital' y que viene de la palabra ‘bol’, que significa dolor. ‘Plachet’, que es 'llorar'. ‘Bespokoynaya’, que quiere decir 'intranquila'”.

***

Recortes del diario de Andrea: 
"Me sentía muy vulnerable. Siempre había creído que, en mi rol de madre, todo sería alegría y, sin embargo, me sentía sola y extraña. Me costó mucho adaptarme.
Uno de los momentos más difíciles fue ver a mi hija, de dos mesecitos, enferma e interna en una sala de cuidados intensivos”.

 
 

***

Desde que regresó a su hogar, Víctor consiguió empleo de profesor, lo que le permitió a él y a su familia vivir cómodamente. Después de la hospitalización llegaron la calma,  los viajes y la Navidad. 

Andrea: “El regalo de mi esposo esa noche fue una maleta inglesa y dos boletos a Colombia”. Era la primera vez que viajaba con su bebé, sola. Estaba asustada y feliz. En verano, regresaron ambas. Y empezaron, los tres, una batalla contra migración para conseguir la residencia de la colombiana. 

Andrea: “El sistema de control de la inmigración rusa es obsoleto y discriminatorio, diseñado para trabar y complicar los procesos. Afuera de las oficinas dispuestas para el trámite, que solo abren dos veces por semana, la gente empieza a hacer filas eternas desde las 4 de la madrugada. Es un sitio en el que no existen turnos, baños, ni prioridad para los enfermos, niños o ancianos. Intentamos llegar a la taquilla, lo conseguimos dos meses después de repetir el proceso sin falta. Aplicamos. Gastamos esfuerzos y dinero entre exámenes médicos y traducciones para tener como respuesta que mis papeles no habían sido admitidos. ¿Por qué? Fácil, porque el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia enviaba los papeles oficiales con apostillas electrónicas, con el fin de que se pudieran verificar con un escáner, pero a ellos les pareció que eran documentos comunes hechos en Photoshop. Para solucionar el problema debía ir hasta la Embajada de Colombia en Moscú y solicitar una carta donde se reconociera la veracidad de mis documentos. Además debía traducir mi pasaporte con cada visa porque tampoco tenían la tecnología para leerla. Para aplicar una vez más debía hacer lo que me pedían y empezar el proceso desde cero”.

No tener la residencia la obligaba a mudarse a otros países cada seis meses. China fue la siguiente estación. En compañía de sus dos seres más queridos durante una larga temporada. En eso se les fue mucho amor y mucha desesperación, ansiedad y discusiones. ¿Y si buscaba otro refugio?

Andrea: “Nuestra hija tuvo distintos problemas de salud que causaron un desarrollo psicomotor y de lenguaje más lento, su ojo derecho requería una cirugía y toda su historia clínica estaba en Rusia, por eso, lo más conveniente era regresar”.

De vuelta a la ciudad de Víctor, supieron, tras varios exámenes médicos, cuál era el diagnóstico de su hija: hubo una duplicación en uno de sus cromosomas al momento de ser concebida, lo cual determinaba que no podría hacer lo que cualquier niño, necesitaba un tratamiento para sus problemas gastrointestinales, hormonales y oculares. En eso el tiempo corrió, la visa fue negada y tuvieron que salir a Cuba. 

Andrea: “¿La tercera es la vencida? Regresé a Rusia en mayo. Volvimos a solicitar la residencia. Entregué los papeles y una orden médica para pedir que me extendieran la visa de turista mientras se resolvía la otra, teniendo en cuenta que Víctor trabajaba y no podíamos viajar con nuestra hija en ese estado. Me negaron la prórroga”. 

Recurrieron a la Convención Internacional de los Derechos del Niño y a un amigo que trabajaba en inmigración. La única solución que encontraron fue que ella viajara a Israel y a Colombia mientras podía regresar. Volvió después de que Víctor cruzara el continente para encontrarla. Se fueron a Roma en un intento por salvar un matrimonio de más de cinco años que estaba resquebrajado por la impotencia, por no poder asentarse en una misma tierra. Allí, como un milagro, vieron a su chiquita dar sus primeros pasos y la vieron sonreír en los brazos del Papa Francisco. 

Andrea: “Al tomar asiento le pregunté a mi esposo ¿cómo había pasado? ‘Unos instantes antes de que apareciera, sentí un olor muy fuerte a olíbano y mirra, y solo supe que debía acercarme’, me respondió. Si pudiera elegir una palabra para ese viaje, escogería ‘renacimiento’. Antes de irme de nuevo, le dije una última cosa: ‘Hacemos un buen equipo’.  Y no volvimos a tocar el tema del divorcio”. 

***

En ese viaje de regreso a Bogotá, Andrea nos buscó para regalarnos su historia. Quería hacerle ruido al diario que había publicado en Barcelona: La vida en una maleta. 

—¿Qué día regresa a Rusia? 

—El 17. Voy para Navidad. No veo la hora de estar con mi familia.

De eso han pasado seis meses. Hace poco le escribí. Me contó que está en India, esperando volver a caminar la ciudad de Pedro el Grande.

 
 

 

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Nátaly Londoño Laura

Maternidad y Bienestar

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